Columna de Hiram Guadalupe: Ratificadas las farsas del ELA

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

La condición política de Puerto Rico frente a Estados Unidos quedó plasmada en el 1901 tras el dictamen de la Corte Suprema federal en su determinación sobre Los Casos Insulares.

Para entonces, el máximo foro judicial estadounidense resolvió, entre otras cosas, que los ciudadanos de los territorios y posesiones de este país solo tendríamos derecho a la plena protección de la Constitución si éramos incorporados como parte integrante de su nación.

La decisión, a su vez, dejó claro que Puerto Rico, en tanto territorio no incorporado, pertenece, pero no es parte, de Estados Unidos. En palabras llanas, nuestro pequeño país caribeño, que fue tomado por asalto mediante una invasión militar en 1898, es una simple colonia.

Esta semana, el mismo tribunal que atendió Los Casos Insulares reafirmó la condición colonial de la Isla revelando que Puerto Rico continúa sometido a la autoridad del gobierno estadounidense y que lo acontecido entre los años 1950 a 1953 no fue más que una treta política con la que se intentó perfumar la colonia antillana.

Fue justamente en esos años que el gobierno regentado por el Partido Popular Democrático (PPD) conspiró para la creación del Estado Libre Asociado (ELA), zurcido con un diseño político que camuflajeó la condición colonial del país en una definición enmarañada, que pretendió simular que las ciudadanas y ciudadanos puertorriqueños habíamos alcanzado espacios de autonomía para conducir nuestros destinos. 

Tal farsa fue denunciada con fuerza por el movimiento independentista y, en consecuencia, el gobierno del pepedé, dirigido por Luis Muñoz Marín, acrecentó su campaña de acecho y persecución política.

La historia recuerda las voces que han insistido en la denuncia contra el régimen colonial impuesto sobre la Isla. Ha quedado estipulado, además, los escollos que implican esa condición de subordinación, máxime en tiempos de estrechez económica y cuando el país necesita, con urgencia, buscar salidas que le permitan desarrollar su economía sin necesidad de pedir consentimiento ni permiso a las autoridades federales.

Puerto Rico no tiene poder alguno sobre su destino. Esa es la triste realidad con la que hemos vivido desde el 1898 aun cuando sectores dentro del PPD han insistido, y algunos persisten, en defender el embeleco del ELA.

El ELA nunca proveyó un gobierno propio, democrático y autónomo para el pueblo de Puerto Rico. Por el contrario, disfrazó la colonia y, desde entonces, ha tratado de persistir ataviada de una impúdica campaña de engaño y desinformación.

Hoy queda al descubierto la treta de ese estado, que no es ni libre ni asociado, y que ahora camina moribundo a su entierro el próximo 25 de julio, aun cuando hayan quienes, por defender intereses económicos y proselitistas, reclamen una nueva salida aromatizada para acicalarnos y hacernos olvidar el trágico fallecimiento de la ideología que ha sostenido por más de seis décadas al viejo y anquilosado pepedé.

De cara a un próximo evento electoral, y en medio de una crisis fiscal que traerá la imposición de una junta de control fiscal impulsada desde el Congreso federal, el debate político debe posicionar el tema del estatus como eje central de la discusión pública.

No hay tiempo para engaños, confusiones e indecisiones. El estatus determina el sistema político de un país y, de igual forma, las relaciones de esa nación con otras, incluyendo las económicas.

Por eso, en esta contienda política, a meses de las elecciones generales, el país urge escuchar a cada uno de los hombres y mujeres que aspiran ocupar posiciones electivas consignar cómo y hacia dónde proponen resolver el dilema colonial. 

No hay tiempo para vacilaciones ni verbos colmados de retóricas huecas. Es momento de asumir la responsabilidad histórica y establecer la ruta que nos conducirá al país digno, justo, equitativo, democrático, próspero y soberano que merece nuestro pueblo.

Más las rutas son escasas y están definidas en el derecho internacional. Es hora de atreverse y sin titubeos ni perplejidades romper con el coloniaje. Y para quienes piensan que el estatus no es importante y urgente para la construcción de un mejor Puerto Rico, sepan que están a tiempo para retirarse a vacacionar.

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