Columna de Hiram Guadalupe: El germen de la corrupción

Columna de Hiram Guadalupe: El germen de la corrupción

Hemos llegado al filo de la ruina de nuestras instituciones gubernamentales y políticas. El escándalo noticioso que inició esta semana, con el juicio federal contra algunos acusados en el esquema de corrupción que orquestó Anaudi Hernández, señala una vez más el desprestigio de la gestión pública, enfatizando el abuso de autoridad en la que incurren muchos funcionarios ­—electos y nombrados— al extremo de desembocar en actos de corrupción.

El mal es tan fuerte que no parece haber antídoto que sane la crasa y continua violación a las normas éticas en las que se supone se asienten los deberes y responsabilidades de la acción gubernamental.

Hace varios siglos que andamos advertidos de la vigilancia que, en orden del ejercicio de gobernar, debemos depositar sobre los políticos para evitar, como señalaba Jean-Jacques Rousseau, que el apetito individual sucediera el deber. Mucho hemos desaprendido desde entonces cuando hoy contemplamos que nuestra realidad política yace marcada por las acciones inescrupulosas de quienes ostentan el poder.

Lo más trágico es que muchas de las actuaciones perversas que embisten los funcionarios quedan al final del camino inmunes. Mal utilizan fondos públicos y se aprovechan de sus posiciones para favorecer a quienes subsidiaron sus costosas campañas políticas con contratos y nombramientos, y nada pasa.

Las autoridades investigativas y judiciales, por más que se esfuercen, no logran disuadir la corrupción. Por el contrario, las malas prácticas se esparcen como plagas por cada recoveco de nuestras instituciones gubernamentales.

En ánimos de perpetuar el descaro, hay políticos que, con impavidez, todavía defienden y propician los esquemas de financiamiento de campañas políticas que, por debajo de la mesa, acumulan gran cantidad de dinero y que son la raíz de muchos de los problemas de corrupción que enfrentamos.

Empero, estos políticos pasan por alto que quienes hoy recaudan fondos para endosar sus candidaturas aparecerán mañana a pasar factura, entronizando en nuestra cultura política una mafia de inversionistas privados que ven el Gobierno como botín para hacer negocios y engordar sus bolsillos.

Todo esto ocurre con el aval de políticos y funcionarios de gobierno quienes, desvaneciendo los más elementales principios éticos, se prestan para complacer las aspiraciones personales y económicas de quienes financiaron la campaña electoral.

Nadie puede llamarse a engaño. Lo que hoy presenciamos con el desfile de un nuevo capítulo de corrupción en la isla, lacrado en el caso de Anaudi Hernández, no es nuevo. Hace años que ocurre y en igual proporción en el Partido Popular Democrático y el Partido Nuevo Progresista, colectividades que han ido fermentando sus estructuras con la prepotente intervención de sus recaudadores e inversionistas.

Esta actitud corrupta de muchos funcionarios públicos, señala el profesor Leonardo Santana Rabell, deviene del “predominio de políticas neoliberales, la deslegitimación del Estado como ente regulador del mercado, el alto costo de las campañas políticas, la política de privatización elevada a filosofía de gobierno, las reformas gubernamentales que privilegian una visión empresarial del sector público y el partidismo exacerbado fundamentado en la falsa creencia de que toda acción administrativa está legitimada si beneficia al partido al que se pertenece”.

Advierte, además, que, al generalizarse la percepción de la corrupción, crece la pérdida de confianza ciudadana en las instituciones públicas, poniendo en alarma los valores de la democracia, “particularmente el significado e importancia del servicio público para la convivencia democrática”.

Y es ahí, precisamente, donde se engruesa el conflicto. Si perdemos el sentido ético del ejercicio público y no condenamos las malas actuaciones de los políticos que actúan incorrectamente, desembocaremos en una abyecta desolación social en la que habrá triunfado la perversidad del individualismo y su inseparable avaricia.