Columna de Rafael Lenín López: Peligrosa resignación

Anoche un comité del Congreso de Estados Unidos dejó en suspenso, por falta de votos, el proyecto que propone establecer un organismo que maneje las operaciones fiscales del Gobierno de Puerto Rico.

El Proyecto de la Cámara federal 4900 estuvo ayer bajo la consideración de la comisión con jurisdicción sobre nuestra isla. La medida establece desde un principio que Washington tiene poderes plenarios sobre Puerto Rico, refiriéndose a nosotros en la pieza legislativa, en más de un centenar de ocasiones, como el territorio.

Ante el comité que dirige el representante Bishop no fue invitado ayer ninguno de los oficiales electos de la isla. Paul Ryan, el speaker, ha descrito la situación de nuestro país como una de caos.  El proyecto a ser aprobado contempla un organismo que vendrá a hacer recortes y no propone ayudas para estimular el desarrollo económico del territorio.

En medio de todo este panorama, un tropel de políticos puertorriqueños ha invadido los pasillos del Capitolio dizque para cabildear en contra de la susodicha junta o para buscar “herramientas” que nos ayuden a salir del atolladero en el que nos encontramos. Ninguna de las dos cosas ha pasado hasta ahora. Es decir, todos esos viajes, estadías, cenas y bebelatas que sufragamos en estos días en medio de la crisis fueron en vano.

Ahora, desde Washington, nos dicen nuestros políticos que las esperanzas están cifradas en el Senado. Dicen que ahora cabildearán en ese cuerpo legislativo federal para suavizar el lenguaje de la junta e introducir alguna medida que suponga un equivalente a lo que fue en su momento la Sección 936.  Es decir, que en medio de la crisis, sufragaremos otra ronda de viajes, estadías, cenas y bebelatas para ver si logramos algo.

Veo los rostros de ese tropel de políticos y percibo que no hay pizca de bochorno por el rol que están asumiendo. Cabildean por “lenguajes más justos” y se insertan en el juego demócrata-republicano —con la cara de jugador de doble A al que le han dado un turno al bate en las Grandes Ligas— sin percatarse que con sus actuaciones aceptan sus fracasos en el manejo del gobierno.  Peor aún, abogan, sin bajar la cabeza, por ayuda financiera de los Estados Unidos mientras anticipan que el próximo paso tendrá que ser replantear la relación política-económica que tenemos con la metrópoli.

En la calle, lamentablemente, la gente parece estar lista para recibir con confeti a los miembros de la junta. Hastiados de los políticos locales, los ciudadanos de a pie no se sienten indignados con el hecho de que un ente ajeno a nuestro sistema constitucional tome el control del país. Los políticos, ahora más tímidos, están solos combatiendo la junta. Ello es perfectamente comprensible, pero al mismo tiempo alarmante.  Hemos perdido la esperanza en la capacidad de nuestro pueblo para resolver entre nosotros los problemas que se han acumulado por años y que provocaron los gobernantes rojos y azules que se han intercambiado el poder por los pasados 60 años.

El escenario que vivimos debería provocar que en estos momentos las mentes más privilegiadas —nuestros académicos, profesionales y organizaciones— estén sin pausa, elaborando un plan de país a largo plazo que no dependa de juntas ni de Washington.  La coyuntura debería estar generando discusiones y campañas educativas sobre nuevos modelos políticos y económicos que el país debe considerar como opción de futuro, sin que necesariamente Estados Unidos figure como protagonista en la ecuación.

En cambio, hay resignación, en la calle y en el liderato político. Esto, más allá de lo económico y fiscal, dramatiza una crisis social. Hay un desgano masivo de echar a Puerto Rico hacia adelante. Estamos todos resignados, y, cuando nos despertemos llenos de entusiasmo, será tarde.