Columna de Hiram Guadalupe: Absoluta tiranía

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

La ecuación es simple. Ante la presión ejercida por acreedores para que el Gobierno de Puerto Rico cumpla con el pago de la deuda pública por encima de cualquier otra consideración, políticos estadounidenses, en aparente consenso de republicanos, el Departamento del Tesoro y representantes del sector demócrata, se encaminan a imponer un régimen totalitario en la colonia.

Con esta movida quedará derrotada la vieja añoranza estadolibrista que, por varias décadas, ha pretendido venderle al país “lo mejor de dos mundos” embutido en un alegado pacto bilateral que, decían, resultó de la proclamación del Estado Libre Asociado (ELA) en 1952.

Hoy, en cambio, la historia vindica a quienes denunciaron la farsa del ELA insistiendo en el engaño que representó la aprobación de un estatus político que disfrazó el orden colonial y escamoteó la democracia ofreciendo migajas de poderes sin ningún alcance.

Esa condición de colonia sometida es, justamente, lo que permite que se nos imponga un modelo de gobierno autoritario, como ocurrirá cuando se apruebe el Proyecto de la Cámara federal 5278, que esta semana ocupará la atención al interior de un grupo importante del circuito de poder de Estados Unidos.

Para Puerto Rico, esta medida significa la instauración de un nuevo orden político cristalizado en la creación de una junta de control fiscal a la que se le asignan poderes absolutos sobre nuestros asuntos internos por encima del gobernador y los legisladores de turno.

En arroz y habichuelas, esta junta asumirá el control exclusivo en la aprobación y distribución del presupuesto nacional con el único propósito de asegurar los dineros de los bonistas. Pero hay más. A este grupo de siete individuos, que serán nombrados por el presidente de Estados Unidos, se le atribuirá la autoridad para vender activos del gobierno, establecer planes para la consolidación de agencias y reducir servicios gubernamentales y, con esto, el número de empleados públicos.

Como si fuera poco, la junta también intervendrá en la otorgación de permisos para proyectos de infraestructura y, además, tendrá la potestad para desautorizar las leyes y órdenes ejecutivas que contravengan sus planes, en abierta referencia a la ley de moratoria, firmada el pasado mes de abril por el gobernador Alejandro García Padilla.

La ley que crea esta junta, que irónicamente descifra su acróstico en el vocablo Promesa (Puerto Rico Oversight, Management and Economic Stability Act), no contiene una fórmula para impulsar la economía de la isla, más allá de un par de medidas patronales y la designación de un task force que evaluará nuestra condición económica. Será, exclusivamente, una entidad para desmantelar el orden gubernamental y defender el pago de los bonistas.

Para muchos demócratas en Estados Unidos, que antes pululaban en la oposición, el Proyecto 5278 es “menos malo” que el original, aun cuando las atribuciones del poder de la junta sobre el país se mantienen intactas.

En Puerto Rico, un sector del liderato del Partido Popular Democrático y el Partido Nuevo Progresista piensa igual, aunque hay dirigentes en las filas pepedés y penepés que cacarean su oposición a la junta sin ofrecer soluciones para impedir esta afrenta de poder que nos coloca en un estado de tiranía absoluta.

Por ejemplo, hay representantes del PPD que se refugian en la crítica tras verse encadenados y prisioneros del amo estadounidense, mas no parecen estar dispuestos a enfrentar la adversidad con la combatividad que amerita, lo que sugiere condenar al ELA y exigir un verdadero proceso de descolonización.

Líderes del PNP, en cambio, han visto en la actitud del Congreso federal un distanciamiento enorme a su reclamo de estadidad. No hay en la dirigencia política estadounidense actitud alguna a favor de la anexión ni intención de ayudar a la isla a rescatar su estabilidad económica.

Lo cierto es que, ante el escenario político actual, lo menos que deben sentir los políticos de los dos partidos que han gobernado en las últimas décadas es vergüenza por haber apostado siempre a la salvación del americano por encima de la capacidad de emprendimiento del pueblo puertorriqueño.

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