Los dulces hípsters de Río Piedras

Por Manuel Clavell Carrasquillo


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La invitación de las once de la noche a tomar ron con jugo de jengibre en una barra de la calle Arzuaga, después de haber llegado tarde a un acto artístico organizado por performeros radicales en el Paseo de Diego, te pareció una demencia.

Pero el fotógrafo te dijo, “dale” y, por las dos sílabas de ese comando macharrán, o por tu curiosidad cerrera (ya no se sabe), te dejaste arrastrar por los pasadizos arruinados y oscuros que rodean la plaza de la Convalecencia hasta tropezar con el grupito de “hípsters” que se arremolinaba frente a un sitio inverosímil llamado Baker’s Bakery.

Para ubicarte en tiempo y espacio, te acercaste a las vitrinas y algunos conocidos te explicaron que durante el día aquello era una panadería tradicional de pueblo que los hijos jóvenes del dueño transformaban algunas noches en local alternativo de “jangueo”.

Hiciste un esfuerzo por comprender el nombre, el concepto, el flow de sus “jangueadores” y sentiste que te observaban desde arriba dos ojos bien abiertos en forma de huevos fritos y que te olfateaba una narizota en forma de sándwich preparado en pan criollo; una pieza de arte “comercial” creada por Poncili.

Minutos más tarde supiste que esa cosa que te espiaba era la criatura guardiana de aquel territorio, y que la verdadera aventura alucinante estaba a punto de comenzar. Al entrar por la enorme boca de aquel “Panadero de los Panaderos”, te dejaste tragar por un golpe de aire frío que estaba impregnado del dulce olor de los pastelillos de guayaba y los panes de medianoche.

Esas esencias atípicas para la hora, los palos dobles de ron con jengibre y el resplandor de las bombillas de tubo opacado con papeles de periódico te cambiaron la perspectiva. Aquellas escenas de la energía universitaria nocturna extendida hasta esa frontera riopedrense previa a la avenida 65 de Infantería, prácticamente clausurada por los miedos burgueses, se desarrollaban frescas y espolvoreadas con la azuquita blanca de los reposteros; razón por la cual el fotógrafo procedió a retratarlas según se cuenta.

Al lado de la vellonera uno bien seguro de sí mismo preguntó si era José José el que cantaba, mientras debajo de la pata de jamón ibérico que guindaba sobre la barra tres panas barbudos se debatían entre shots de tequila o Barrilito. Zanjado el asunto, se abrazaron, gritaron y se acomodaron frente a la pizarra que decía jamón, queso y huevo a $3.25. Quizás uno de los relajones les acordó la pavera bestial que les pudo haber dado allí mismo, al finalizar el show de stand-up comedy con guitarra del pelú Oski Morales.

Hubo una breve pausa en la que otros ayudaron a mover sillas para bailar con las muchachas vestidas al estilo chic barato la música linda en vivo de Jorge Chafey, incomparable a contextos sonoros más intensos y oscuros como el “Industrial”, “Doom Metal”, “Horror” o “Noise” que, diskjoquiados por Gerardo Segarra, alias Prepucio Galáctico, noches después echaron a perder los cuerpos en movimientos postribales bastante sexys.

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