Opinión: Bandidos, marihuaneros y tecatos... o una lección de solidaridad

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

Era el 13 de abril de 2010 y la huelga había comenzado en la Universidad de Puerto Rico. Uno a uno los recintos del primer centro docente del país habían comenzado a unirse a una larga lista de reclamos que tenía como espina dorsal el tema del acceso a una educación superior pública de calidad, a buen precio, y la cuota de $800 dólares como el asunto de mayor despliegue mediático.

Durante semanas, el liderato universitario, encabezado por Giovanni Roberto y Xiomara Caro, entre otros, levantó oposición a la nueva política pública que entendían afectaba negativamente a los estudiantes presentes y futuros. Pero también presentaron propuestas echando mano de manera muy eficaz de plataformas sociales y medios de comunicación. Comprendieron la necesidad de lograr el respaldo de la opinión pública y trabajaron para conseguirlo.

Pedían, como otros líderes universitarios antes que ellos, solidaridad. No solo la de otros alumnos de la universidad más importante del país, sino también la de ciudadanos como usted, la de profesionales y obreros, la de desempleados y amas de casa, la de estudiantes universitarios de otros sistemas. Se manifestaron de manera creativa. Piquetearon. Paralizaron. Se fueron a huelga. Se activó la Fuerza de Choque para reprenderlos. Se prohibió el suministro de alimentos a los huelguistas. Hubo golpes.

Macanazos. Excesos que fueron certificados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos en un voluminoso informe que apuntó al exceso de fuerza y violación de los derechos civiles de los estudiantes.

Se les llamó bandidos, marihuaneros y tecatos. En definitiva, un grupo de pelús. “Revoltosos de izquierda” que, en voz del entonces secretario de la Gobernación, Marcos Rodríguez Emma, debían ser sacados “a patadas” junto con los  “profesores bandidos que están incitando a los estudiantes”.

Protestaban por protestar, decía más de uno. Tal vez usted. Después de todo, para muchos no era asunto suyo el futuro de una institución en la que no estudiaban, no habían estudiado y tal vez simplemente no podrían estudiar. Cada cual a lo suyo, y, bajo ese esquema, ciertamente la solidaridad no tenía espacio. El aumento en los costos y los recortes propuestos no me alcanzaban, decían algunos. Así que ¿por qué preocuparse?

Cinco años después, los universitarios enfrentan un nuevo escenario en el que su bolsillo está en juego. El previsto impuesto sobre el valor agregado, IVA, aplicaría (antes de los cambios anunciados recientemente) a la educación universitaria privada, materiales, libros y efectos relacionados con el proceso educativo. Entonces, el sector universitario privado se lanzó a la calle. Sus estudiantes y directivos exigieron solidaridad. Y la encontraron. No era para menos. Había que frenar el embate gubernamental que podría afectar a miles de estudiantes universitarios. Entonces ocurrió la transfiguración gloriosa. Repentinamente voces que históricamente condenaban el movimiento estudiantil público y sus reclamos entendieron que protestar no es delito. Que hacerlo cuando se tienen fundamentos no les convierte en delincuentes o anarquistas. Que la protesta no es una manifestación tercermundista, sino el más arraigado principio de democracia heredado del mismísimo primer mundo. Que cuando duele hay que gritar. Todos habían cambiado. Tras la “transfiguración gloriosa”, todos adoptaban como propios los argumentos que antes desdeñaban. ¿Acaso eran todos bandidos, marihuaneros y tecatos? La respuesta es un claro y evidente “no”.

El mundo privado y sus directivos exigieron la solidaridad de sus contrapartes del mundo público, aun cuando en los momentos en los que  esa misma solidaridad fue reclamada la respuesta (salvo contadas excepciones) fue la apatía, la burla y la indiferencia. Pero, a pesar de ello, la reacción del estudiantado público ha sido la empatía. Esa que no solo se exige, sino que se extiende. Que se regala no solo cuando nos afectamos, sino cuando los afectados son otros.

Ojalá que más de uno aprenda de esta unas cuantas lecciones sobre solidaridad.

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