Columna de Hiram Guadalupe: Honra y dignidad

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

Velda González merece ser recordada como una verdadera gladiadora; una mujer que luchó por la justicia y la equidad, que combatió el discrimen y defendió con firmeza nuestra identidad puertorriqueña.

Venerada actriz, convirtió la risa en un arma de introversión porque, jugando en serio, supo recrear desde la comedia un vehículo de expresión para pincelar ideas y provocar reflexiones. 

Como representante de nuestra Asamblea Legislativa, elevó su maestría al combinar su infinito encanto y gracia para, estratégicamente, articular medidas de política pública dirigidas a encaminar nuestra sociedad a espacios de mayor justicia y bienestar social.

Firme y solidaria con la bandera de la equidad, su contribución más significativa en su trayectoria política está trazada en la Ley 54 de Prevención e Intervención con la Violencia Doméstica, aprobada el 15 de agosto de 1989 y que ha sido un arma importante para combatir la violencia de género y reafirmar la defensa de los derechos de las mujeres.

No fue una lucha fácil porque, según cuentan algunas líderes feministas que trabajaron junto a Velda en esa gestión, lograr la aprobación de esa legislación requirió enfrentar a muchos detractores dentro y fuera de su colectividad. Sin su fuerza y compromiso, muy probablemente, esa medida no hubiera sido aprobada por la legislatura nacional.

Gracias al empeño de Velda por defender a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad, el Senado de Puerto Rico también impulsó la creación de la Oficina de la Procuradora de los Envejecientes, otra iniciativa importante para salvaguardar los derechos de un sector sensible de nuestra sociedad.

En sus 24 años como senadora, encausó su agenda a defender la cultura puertorriqueña en todas sus dimensiones porque era consciente de la importancia de proteger los rasgos de nuestra identidad colectiva como una afirmación patriótica.

Con ella el país aprendió que la política es mucho más que el quehacer mediocre que predomina en nuestros días. Su enseñanza nos muestra que el ejercicio de la política, más que un servicio a la corrupción y a la vagancia, debe ser una actividad para mejorar la vida de los ciudadanos y ciudadanas, para impulsar medidas que reemplacen la injusticia por la justicia, para frenar el individualismo y legislar por el bien común.

Así lo hizo Velda y por eso su responsabilidad de lucha política superó el mármol del Capitolio para, en un acto de desobediencia civil, cruzar la frontera que separaba la población de Vieques y denunciar los abusos de la Marina de Guerra de Estados Unidos en nuestra Isla Nena.

Por ese acto cumplió cárcel y, al salir, había reforzado su espíritu combativo a favor de las causas nobles y justas de su país, lo que evidenció en cada uno de sus pasos hasta el final de sus días, como fue su compromiso por la liberación de Oscar López Rivera.

No hay dudas que su lucha incansable por la justicia le hizo ganarse el respeto y el amor del pueblo, como bien la describió la licenciada María Dolores Fernós: “Valiente y sensible al dolor ajeno, fue generosa y amorosa, fue sobre todo, una mujer genuina, entregada con corazón y con pasión a las causas y a los seres que amo sin medida”.

Aunque sabemos que la muerte es el inevitable tránsito final de la vida terrenal, nada puede mermar el sentimiento que provoca su perdida. Queda, sin embargo, el consuelo de saber que, como dijo el poeta José Martí: “la muerte de un justo es una fiesta (porque) no aflige ni asusta a quien ha vivido noblemente. La muerte es una victoria cuando se ha vivido bien y la tumba no tiene espantos para quien ha pasado con decoro la vida”.

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