Columna de Hiram Guadalupe: Quehacer periodístico

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

César Andreu Iglesias definió el trabajo periodístico como algo más que la difusión de noticias. Para él, el periodismo era concebido como un vehículo de educación para el país, cuya función no es únicamente informar, sino también formar las conciencias y opiniones de la ciudadanía para darle a esta el merecido control de su destino.

El oficio periodístico alimenta la democracia y aporta al desarrollo y fortalecimiento de nuestras instituciones públicas y privadas, mas requiere de un compromiso continuo por la búsqueda de la verdad, procurando siempre la imparcialidad en la forma en que se construyen y comunican los hechos.

En ese sentido, el periodismo debe realizarse con libertad, sin censura y lejos del control de fuerzas políticas, económicas y guerras personalistas. Requiere ecuanimidad y seriedad en el manejo de la información y debe, además, ser transparente y comprometido con la construcción de una sociedad más democrática y plural.

Ejercer el periodismo supone apartarse del performance mediático que, en muchas ocasiones, rinde la ética periodística a la lógica del espectáculo, a la carrera por los ratings y al sometimiento por el control del tráfico cibernético.

Es lamentable ver cómo se descuida el periodismo venciéndolo al dominio que ejercen fuerzas externas, como sucede con los controles que imponen los regentes de los medios de comunicación a cómo se maneja la información, subyugándose, en muchos casos, a los designios de la pauta publicitaria.

También es penoso ver cómo se relega el quehacer periodístico ante la degradación de la información con profesionales de los medios banalizándose a sí mismos y más fascinados por su narcisismo que por el interés de informar con imparcialidad e integridad.

Ocurre mucho, por ejemplo, en medios informativos radiales, en los que premian al reportero gritón y fanfarrón que, escudado en un falso manto de sacralidad e infatuados por sí mismos, se convierten en portaestandartes del basurero informativo. Son constructoras y constructores de melodramas, enfrascados en espectáculos de gritos, insultos e injurias con tonos destemplados.

Poco aporta al periodismo, y a la democracia de un país si sus hacedores se dejan arrastrar por la demagogia, desoyen los argumentos de sus entrevistados, los interrumpen con diatribas y se inducen al descontrol del griterío hostil y el sectarismo.

Tampoco se aporta al buen periodismo cuando un reportero pretende imponer su criterio para descartar los argumentos de sus interpelados, jugando a hacer un ejercicio pueril de oposición porque, para muchos, un periodista que no cuestione con peroratas no ejerce bien su labor.

El periodismo también se profana cuando cedemos los espacios de análisis informativo a comentaristas que, muy ligados a intereses económicos y políticos, degeneran el oficio y laceran su profesionalidad porque, recurrentemente, se jactan de sacarle punta a todo con bufonerías, en ausencia de rigor y ética. Es lo que sucede mayoritariamente en radio
y televisión.

Entonces, producimos un espectáculo que se mercadea ante la audiencia como “análisis serio” y dentro de la oferta noticiosa que presenta el medio, sin medir que, para el ciudadano de a pie, lo que se escucha y se ve en radio y televisión adquiere una veracidad inmediata.

Queriéndolo o sin querer, hemos ido desvalorizando el quehacer periodístico, y eso nos hace pensar que, para quienes controlan el negocio de la producción de información, el periodismo ecuánime ha perdido su rentabilidad.

Sin embargo, en estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir, es importante rescatar el buen trabajo periodístico para devolverle, como decía Gabriel García Márquez, “esa pasión insaciable que solo puede digerirse y humanizarse por su confrontación seria y descarnada con la realidad”.

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