Columna de Julio Rivera Saniel: Olímpica lección

Columna de Julio Rivera Saniel: Olímpica lección

Sin duda, han sido días intensos. Altamente gratificantes, sin duda. ¿Cargados de sorpresas? Claro. Lo mismo que de algunos dolores de cabeza. El ciclo olímpico que acaba de concluir ha sido uno de esos episodios que nos ha servido para recordarnos lo poderoso de nuestras capacidades como pueblo.

Para combatir ese discurso que nos acompaña casi desde la cuna y que reza que Puerto Rico no es más que un cúmulo de diminutivos: así, pequeñita, chiquita. También bonita, pero incapaz de aspirar a lo que otros ya tienen por derecho propio. Con capacidades limitadas, pequeñas, como su entorno; sin la posibilidad de pensar en grande. Se equivocan. Y estos días han sido la más reciente prueba. El triunfo de Mónica Puig ante dos colosos del tenis no hizo más que ratificar que aquello de la grandeza de los pueblos y sus capacidades no se mide por sus dimensiones geográficas. Pero esa fue solo una de las lecciones que, según sea el caso, aprendimos o repasamos durante las pasadas semanas.

Comprendimos que la patria no es solo el lugar donde se nace, sino el lugar al que se pertenece y se escoge, como Puerto Rico para nuestro abanderado Jaime Espinal. Dominicano de nacimiento y puertorriqueño por decisión. Entendimos que la nación puertorriqueña no se limita a nuestras fronteras geográficas, sino que nuestro pueblo sigue siendo nuestro, aun cuando sus ciudadanos vivan en otras latitudes y, desde ellas, añoran la posibilidad de representar el terruño. Como lo hicieron  Jasmine Quinn Camacho, David Smith Sánchez y William Barnes Feliciano, hijos de nuestra diáspora que decidieron representar los colores de nuestra bandera. Descubrimos, además, que nuestra tierra produce hijos nobles, que se alzan a pesar de la indignidad y el robo, como lo hizo Franklin Gómez ante el evidente hurto de sus posibilidades de medalla olímpica. Pero también probamos que esa nobleza no descarta la indignación y el pedido de justicia. Por ello, el pueblo al unísono condenó la inacción de la Federación Internacional de Lucha y la mirada indiferente del Comité Olímpico Internacional que permite que las federaciones manipulen los resultados de un evento que, después de todo y más allá de las reglas, no lleva otro apellido que el olímpico.

Río también dejó espacio para pensar en el futuro, para imaginar lo brillantes que podrían ser los años venideros para deportistas como el clavadista Rafael Quintero que, sin demasiadas expectativas o aspavientos, se posicionó como el séptimo mejor del mundo.

La Olimpiada también nos dejó solidaridad, como la demostrada a nuestro Javier Culson después del triste episodio en el que vio perder, como agua entre las manos, sus posibilidades de medalla en este ciclo. El país, contrario a las expectativas de muchos, sustituyó la burla y el escarnio por la solidaridad y un cálido abrazo de bienvenida, acompañado de un fuerte empujón para que no deje en pausa su sueño.

En definitiva, esta Olimpiada nos ha dejado como legado una gran reflexión, una mirada colectiva al espejo para redescubrir nuestras fortalezas y reconocer que el deporte no solo entretiene, sino que une, sana y dignifica. Ahora vamos por más.