Columna de Rafael Lenín López: Doña Delo

El servicio público es un sacrificio en estos momentos históricos que vive el país. Más aun lo es el entrar a la política electoral. Los políticos tienen razón. Claro, es una opción para un ciudadano optar por entrar a la carrera electoral, nadie los obliga, ni el cacareado “clamor de la gente”.  Los políticos también tienen razón cuando dicen que quienes más sufren estas contiendas son sus familiares.

En mi carrera periodística he conocido a muchos familiares de políticos, de todas las ideologías. En silencio, los he visto sufrir las derrotas, las decepciones y los episodios amargos, y he visto a muchos celebrar los éxitos.

La muerte de la madre del gobernador Alejandro García Padilla esta semana me hizo repasar lo que ha sido mi interacción con muchos de esos familiares que no ocupan portadas o espacios en los medios, pero con los cuales uno irremediablemente interactúa en el fragor del trabajo.  La interacción incluye no solo saludar, observarlos o entrevistarlos cuando se hacen disponibles, sino socializar, hablar con ellos off the record, íntimamente conversar y escucharlos con la sensibilidad que debe tener un periodista cada día de su vida. 

Lamentablemente, hay un entendimiento absurdo entre periodistas y el público, de que le resta a un comunicador el sostener ese tipo de acercamientos con posibles objetivos de trabajo. En esta profesión se critica a los trabajadores por tener relaciones que normalmente ocurren todos los días entre los seres humanos.  A mi juicio, esos acercamientos son importantes porque nos dan una perspectiva más amplia de quienes expondremos ante el país y nos inyecta sensibilidad, arma indispensable en el ejercicio del periodismo. Que no se mal interprete. No hablo de suavizar el garrote fiscalizador del periodista. Me refiero a conocer ese entorno que le rodea a nuestras fuentes. Y hablo de que ello debe ser así hacia el poderoso y hacia el pobre.

En esta ocasión traigo la atención sobre los políticos porque en mi carrera es el tema que más he cubierto.

A finales de los ‘90, comenzando en esta hermosa carrera, laborando para WKAQ Radio, tuve mi primer contacto en la cobertura de un juicio con el caso del entonces alcalde de Toa Alta, Ángel “Buzo” Rodríguez.  Al final del proceso, durante una madrugada, se conoció el veredicto del jurado. Jamás olvidaré los rostros de aquella familia. Uno de sus hijos arremetió contra los periodistas y su papá (el acusado) le dijo que nos dejara tranquilos porque “están haciendo su trabajo”. Nunca tomé mal esa reacción. Era de entenderse. La comprendí. No respondí porque no sería de humanos reclamarle a un hijo una actitud distinta en esa circunstancia. Hoy, aquel muchacho, contemporáneo conmigo, es un legislador aspirante a la misma alcaldía que ocupó su papá.

Lo mismo puedo decir de momentos más agradables. Recientemente entrevistaba en su casa a Ricardo Rosselló con su esposa Beatriz. Su hija Claudia tiene casi la misma edad que mi Lena. Después del diálogo “oficial” sentía la empatía suficiente como para hablar de los cuidos, las malas noches, las etapas de crecimiento y mirar la niña recordando que tengo una igual que merece ser protegida y cuidada.

A la mamá del Gobernador la conocí varias veces. Mi esposa trabajaba con él y los encuentros eran inevitables. Ella la conoció mucho mejor.

Consideré una vez que era una gran figura para una entrevista, pero sabía que ello no ocurriría porque sus hijos reconocían que exponerla podría ser explosivo por su sinceridad al hablar. Con el mismo celo la alejaban también de los detractores externos e internos de ellos, porque sabían que la diplomacia al momento de defender a sus retoños no existiría. Así lo decían a menudo de manera jocosa, pero con una alegría implícita de contar con una guerrera en el frente de batalla. Era el arma y la estratega escondida.

En las conversaciones que tuve con ella, siempre se notaba el amor por ellos, los protegía con mucha intensidad. Se notaba que era una mujer fuerte. Tenía que serlo. A fin de cuentas, levantó un hogar de seis hijos entre los que figura el alcalde de su pueblo, quien fuera Presidente de la Universidad del país y el Gobernador.

La última vez que me encontré con ella, hablamos. Antes de que la conversación entrara en calor, notaba que me miraba con intención de decirme algo que guardaba en su interior. Sabía que venía por ahí un regaño de madre. Creo que se aguantó un poco porque estaba su hijo de frente, el Gobernador.

Como quien no aguanta más y quizás temerosa de perder la oportunidad de sacarse algo de muy adentro, me miró y comenzó diciendo que me escuchaba en las mañanas en la radio. Su tono fue “in crescendo”. Todos explotamos en risa porque anticipábamos el momento. Ahí fue. Me dejó saber lo mucho que le molestaba que trataran duro a su hijo y terminó diciéndome, “solo recuerda que cuando vayas a hablar de él, pienses en mi”.  Solo una sonrisa salió de mi. No podía reaccionar de otra forma, era comprensible. El amor de una madre y la defensa hacia un hijo no se puede cuestionar.  En cambio, hay que apreciarlo y celebrarlo.

Como doña Delo hay muchos. Y no se trata de menguar la responsabilidad que tenemos los periodistas de ser duros, investigar, cuestionar y fiscalizar teniendo el bien del país como norte, se trata de que no podemos nunca perder la sensibilidad hacia las víctimas incidentales de nuestro trabajo.

A veces veo, sobre todo en coberturas periodísticas de eventos criminales, que los periodistas salimos a la calle a “comérnosla” y nos llevamos enreda’os a víctimas y victimarios. No nos detenemos a pensar en el impacto de nuestro trabajo, no para cambiar la línea editorial sino para mejorarla.

Esto no pretende ser un llamado a nadie en particular. Es una mera reflexión que hacía esta semana y decidí compartirla. A nombre de Priscilla y mío, vaya nuestra solidaridad al Gobernador y su familia.
 

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