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title: "La campana de Wall Street y Puerto Rico"
description: "Lee aquí la columna del presidente del Senado"
canonical: "https://www.metro.pr/opinion/2026/08/27/la-campana-de-wall-street-y-puerto-rico"
section: "Opinión"
author: "Thomas Rivera Schatz"
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published: "2026-08-27T08:00:00.000Z"
updated: "2026-08-27T08:00:01.202Z"
tags: ["Opinion o Columnas", "Puerto Rico", "wall street"]
publisher: "Metro Puerto Rico"
language: "es"
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# La campana de Wall Street y Puerto Rico

_Lee aquí la columna del presidente del Senado_

Por Thomas Rivera Schatz · Opinión · 2026-08-27T08:00:00.000Z

Las campanas han acompañado a la humanidad durante siglos. Han anunciado celebraciones, victorias, peligros y hasta funerales. Su sonido puede convocar a un pueblo, advertirle de una amenaza o celebrar el comienzo de una nueva jornada.

En Wall Street, Nueva York, la campana anuncia el inicio de las transacciones. Durante unos segundos, se detiene la conversación, se encienden las cámaras y todas las miradas se dirigen al podio. Es una ceremonia breve, pero cargada de simbolismo.

Esta semana le correspondió a Puerto Rico.

La imagen fue buena. Los aplausos también. Presentar a Puerto Rico ante el mundo financiero como un lugar abierto a la inversión es conveniente y necesario. Nuestro desarrollo económico requiere capital, credibilidad, empresas y empleos. Nadie debe objetar que se promueva a Puerto Rico, pero ninguna campana pagada, por fuerte que suene, puede ocultar la realidad.

Cuando cesaron los aplausos en Nueva York, Puerto Rico mantiene sus retos y desafíos: un sistema eléctrico frágil y costoso; comerciantes obligados a invertir en generadores, combustible, cisternas, seguridad y mantenimiento para proteger sus negocios; familias que pagan tarifas excesivas por servicios básicos inestables; proyectos detenidos por la burocracia; permisos que convierten cualquier inversión en una prueba de fuerza y resistencia.

¿Qué encontrará el inversionista después de escuchar la campana?

¿Encontrará un sistema eléctrico confiable? ¿Agencias eficientes? ¿Hallará transparencia? ¿Permisos ágiles? ¿Infraestructura adecuada? ¿Un gobierno capaz de cumplir sus compromisos?

¿O encontrará, una vez más, la distancia entre lo que Puerto Rico anuncia y lo que realmente puede ejecutar?

Esa distancia no se elimina con relaciones públicas, propuestas huecas, recicladas ni mucho menos el ya trillado faranduleo o el patriotismo fatulo.

Puerto Rico tiene decenas de miles de millones de dólares en fondos federales destinados a su recuperación. Sin embargo, existe una diferencia enorme entre el dinero asignado, el dinero obligado y el dinero que finalmente se convierte en obra. Los fondos atrapados en procesos administrativos no reconstruyen carreteras, no modernizan subestaciones y no crean empleos. La presencia de nuestro representante en Washington D. C. no ha sido útil para tales fines.

El dinero que no llega a la calle es una promesa, no una obra.

También se afirma que Puerto Rico dejó atrás la quiebra. La reestructuración principal de la deuda terminó, pero la Autoridad de Energía Eléctrica continúa en un proceso sin resolver. La Junta de Supervisión Fiscal permanece interviniendo y obstruyendo en decisiones de política pública, y el pueblo sigue pagando las consecuencias de décadas con problemas de planificación, endeudamiento y falta de ejecución.

Salir de la quiebra no consiste únicamente en obtener una sentencia judicial. Significa no repetir las conductas que nos llevaron hasta ella.

La verdadera recuperación económica no comienza en Manhattan. Comienza en los municipios, en las pequeñas empresas, en los hospitales, en las escuelas y en los hogares. Comienza cuando un comerciante puede abrir sus puertas sin encender una planta eléctrica. Cuando una familia recibe un servicio de energía confiable. Cuando un proyecto obtiene sus permisos sin atravesar un laberinto burocrático. Cuando cada dólar público puede verse convertido en una obra.

Puerto Rico tiene que presentarse ante el mundo, pero antes tiene que responderle a su propia gente.

La campana de Wall Street sonó durante unos segundos. Su eco desaparecerá pronto.

Lo que no puede desaparecer es la obligación de gobernar.

Que aquella campana no sea recordada como el anuncio de una prosperidad que nunca llegó. Que sirva, más bien, como advertencia de todo lo que todavía falta por hacer y nos empeñamos en hacerlo.

Las ceremonias producen imágenes.

Los gobiernos tienen que producir resultados sin campanitas de cristal.

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