Columna de Lily García: Cuando Orlando dejó de ser "Disney"

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El golpe ha sido duro. No fue el primero ni será el último, pero en esta ocasión a los latinos y en particular a los puertorriqueños, nos dio en la cara.  El radicalismo islámico, la homofobia, y años de coraje embotellado se combinaron para construir a un asesino. 

Y en el proceso, todos hemos perdido. Por un lado está el dolor desgarrador de las decenas de familias a quienes les arrebataron sus seres queridos, y por el otro estamos los que hemos perdido el sentido de confianza, de paz y de seguridad. Hasta hace un par de semanas, escuchar hablar de “Orlando” llevaba a muchos a abrir una puerta a un mundo de fantasía, castillos y princesas.  Hoy, sin embargo, Orlando duele.   

Sí, actos de ignorancia y violencia como este nos roban mucho, pero mi mayor miedo no es tanto a lo que nos roban sino a lo que nos dejan.  Y en esta ocasión se siente el veneno del coraje.  El coraje o ira es una etapa natural dentro de cualquier proceso de duelo y más luego de una pérdida como la que hemos tenido. Pero el quedarnos en el coraje es permitir que ganen los enfermos del odio. 
Cuenta una historia de la tradición budista que el Buda se encontró un día con un hombre muy molesto y mal educado que comenzó a insultarlo. “No tienes derecho de enseñar a otros”, gritó. “Eres tan estúpido como los demás. No eres más que un farsante”. 

En vez de molestarse por las palabras del hombre, el Buda procedió a preguntarle: “Dime, ¿si compras un regalo para alguien y esa persona no lo quiere, de quién es el regalo?”

El hombre se sorprendió con aquella extraña pregunta y le respondió, “El regalo sería mío porque yo lo compré”. El Buda sonrió y le dijo: “Correcto. Y eso exactamente es lo que yo estoy haciendo con tu ira”.

Me niego a hacer míos el odio y la ira de otros. Se los devuelvo transformados en compasión y perdón. Que nada ni nadie me robe mi paz.        
 

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