Columna de Julio Rivera Saniel: El derecho a la estupidez

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel
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Estábamos en el mismísimo centro del dolor. El compañero fotoperiodista Enrique Jiménez y yo llegábamos el lunes a Orlando, aun con la resaca provocada por la borrachera de horas y horas de informes sobre los sucedido en la discoteca “Pulse”. El número de los fallecidos se multiplicaba rápidamente. Primero una decena. Luego una veintena. Más tarde medio centenar. Parecía increíble.

Sobre todo cuando comenzaban a aflorar las potenciales razones que movieron a un hombre a abrir fuego contra más de un centenar de indefensos que disfrutaban de una noche de fiesta. Ninguna de ellas hacía sentido y todas escondían cantidades iguales de locura y odio. Un hombre con un cuadro complicado. Un cóctel letal que involucraba un pasado de inestabilidad emocional, la locura propia del fanatismo religioso y la homofobia. “Vio a dos hombres besándose y se enfureció”, intentaba explicar el padre del pistolero como procurando alejar el elemento del fanatismo religioso de la ecuación del crimen. Pero el esfuerzo resultaba fútil. Después de todo, la intolerancia, el odio a lo distinto, el irrespeto a la otredad y la violencia han sido –y son aún hoy– parte de las características de aquellos que se dejan ahogar por el fanatismo en todas sus vertientes. Y el religioso no es la excepción. La irracionalidad religiosa no es solo propia del extremismo musulmán, sino también del cristiano, el judío o el de cualquier otro grupo cuyas creencias piensa absolutas. Que parte de la premisa de que la verdad es solo la suya y que el resto –pobre del resto, pecador sin remedio– se equivoca y merece castigo divino. La tragedia de “Pulse” en Orlando dejaba al descubierto, más que nunca, la huella del fanatismo y la necesidad de quienes han sucumbido a él de justificarlo. Sin éxito. Resultaba imposible conseguir justificarlo ante el lúgubre panorama de la que dominaba todas las esquinas de esa ciudad conocida como “mágica”. Bastaba con mirar a cada rincón. Ningún rostro se escapaba de la sombra de ese dolor colectivo que cubrió Orlando. Y mientras la solidaridad parecía la norma, la intolerancia, el irrespeto y el odio –inconformes con haber cobrado vidas– se asomaban nuevamente disfrazados de democracia.

Nunca en mis años de carrera había presenciado un espectáculo tan cruel y deprimente. Al llegar a una de las funerarias donde eran expuestos los restos de una de las víctimas de la tragedia, descubría que la organización religiosa Westboro Baptist Church no solo argumentaba que el asesino era una suerte de enviado de Dios para “ajusticiar pecadores”, sino que exhortó a sus seguidores a acudir a las capillas donde se llevaban a cabo las exequias para “protestar” contra los muertos y, de paso, clavar otro puñal en el pecho aún adolorido de sus familiares. El irrespeto en letras mayúsculas. Un ejercicio democrático, sin duda. Porque la democracia permite incluso la estupidez. Democrático, sí. Insensible, sin duda. Igual que el discurso de un pastor hispano de Verity Baptist Church en Sacramento, California, que festejaba la matanza y la tachaba de escarmiento a “sodomitas y pedófilos”.

Pero afortunadamente, la estupidez fue contrarrestada por la solidaridad y el amor de decenas de ciudadanos que, llamados por la indignación ante el pedido de la Westboro, acudieron a la capilla y la rodearon como un enorme escudo para garantizar la dignidad de los fallecidos y el derecho a un luto digno de sus amigos y familiares. También con las expresiones de repudio de diversos grupos religiosos –cristianos y musulmanes– repudiando lo que otros que se hacían llamar amantes de Dios celebraban como si se tratara de una fiesta. Con ese último gesto me quedo. Con ese que demuestra el más alto sentido de humanismo que comparten todas las religiones del mundo en sus interpretaciones más dignas. Esas que no celebran la muerte como arma de venganza de un Dios justiciero y vengativo, sino que se aferran al amor y el respeto, la aceptación y la defensa de la dignidad humana como los más altos valores. ¿Los demás? Los demás que se consuman en su estupidez. Que a ella tienen derecho.

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