Columna de Danixa López: Lo que perdemos y ganamos cuando nos vamos

Por Danixa López @DanixaLopez

Cuando me fui de Puerto Rico, dejé mucho detrás mío. No solo cosas físicas, pues me mudé con dos maletas de ropa y algunas fotos, sino también toda mi vida para irme a ver “cómo me iba” en otra ciudad. Una cuidad muy latina, donde se hablaba el español casi tanto como en Puerto Rico y estaba rodeada de mar, pero en fin, una ciudad desconocida.

No estaba clara de cuánto tiempo estaría fuera; es más, creo que nunca pensé en eso. Salí en busca de mejores oportunidades de trabajo y un poco de aventura, con el corazón acelerado por una mezcla de incertidumbre y emoción. No tenía trabajo, no conocía a nadie (excepto a una amiga de la infancia) y nunca había visitado la ciudad.

Así llegué a Miami hace 19 años. El primer año fue muy difícil, trabajando en una tienda y con una agencia de trabajos temporeros. Mientras acá me las ingeniaba para salir adelante, la vida en la isla seguía su curso y ya me había perdido el nacimiento de una sobrina, la boda de un primo y muchos otros momentos familiares.

Cuando tuve la oportunidad de regresarme, decidí no hacerlo. Había venido a buscar nuevas oportunidades y aún no las encontraba. Me quedé y como a los seis meses apareció el trabajo que tanto quería, y el que irónicamente conseguí por mi buen dominio del español, no del inglés.

Allá perdía espacio, pues poco a poco muchas de las llamadas y las cartas cambiaron su frecuencia. Cuando iba de visita (y todavía sucede) me tocaba visitar a todo el mundo, y en ocasiones no había manera de coordinar horarios y me quedaba si ver a esa amiga querida, una vez más.

Mientras acá ganaba un nuevo trabajo, amigos y experiencias. También había ganado tiempo, pues si a algo me acostumbré de inmediato fue a la eficacia del sistema, donde los horarios de las citas se respetan, una visita a emergencia no conlleva morirse antes de que te atiendan, las transacciones se hacen por teléfono o en línea, no hay que ir a la Colecturía a comprar sellos, y los tapones, aunque largos y agobiantes, son ordenados y con carreteras en buen estado.

En mis años fuera de Puerto Rico he tenido muchas pérdidas de cosas materiales que atesoraba con mucho cariño y que eran parte de mi infancia y adolescencia. También he sufrido pérdidas humanas, pues en el camino perdí a mi padre, algunas mis tías favoritas, tíos, amigos del alma, y hasta la casa donde crecí.  

El tiempo no me va a devolver lo perdido, pero sí me ha hecho ganar muchas cosas. Aquí he desarrollado mi carrera profesional, conocí a mi esposo y tuve a mi hijo. También gané una nueva familia de amigos puertorriqueños que también que llegaron más o menos igual que yo, y que han echado sus raíces aquí, pero que seguimos siendo boricuas hasta en la Luna.

Todavía no se si regresaré, no pienso en eso. Por ahora me concentro en criar a mi hijo y que tenga una buena calidad de vida y una excelente educación. El tiempo dirá, mientras tanto sigo aquí tratando de trabajar para vivir y no vivir para trabajar, como reza el dicho.

Lo que sí he aprendido en estos años es que hay que saber discernir y no tomar decisiones a la ligera. Entender que las cosas pasan en el tiempo que deben de pasar, cuando les toca, pero que nosotros también debemos de poner de nuestra parte y ser positivos y proactivos. Tenemos que buscar las oportunidades y no esperar que estas lleguen solas.

A veces nos cegamos y no vemos más allá de lo que tenemos de frente, pero no podemos dejar de buscar lo que queremos porque eso puede estar a la vuelta de la esquina. Si está pensando mudarse o se mudó y las cosas no van como esperaba, no se quite. Piénselo con cabeza fría, no tome una decisión precipitada, nunca se sabe lo que está por llegar. Como dice la canción “lo que está pa’ ti, nadie te lo quita”. ¡Buena suerte!

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