Columna de Hiram Guadalupe: Orgullo antillano y puertorriqueño

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

Somos puertorriqueños, antillanos, caribeños y latinoamericanos. Esa es la sentencia de nuestra condición nacional: hijos e hijas de Puerto Rico que estamos enlazados con nuestra América Latina y el Caribe por vínculos históricos, políticos y sociales.


Esta afirmación no viene únicamente de quienes profesamos la independencia patria. Al paso de los años, y para bien, se ha convertido es un sentimiento que ha abrazado a la inmensa mayoría de ciudadanos y ciudadanos de nuestra nación aunque al adentrarnos al debate político en torno a cómo se preserva, se fortalece o se pierde esa condición nacional caribeña encontremos apreciaciones contradictorias.


Sentirse puertorriqueña o puertorriqueño es algo más que haber nacido en esta isla. Es amar lo que somos y lo que tenemos y, para eso, basta con vivir en este terruño y defenderlo.
Muchas y muchos han nacido aquí y reniegan sentirse puertorriqueños. Reprochan sus raíces antillanas y no vacilan en culpar a los suyos de las desventuras socioeconómicas que vivimos. El problema, dicen, somos los de aquí porque los otros, los de allá, en referencia a Estados Unidos, lo hacen mejor. Viven presos y presas de su complejo nacional y lo patentizan en actitudes clasistas, racistas y xenófobas. 


Este dilema ha cristalizado en los últimos días con las inoportunas y desatinadas expresiones de la extenista Beatriz “Gigi” Fernández, quien cuestionó en su cuenta de tuiter al Comité Olímpico de Puerto Rico por otorgarle el abanderamiento de nuestra delegación en los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro al deportista Jaime Espinal. Su escaramuza fue por el origen dominicano de nuestro ya medallista olímpico. 


Su expresión, de inmediato, estalló en el corazón de miles de buenos puertorriqueñas y puertorriqueños, nacidos y criados aquí, y quienes han elegido ser parte de nuestro pueblo. 
Escribió la extenista: ¿Es Dominicano o de @PuertoRicoPUR? Double standard (¿doble vara?).


Las expresiones de Fernández denotan un profundo prejuicio racial y clasista. Espinal es nacido en República Dominicana, criado en Puerto Rico, negro y pobre. Viene de abajo, de clase humilde y tiene la fibra de su ser anclada en las comunidades de nuestro país, adonde acude a diario a aportar con su talento y ejemplo al desarrollo atlético de nuestra juventud. 
Es probable que esa haya sido la dimensión que más le mortificó a la exatleta. No es un dominicano blanco y de clase pudiente lo que, quizás, hubiera marcado una diferencia.
Fernández, quien ha sido consistente en vedar su origen puertorriqueño, parece que ignora los lazos históricos que nos unen como pueblo a la hermana República Dominicana y de seguro poco le importan.


Mas hay que recordar la relación que hemos forjado por más de un siglo con la hermana república antillana, sellada por experiencias migratorias de un lado al otro que han sido muy enriquecedoras para ambos pueblos.


Por ejemplo, Ramón Emeterio Betances, denominado el Padre de la Patria, es hijo de dominicano y Eugenio María de Hostos, otro de nuestros grandes próceres, logró sus más grandes contribuciones en ese país.


Hoy miles y miles de dominicanos habitan nuestro terruño y aportan a diario al bienestar de nuestra nación. Son hijos e hijas del caribe antillano que han seleccionado amar a Puerto Rico, tal vez como nunca logró hacer la extenista.


Jaime Espinal es orgullo de Puerto Rico, gústele o no a quienes hoy critican su abanderamiento. Su presencia en nuestra delegación vale medalla de oro y nos recuerda con orgullo la verdadera procedencia de nuestra nacionalidad. Somos mujeres y hombres de ascendencia afroantillana y vinculados a una América Latina que enriquece nuestra cultura y nuestra historia.

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