Columna de Hiram Guadalupe: La ideología de Trump

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

El magnate Donald Trump, hoy candidato oficial del sector republicano a ocupar la silla presidencial de Estados Unidos, no es un loco. Contrario a la imagen inicial que despertó entre amplios sectores dentro y fuera de esa nación, este inexperto político multimillonario, quien destaca por su extravagancia y por cristalizar un estilo vulgar e inculto, ha logrado articular la voz de la ideología ultra conservadora que domina una buena parte de esa sociedad.


Trump no es el único ciudadano de ese país que versa posturas racistas, xenófobas, clasistas y homófobas, aunque es, quizás, el más burdo y ordinario de todos. El discurso de este showman neoyorquino encara una ideología política, social y económica que vive entronizada en una buena parte de la comunidad estadounidense, irrespectivamente de su afiliación republicana o demócrata. 


Se trata de la ideología anglosajona (White, Alglo-Saxon and Protestant, WASP) que, tras el clamor de defender valores tradicionales y la “prosperidad y seguridad” de la nación, se alimenta de la violencia y el insulto; del odio a la diferencia; de la defensa acérrima al capital financiero y al complejo industrial militar; y del miedo a la presencia, cada vez mayor, de ciudadanos extranjeros catalogados como “peligrosos” en un país que ha vivido creyéndose la idea de su alegada superioridad.


Trump es ejemplo claro del radicalismo de extrema derecha; un enemigo íntimo de la democracia que ha sabido capitalizar la decadencia de la clase política tradicional y su pérdida consistente de credibilidad para arribar a la escena partidista con un discurso extremista y ultra conservador.


En medio del extenso discurso que profesó la semana pasada, durante la Convención Nacional Republicana acontecida en Cleveland, Ohio, y donde se proclamó candidato oficial, Trump habló de “restaurar la ley y orden” en medio del “caos” que vive su país. 
Prometió recuperar la “independencia económica” y labrar “un nuevo comienzo”, una frase que usó de estribillo retórico y que, en su faz, atiende a una construcción ideológica nacional populista. 


Incurrió, además, en una alocución mesiánica, como quien se cree convocado a salvar la clase rica y los sectores medios profesionales generando más oportunidades de inversión y empleo, a la vez que tratará de hacerlas sentir más respetables. Por eso, propuso, como buen populista, defender a los “hombres y mujeres olvidadas” de su país y a quienes “trabajan duro pero no tienen voz”, al tiempo que dice atacará a los “poderosos”, en alusión al gran capital de Wall Street, con quien se vincula su contendora Hillary Clinton.


Más allá de los ladridos de su discurso, el peligro de Trump es haber avanzado rápidamente en convertirse en representante de un sector de ese país que, ante el colapso del Estado social, se han embriagado de la idea que su enemigo está en la inmigración y la globalización, razón por la que parecen sentirse atraídos por una arenga xenófoba y nacionalista.


Es terrible, por demás, ver que entre sus seguidores congenian representantes de grupos diversos, entre los que hay poderosos millonarios, profesionales de alto nivel y trabajadores de clase media y pobre.


Este último sector ha sido seducido por la idea trumpiana de acabar con el Tratado de Libre Comercio para evitar que países como México “estafen” al pueblo estadounidense al sustituir el mercado de trabajo nacional por mano de obra barata y extranjera.


Lo peor, sin embargo, es que una buena parte de las ideas que encara la candidatura de Trump también están incrustadas en la visión que integra la propuesta de su contendiente demócrata Hillary Clinton.


Al final, el dilema no es quién asuma el poder en Casa Blanca sino qué proyecto ideológico representa y, por lo que se percibe, no hay diferencias entre las alternativas electorales que se disputan la elección de noviembre próximo toda vez que Clinton también propone ser una opción más para el conservadurismo.

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