Columna de Hiram Guadalupe: Títeres políticos

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

Tras cinco años de encierro, el exlegislador Jorge de Castro Font sale de prisión como un pachá, sonriente y saludando como si fuera un héroe que arriba a su país luego de haberse agenciado alguna victoria.

Habla del menú que desea degustar y hasta anuncia las ofertas laborales que comienza a recibir para “encaminar” esta nueva etapa de su vida. No hay dudas, está pasando factura por su sórdido silencio.

Con voz tenue, dice estar arrepentido mientras reserva la lista de nombres de quienes, desde la escena política, han transitado por márgenes ilegales y cuyos actos, según insinúa, superan sus infracciones.

Frente a las cámaras asume el rol de víctima. Hilvana un libreto que intenta borrar su pasado para que nadie lo recuerde como el joven que, sin ejecutorias memorables, arribó a la política partidista en 1988 y se convirtió, a la edad de 25 años, en miembro de la Cámara de Representantes bajo la insignia del Partido Popular Democrático. Entonces comenzaron sus malabares para cumplir la aspiración de ser una figura poderosa de la política nacional.

Se hizo aliado de la fauna terrorista cubanoamericana, que financió por décadas sus campañas electorales. Vanagloriándose de su relación con figuras mafiosas como Julito Labatud o Lincoln Díaz-Balart, así como de grupos religiosos fundamentalistas, el político, que en el año 2002 cruzó la frontera de su colectividad e ingresó a las filas del Partido Nuevo Progresista y se hizo senador, se convirtió en férreo defensor de posiciones políticas derechistas, conservadoras, homófobas y clasistas.

Con petulancia, solía burlarse de las manifestaciones sociales a favor de la justicia y la equidad; fue un malabarista del juego partidista y escaló peldaños hasta convertirse en un temible senador que presidió la poderosa Comisión de Reglas y Calendarios, desde donde, según las acusaciones que lo llevaron a prisión, con 32 cargos federales de corrupción, manipuló el proceso legislativo a cambio de donaciones.

La codicia lo embriagó. Vivió como rey, a sus anchas, rodeado de lujos y suntuosidades que, cuando se le antojaba distraer la opinión pública, adjudicaba a su buena suerte en el juego de lotería. Mas sus artimañas ilegales y sus traqueteos violaron la confianza del pueblo, dejando una permanente herida a la democracia del país.

Hoy sale de prisión y sus pasos hacia la libre comunidad trazan un desalmado mensaje: el crimen paga. Pero nada justifica las acciones perversas de este sujeto, ni las de ningún otro.

Lo peor es que de Castro Font no es el único político despiadado del país que usa sus posiciones para lucrarse y afianzar su poder. Hay más, lo que no sabemos es si algún día caerán.

Por lo pronto, aguardamos ver qué pasará con el caso del inversionista político Anaudi Hernández, quien a expensas de reducir su condena ha comenzado a colaborar con las autoridades federales y se espera cuente sus artimañas con prominentes políticos.

Este ha sido el más reciente capítulo de corrupción en la isla que trasluce, una vez más, cómo se han ido deteriorando las estructuras de los partidos con la fatídica mezcla de ambición desmedida de políticos y la prepotente intervención de sus recaudadores.

No podemos llamarnos a engaño. Hace años que la política partidista y el ejercicio gubernamental están infectados de avaricia. Ayer fue el caso de Jorge de Castro Font, antes fue Víctor Fajardo, hoy es Anaudi Hernández, sin olvidar a Lutgardo Acevedo, otro sujeto involucrado en el negocio ilegal de la política y que tiene mucho que hablar sobre sus malabares en la región Oeste.

Que nadie quede impune. Ni políticos y recaudadores que actúan desde márgenes de la ilegalidad y la inmoralidad para avanzar a sus intereses personales y proselitistas. Los implicados en estos esquemas son muchos más que los hasta ahora señalados. Son, en síntesis, una casta de títeres que ha secuestrado la democracia y, por eso, contra ellos, debe caer todo el peso de la ley.

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