Columna de Rafael Lenín López: Ser o no ser

El fragor olímpico ha despertado esa vieja controversia fútil de quien es o no puertorriqueño.
Me pregunto, ¿Qué provoca esa obsesión con adjudicar o decidir la identidad del otro? Peor aun, ¿Por qué incurrimos en ello cuando a nivel colectivo no somos capaces de traducir el inmenso orgullo por nuestra “identidad nacional” al contexto político para que ello se convierta en cosas palpables?
Era de esperarse que la celebración de otro evento deportivo a nivel internacional y la participación de los nuestros provocara ese debate, sobre todo en año electoral.  Sin embargo, como dije durante el fin de semana en las redes sociales, estas son controversias absurdas, de egos trasnochados y añado que, innecesariamente perturban la serenidad con la que nuestros atletas se encuentran en el terreno deportivo.

Cada ciudadano debe sentirse libre de expresar y actuar como lo siente. Si Jaime Espinal se siente boricua, pues que bien. Si Gigi Fernández optó por otra cosa en su momento, ella es la dueña de sus acciones. Si una gimnasta que ha ganado oro bajo la bandera estadounidense quiere expresar su orgullo boricua por la herencia de sus padres, que bueno.   De la misma forma lo hacen en el campo artístico, y nadie se queja, Lin Manuel, JLo, Marc Anthony, entre otros.  Hasta le hacemos estrellas en el Condado. De la misma forma, en el plano personal y mucho más irrelevante, si yo quiero declararme guayanillense a pesar de haber nacido en Ponce, nadie me lo quita.

Estos debates sonoros que son muy simpáticos para generar discusión en los medios y ahora en las redes sociales, lo que dramatizan es la indefinición que hemos postergado a lo largo de nuestra historia.

El mismo debate ocurre todos los años cada vez que se celebra en Nueva York la Parada Puertorriqueña. Escuchamos por lo alto y por lo bajo, el más prejuiciado menosprecio a la celebración que hacen los ciudadanos que, por opción o destino, han hecho sus vidas en el exterior.

Nos creemos dueños de la puertorriqueñidad y con la capacidad de adjudicarla a quien nos venga en gana. Para aquellos compatriotas del norte, el dilema es triste, pues sus vecinos estadounidenses no los consideran como tal y nosotros no los aceptamos como boricuas.  Nos adjudicamos la paternidad de las cosas fáciles y abstractas, porque de las difíciles todo el mundo “jala” para su lado olvidándose del resto.

Si queremos debatir el desempeño de nuestros atletas y nuestra participación en los eventos mundiales, como el que acontece en estos días en Rio de Janeiro, debemos hacerlo sobre aspectos realmente importantes.  En el contexto de un evento deportivo internacional anterior y en medio de una indignación absurda por la derrota de los nuestros, me “entrometí” en el tema.

En aquel momento señalé y aprovecho para replantear, que el deporte debe figurar como punto importante en la agenda del país para su desarrollo a todos los niveles.  El deporte no solamente implica una vida más saludable sinó que, de una manera bien trabajada desde la administración pública, puede suponer un pilar importante en el campo económico. El deporte significa también un ataque frontal al ocio que redunda en tantos problemas sociales como la criminalidad.

Sin embargo, el deporte no anda ni por los centros espiritistas, como se dice popularmente. Claro, hay muchos problemas en el ambiente, pero la atención es casi inexistente.

Decía antes y repito ahora que tampoco se observa un esfuerzo organizado para identificar a nuestras estrellas olímpicas del futuro. ¿Quién anda buscando a nuestra próxima Mónica Puig? ¿O a nuestro próximo Javier Culson?

Lamentablemente, el desarrollo de nuestros jóvenes a ese nivel profesional depende de esfuerzos privados e individuales a cargo de los padres, familiares o más trágico aun, de clubes privados cuyos fines son competitivos, para emociones momentáneas y para el lucro.

En vez de enfocarnos en quien “es o no es”, decidamos qué queremos ser en el colectivo y pongamos el deporte en la agenda de futuro.
 

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