Columna de Julio Rivera Saniel: Antes de abrir la boca

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

La paz parece haberse alejado. Lo ha hecho en todas las latitudes. No importa sobre qué esquina del planeta posemos la mirada, descubriremos que la violencia se ha convertido en un elemento siempre presente. Cuando intentamos buscar las razones —salvando las distancias—, es siempre posible identificar que la intolerancia, el irrespeto a lo distinto y el fanatismo se pasean de la mano como queriendo buscar problemas. Y lo consiguen.

Una de las múltiples manifestaciones de violencia es comúnmente bautizada como terrorismo, ese término sobre el que siempre procuro ser cuidadoso. No hace mucho sentido que EI, Al Qaeda, Oscar López y Nelson Mandela (con lo disímil de sus reclamos y circunstancias) sean la misma cosa, aunque, para referirse a todos, en distintos momentos de la historia se ha utilizado el mismo calificativo. Pero eso es harina de otro gran costal. El asunto es que esa manifestación de violencia que llamamos terrorismo ha tenido como protagonistas frecuentes en las noticias que reseñamos por estas fechas  a los grupos extremistas de carácter religioso, poco tolerantes y abiertamente violentos que utilizan la excusa de Dios, la lucha contra el pecado y la supuesta llegada al paraíso como motor del crimen. Estos grupos y sus seguidores parten de una mirada peligrosa del mundo que les rodea. Una que les ubica como poseedores de la verdad absoluta y que coloca como enemigos a quienes no profesen su credo o, en su defecto, supongan una amenaza para sus creencias. Una mirada prepotente sobre el resto. Los “distintos” y, por serlo, los “equivocados”.

Pero, si bien esa mirada parte de un profundo fanatismo y una abierta ignorancia, en ocasiones, quienes observamos esas manifestaciones de terror promovidas por estos grupos podemos —sabiéndolo o no— repetir el mismo pecado que criticamos: la intolerancia y el irrespeto cimentado en la ignorancia, sobre todo, cuando aplicamos las generalizaciones. Esas en las que colocamos a lo “musulmán” como equivalente de lo “árabe”, quiriendo convertir en la misma cosa a una cultura frente a un religión. Desconociendo que no todos los árabes son musulmanes o incluso que existen musulmanes no árabes o árabes de credos distintos al musulmán. O cuando insistimos en despachar lo musulmán como “radical”. Una afirmación que desconoce que la mayor parte de quienes siguen las enseñanzas de Mahoma repudian el radicalismo violento de grupos como Estado Islámico. En 2015, BBC publicó el resultado de la encuesta “Actitudes globales”, del Centro de Investigación Pew, que concluyó que más de tres cuartas partes de los musulmanes encuestados en los territorios palestinos, Jordania e Indonesia desaprueban al grupo extremista, al igual que el 91 % de los árabes. Por ello, insistir en colocar a todos los musulmanes en el mismo vagón que los radicales musulmanes no es solo una imprecisión, sino un abierto irrespeto. Cuando nos burlamos de quienes creen en Alá (o, en su defecto, en Yemayá, Oshún o cualquiera que sea el dios de otros credos) partiendo de la premisa de que nuestro Dios es el único Dios en una mirada prepotente ante el resto del mundo, también incurrimos en la misma falta.

Al perpetuar estas y otras formas de acercarnos al delicado tema de la fe, no hacemos otra cosa que promover con los actos la intolerancia que repudiamos con la boca. Es muy probable que muchos hallamos pecado en ello. Nadie es perfecto; de eso no hay duda. Pero un poquito de respeto, información y tolerancia no vendrán mal cuando abramos la boca.

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