Columna de Hiram Guadalupe: Carne de cañón

No es la primera vez que en Puerto Rico se utiliza a nuestra gente como carne de cañón en experimentos científicos-comerciales y políticos que poco interesan a los puertorriqueños. 


Ocurrió en los años de la guerra de Vietnam, cuando las autoridades militares del ejército de guerra estadounidense roció el agente naranja por varios bosques de la isla para probar sus efectos antes de lanzarlo como arma letal contra la población vietnamita. 


El impacto de ese operativo químico militar sobre Vietnam, nombrado operación Ranch Hand, provocó que más de medio millar de infantes nacieran con malformaciones congénitas.


Antes, a inicios de la década de 1930, investigaciones evidenciaban el uso de anémicos con células cancerosas combinados con radiación contra los puertorriqueños y puertorriqueñas como parte de un experimento que intentaba estudiar la anemia y sus antídotos. Tal afrenta se le adjudicó a un científico estadounidense llamado Cornelius Rhoads.


Décadas después, hay registro de cómo la compañía productora de fármacos Searle utilizó como conejillas de experimentación a las mujeres boricuas para probar, sin consentimiento alguno, la “eficacia” de sus pastillas anticonceptivas.


También podemos mencionar los estudios que científicos estadounidenses, auspiciados por el capital de la industria farmacéutica, realizaron contra nuestra población en la última parte del siglo pasado para probar medicamentos contra el virus del sida. Se indica que una buena parte de esos experimentos se hicieron con niños y niñas, quienes fueron expuestos a pruebas de toxicidad para medicamentos. En ningún caso se consultó a sus padres.


Científicos nacionales han evidenciado, además, cómo en los años 1992 y 1998, y bajo el auspicio de la Marina de Guerra de Estados Unidos y el Puerto Rico Aerosol Cloud Study, se realizaron experimentos en la isla para modificar artificialmente las condiciones atmosféricas con el objetivo de examinar el comportamiento de la ionosfera en circunstancias reales. El área de Tortuguero, en Vega Baja, fue el lugar de esta investigación que no fue consentida por las autoridades gubernamentales estatales ni municipales del país.


Y ni hablar de los estragos que esa misma Marina provocó en nuestros ciudadanos de Vieques, donde hay registrado una incidencia altísima de cáncer resultado de los experimentos militares realizados allí durante décadas y donde también se ha evidenciado altos niveles de contaminación ambiental.


La lista de las desconsideradas intervenciones catalogadas como “científicas” sobre nuestra isla es más amplia, incluyendo experimentos para medir el impacto del uso del aspartame en nuestra gente. El aspartame se define como una neurotoxina que destruye el sistema nervioso central; es un veneno fabricado por Monsanto y utilizado en edulcorantes artificiales que se asocia con la aparición del cáncer.


De la misma manera, hay evidencia de experimentos sin consultar realizados en varias de nuestras comunidades desventajadas a finales de la década de 1990 y en las que se soltaban mosquitos contaminados con dengue dizque para comprobar la velocidad en que se propagaban.


No es de extrañar que muchos de estos experimentos hayan tenido el aval de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos o de los alegados expertos en epidemiología que integran el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades. Estas mismas agencias son las que hoy impulsan la propuesta de asperjar la isla con Naled, amparados en la excusa de erradicar el mosquito del zika.


Más que impulsar, quieren imponer la fumigación y presionan al Gobierno y sus funcionarios para que vociferen con histeria los riesgos del mosquito para justificar otro experimento más sobre nuestra gente. Poco les importa a estos funcionarios federales las implicaciones del Naled sobre la salud de la ciudadanía; mucho menos les preocupa el impacto de este químico en el medioambiente ni las consecuencias que pueda tener para nuestra ya maltrecha agricultura, amén del efecto tóxico que provoca cualquier tipo de aspersión sobre nuestra población pediátrica y maternofetal.


La comunidad científica y médica del país ya se ha expresado condenando la intención de quienes insisten en fumigarnos con Naled. Nos alertan para que no volvamos a ser carne de cañón.