Columna de Hiram Guadalupe: Vanas ideas políticas

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

  Estamos hartos de las farsas y los delirios demagógicos de los políticos tradicionales. Cada cuatro años, al aproximarse un evento electoral, candidatos y candidatas nos atosigan de ideas huecas y promesas celadas tras la magia de algún publicista que intenta conmover al electorado con representaciones engañosas que, por regla general, suelen ser poco creativas y repetitivas.

La contienda ha comenzado a tomar vuelo y ya vemos a los candidatos tradicionales recurrir a las mismas estrategias de siempre. Por ahí nos llegan con la sonrisa a flor de piel, fingiendo simpatías y afabilidad y ataviados de una jeringonza aburrida. Quieren decir mucho sin decir nada. Hablar por hablar, como una forma de embelesar las audiencias.

En su juego por obtener ganancias de un evento eleccionario apuestan, como ocurre siempre, a vender sueños navegando entre quimeras. Son tan ilusos que se creen capaces de resolver los problemas complejos del país con un comunicado de prensa de poco más de 100 palabras.

Hay poco pragmatismo en sus alocuciones, y ni hablar de la ausencia de planes específicos con los que puedan enfrentar los retos del presente y el futuro, más ahora cuando la pauta del ejercicio fiscal del Gobierno la impondrá una junta de control ajena a nuestros intereses colectivos.

A escasos meses de las elecciones de noviembre, desconocemos cómo estos políticos tradicionales, apiñados bajo las insignias de los viejos partidos penepé y pepedé, manejarán los problemas del país para, entre otras cosas, reducir los niveles de desigualdad social e impulsar proyectos de desarrollo económico.

No se trata de consignas ni frases huecas. Hablamos de planes, proyectos e ideas. Es articular la visión del país que aspiran gobernar lejos de los clichés.

Por ejemplo, cómo rearticulamos el sistema educativo para garantizar que nuestros infantes, adolescentes y jóvenes adquieran las destrezas necesarias para encaminarse hacia la construcción de un mejor provenir individual y colectivo.

¿De qué manera distribuiremos los fondos asignados al Departamento de Educación para responder a las necesidades del magisterio, atendiendo desde su condición laboral hasta los recursos que se necesitan en cada salón de clases?

¿Con qué herramientas sociales vamos a afrontar los problemas de violencia? ¿Cómo enfrentaremos la crisis que tenemos en los servicios de salud, máxime cuando se advierte que en un año más de 100 mil personas podrían quedar fuera del alcance del Plan de Salud del Gobierno?

¿Qué proyecto tenemos para atender las necesidades de la población mayor de 60 años de edad, que se estima en más de 23 por ciento y cuya condición de vida va en precario, empobreciéndose cada vez más?

¿Cómo retenemos la fuga de talento profesional de, entre otros grupos, los médicos especialistas? ¿Cómo incentivamos el desarrollo económico? ¿Cuál es ese modelo económico que construiremos e impulsaremos para echar a andar nuestro país?

¿Cómo invertimos la ecuación de dependencia por emprendimiento? ¿Cómo incentivaremos y viabilizaremos las iniciativas empresariales de nuestros pequeños y medianos comerciantes? ¿Cómo aliviamos el peso de la carga contributiva que cae sobre los hombros de la clase trabajadora y profesional?

¿Cuál es el proyecto político de futuro que permitirá que nuestro país tenga las herramientas que necesita para insertarse en la economía global, potenciar sus recursos y optar por nuevas formas de intercambio y relación con otras economías?

Las respuestas a estas preguntas requieren de un plan nacional y, al mismo tiempo, líderes visionarios, aptos y comprometidos capaces de conducir un buen Gobierno que defienda los intereses de la gente y no del capital. De eso, sin embargo, hemos visto poco, por no decir nada.

Nadie niega la opción que tienen los políticos tradicionales de querer contagiar al país con la ilusión de construir su idea de futuro, pero hagámoslo con los pies en tierra, sin consignas, sin fingimientos ni entelequias publicitarias que falsean discursos para mercadear mentiras.

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