Columna de Hiram Guadalupe: Zigzagueo ideológico

Por Hiram Guadalupe @hiramgp

El peor enemigo en la trayectoria del Partido Popular Democrático ha sido el inmovilismo que, junto con posturas acomodaticias, ha definido su devenir histórico, en muchos momentos con aires de demagogia y argucia.

Nadie duda que haya buenas y buenos intencionados en esa colectividad, esos que están dispuestos a propiciar discusiones serias para encaminar el futuro del país definiendo su condición de estatus con fórmulas verdaderamente descolonizadoras, pero la fuerza que arrastra el conservadurismo siempre se impone.

Es lo que, justamente, acaba de ocurrir en los pasados días con la decisión de la Junta de Gobierno pepedé en la que, más que aunar voluntades para atender el problema colonial del país, ha aprobado un texto que reafirma y defiende el Estado Libre Asociado (ELA) como una fórmula política “democrática” y “no colonial”.

Ese zigzagueo ideológico responde a la historia que ha ceñido al pepedé desde 1953, momento en que se hizo cómplice de la gran mentira que proclamó el Gobierno estadounidense ante la Organización de las Naciones Unidas al afirmar que el problema colonial del país estaba resuelto, aludiendo a que los puertorriqueños habían ejercido su derecho a la autodeterminación con la creación del ELA.

Esa movida provocó que el nombre de Puerto Rico se removiera de la lista de territorios no independientes y, de esa manera, Estados Unidos se libró de informar ante ese foro sobre la condición política, social y económica de la menor de las Antillas Mayores.

Pero pronto la mentira quedó al descubierto. El embeleco del ELA dejó intactas las disposiciones de la Ley de Relaciones Federales con Puerto Rico (Ley 600), lo que nos mantuvo sometidos al régimen norteamericano en todos los órdenes políticos existentes porque, constitucionalmente, perpetuamos nuestra condición de territorio no incorporado de Estados Unidos, es decir, colonial.

No tardó mucho tiempo en que la comunidad internacional develara la farsa del ELA y se alzaran voces exigiendo la descolonización de la isla, al mismo tiempo que el movimiento independentista puertorriqueño agitaba sus fuerzas reclamando el fin de la colonia.

Sin embargo, el reclamo anticolonial fue opacado por el maquillaje de “progreso” que vivió el país por varias décadas y que se acompañó de una intensa campaña propagandística que pretendía “vender” el ELA como una fórmula de progreso y bienestar, obviando, por supuesto, las limitaciones socioeconómicas y políticas que arrastra un régimen colonial y las ventajas que ese ordenamiento representaba para los grandes intereses económicos norteamericanos.

Tarde o temprano la historia nos haría chocar contra la pared. Hoy las restricciones que impone la colonia están frente a nuestros ojos, cristalizadas en la crisis económica y fiscal que hemos vivido en la última década, atados de manos y sin poder articular soluciones para echar a andar nuestro porvenir porque siempre hay que esperar por el dictamen del Gobierno estadounidense.

Si no habla el americano, nada ocurre. Entonces, de nada vale la solución certera para impulsar un modelo de desarrollo económico o para articular salidas al crítico problema de la deuda pública si alguien ajeno a nuestra realidad y sin un ápice de importancia sobre nuestro futuro decidirá.

Ese es el contexto al que nos hemos enfrentado por décadas y que hoy, más que ayer, se convierte en una tarea urgente por resolver. La pregunta es si habrá voluntad política para solucionarlo.

Atender el problema político del país es la variable más importante a tratar si queremos salir del atolladero económico en el que nos encontramos y el ELA no es la alternativa. Por más que quieran alterar su atuendo, esa fórmula colapsó y está agotada incluso para quienes alguna vez apostaron y creyeron en ella.

Cierto es que la solución del estatus no es una varita mágica que resolverá nuestros problemas, pero las limitaciones que impone la ausencia de soberanía política nos restringe el campo de acción para remediar nuestros males.

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