Columna de Lily García: Miércoles de ceniza

No fue hasta que iba saliendo aquel miércoles de la funeraria cargando con mucho cuidado las cenizas que me acababan de entregar que caí en cuenta de que era la segunda vez en seis meses que hacía lo mismo.  En octubre del año pasado habían sido las de papi.  Ahora estaba recogiendo las de su adorada hermana Lya, mi querida Titá. 

Aquellos que han seguido mis columnas  seguramente recordarán haber leído algunas de las que le dediqué a esa tía, quien llevaba varios años en un hogar de ancianos y de quien yo era cuidadora principal.  Aunque vivió casi cincuenta años en Miami, la distancia no fue impedimento para la conexión tan especial que desarrollamos. 
 
Titá fue esa tía tipo Mary Poppins, que, cuando venía a Puerto Rico de vacaciones, llegaba con una guitarra debajo del brazo y mil ideas de aventuras para compartir.  Nunca tuvo hijos, pero fue maestra durante más de treinta años. Era brillante, generosa y alegre. Jamás me hubiera imaginado años atrás, cuando nos sentábamos largas horas en su casa en Miami a escuchar grabaciones de grandes teólogos y conferenciantes de temas de espiritualidad, que algún día me iba a tocar a mí cuidarla a ella. 

Ya desde hace más de un año Titá no recordaba ni mi nombre, ni quién yo era exactamente, pero eso no impedía que me recibiera con una sonrisa de oreja a oreja cada vez que entraba a su cuarto en el hogar a traerle su cheeseburger, ese antojito que la sacaba de su rutina.   A sus ochenta y siete, y luego de más de siete años encamada, ya era hora de que descansara.  Se fue el día de mi cumpleaños. Tal vez quiso dejármelo como regalo, convirtiéndose en otro ángel que ahora me está cuidando. 

Y ese miércoles, al tener en mis manos sus cenizas, me pregunté: “¿A quién le tocará ir a buscar las mías algún día?”.  No tengo idea. Solo espero que reconozcan que en ese polvillo que llevan está la esencia de alguien que, al igual que Titá, los amó intensamente.  Nos vemos en la próxima, viejita querida…