Columna de Hiram Guadalupe: Absurda violencia

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

Aquellos estruendosos disparos interrumpieron el silencio de la noche. No tardó mucho tiempo en conocerse que la tragedia había tocado a las puertas de una noble y querida familia, destacada por su lucha a favor de la justicia y la equidad social.

Las conjeturas no se hicieron esperar. Hasta hoy no ha habido explicación certera para el cruento asesinato acometido contra una joven y talentosa fiscal, lo que ha provocado el mar de opiniones, algunas insensibles.

En medio del desconcierto de este incidente, algunos informativos develaron su dimensión morbosa intentando sacar ventaja de esta tragedia humana insistiendo en hipótesis inexactas, ahondando el dolor de los allegados a la víctima con preguntas inadecuadas y haciendo públicas imágenes que, más allá de afectar cualquier investigación, lastiman.

El relato noticioso de esta muerte espanta, como tantas otras muertes que presenciamos a diario y que dejan llantos incontrolables que no encuentran reparos.

El crimen nos secuestra. A cualquier hora y en cualquier lugar nos exponemos a presenciar una actividad violenta. Sobran razones para alarmarnos porque, sin dudas, asistimos a un fenómeno complejo que va en alzada y que, por más campañas que clamen por la mesura y prudencia ciudadana, no asoma atisbos de desaparecer.

Es una situación tan triste como espeluznante que, al paso de los días, hace que un sector de nuestra sociedad pierda los escrúpulos y se lance a una guerra fratricida, asesinando gente a mansalva sin consideraciones y en medio de una guerra desdichada que no hace más que sumar daños colaterales, que añaden otras muertes a la fatídica estadística de homicidios y, a su vez, engrosan la curva ascendente e imparable del vendaval de violencia que nos acecha.

Lo peor es que toda esta escena criminal se percibe como una situación incontrolable. Una guerra sin rumbo ni fin que va desintegrando nuestra estructura social y ante la cual los últimos gobiernos no han sido capaces de mostrar un plan de atención urgente.

Ejecuciones, disparos, batallas continuas en nuestras calles y ríos de dinero contaminando la vida pública. El país se hunde entre una economía informal que crece vertiginosamente, un Estado ahogado en deudas, una crisis social y económica apabullante, una clase política desentendida y un acelerado ritmo de vida que nos nubla la vista de aquellas cosas verdaderamente importantes.

Mas la situación no se resuelve con el recrudecimiento del Estado policial. Este es un problema que requiere mucho más que balas, patrullas, armas y chalecos; es un asunto que amerita el examen serio de las condiciones estructurales de nuestra sociedad para diseñar estrategias que vayan directo a las raíces del problema.

Se trata de comenzar a preguntarnos con seriedad qué hace que el mundo de la violencia se haya convertido en un atractivo tan persuasivo para sectores de nuestra población, en particular para los más jóvenes.

No hay duda que una buena parte del problema se centra en el empobrecimiento acelerado de nuestra sociedad, unida a la ausencia de opciones para que la ciudadanía mejore sus condiciones de vida.

Sumémosle a la ecuación la creciente brecha de desigualdad consecuencia de un modelo económico que apuesta al enriquecimiento de unos pocos; el desmantelamiento de las prestaciones sociales; la corrupción política; el desmembramiento del mercado laboral y la ausencia de un verdadero y efectivo proyecto educativo.

Son condiciones que ensanchan el acceso a las drogas y las armas mientras convierten la delincuencia organizada en alternativa para quienes su único capital es la capacidad de vender su riesgo.

Pero esto tiene que cambiar. Ni el asesinato de Francelis Ortiz Pagán ni el de ningún ser humano víctima de seres inescrupulosos puede quedar impune, mas nuestro objetivo principal, apostando que la autoridades estatales harán su parte, es aunar esfuerzos por transformar nuestra realidad social para construir una patria nueva, con más justicia y dotada de herramientas que nos ayuden a erradicar la violencia de nuestra vida cotidiana. Hay que salvar el país, sin miedos ni rendiciones.

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