Columna de Hiram Guadalupe: El lenguaje de los signos

En política, las imágenes, marcas y emblemas juegan un papel fundamental, toda vez que están concebidas como elementos esenciales en el ejercicio de la comunicación.

Su construcción no es inofensiva. Cada trazo esconde una intención ideológica con la que se persigue ilustrar posiciones, propuestas y la visión a la que se aspira.

Por eso, los símbolos políticos requieren de una lectura profunda que vaya más allá de su valor estético. Se trata de ir tras su significación, es decir, qué tipo de mensaje encierra, cómo se representan las ideas y cuáles elementos emplea para impulsar una determinada ideología.

Su complejidad ha hecho que su estudio, en el contexto de la vida social, sea considerado una ciencia que aborda estos sistemas autónomos de comunicación tanto desde su dimensión lingüística, en referencia a su naturaleza y en relación entre el significante y el concepto de su significado. De eso trata la semiología.

El debate de los signos en nuestro escenario político revivió la semana pasada luego que el presidente del Partido Popular Democrático, David Bernier, realizó una conferencia de prensa para mostrar el nuevo emblema de la colectividad que representa. No fue la promoción de la insignia de campaña del candidato a la gobernación, sino la alteración conceptual de la identidad tradicional de su partido.

Los cambios no fueron cosméticos, por lo que el anuncio provocó la mar de reacciones. El nuevo emblema no solo reemplazó la histórica consigna “Pan, tierra y libertad” por “Unidad, trabajo y prosperidad”, también alteró la imagen del jíbaro que antes miraba hacia la izquierda por otro jíbaro movido hacia la derecha y que ahora luce acompañado de una silueta que, aseguran sus promotores, simula la imagen de una mujer.

Ese perfil silueteado, que bien pudiera ser un infante o adolescente, aparece suspendido bajo la sombra del jíbaro, lo que sugiere una lectura de roles y autoridad entre unos y otros, contrario al discurso de igualdad que pretendió esgrimir el líder pepedé como defensa al cambio de la marca institucional de su partido.

La vuelta de la mirada del jíbaro y su nuevo o nueva acompañante hacia la derecha es, quizás, la transformación más radical que presenta la nueva configuración del emblema proselitista.

Dijo Bernier: “Esos rostros del hombre y la mujer, herencia de nuestro partido, estarán mirando hacia el futuro, hacia adelante, con un renovado dinamismo”. Entonces, ¿está el futuro hacia la derecha?
Todo apunta a que esa transformación en los rostros y las miradas silueteadas del renovado emblema pepedé atiende más a nuevos posicionamientos ideológicos de una organización que, con el paso de los años, ha abandonado su consigna de justicia social para anclarse en posturas conservadoras que privilegian el modelo de desigualdad político, económico y social existente.

La justificación de la inventiva de la nueva imagen y la consigna del logo, aludió Bernier, responde a su estrategia y plan de trabajo como presidente de la colectividad.

En ese sentido, hace bien el aspirante en reconocer que su partido ya no representa la aspiración de “Pan, tierra y libertad”, bajo la cual se fundó en 1938 y que ahora es más próxima a los discursos de nuevo cuño que, en la ola de la moda, hacen galas de la combinación de atractivos sustantivos carentes de contenido y rima.

Es lo que también sucede con la expresión “Unidad, trabajo y prosperidad”, un eslogan insulso, amén de su liviandad, que apunta a un ejercicio retórico construido desde un concepto estratégico que, de seguro, iba tras encontrar algún acierto publicitario que impulsara una candidatura que, al día de hoy, no ha presentado ante el país, articuladamente, sus propuestas para resolver los problemas que aquejan a la ciudadanía.

Cierto es que poco importa un logo para una campaña política si no está acompañado de sustancia. Mas no olvidemos que el lienzo que pincela los rasgos de una insignia política va cargado de ideología y, generalmente, suele mostrar lo que se rehúye afirmar en palabras.