Debí mirar más fotos: Mientras el Bithorn brillaba, Puerto Rico protestaba

Lee aquí la columna del académico en Semiótica, Comunicación y Estética, Discurso Publicitario y Estudios Culturales.

Por Eliseo Colón Zayas

24 ago, 7:33 am 6 min de lectura
Debí mirar más fotos: Mientras el Bithorn brillaba, Puerto Rico protestaba
Eliseo R. Colón Zayas

No fui al concierto de Bad Bunny anoche, 22 de agosto, en el estadio Hiram Bithorn. Pero vi la nación-neón en todo su apogeo.

La vi, como tantas cosas se ven ahora, haciendo scroll hoy domingo por la mañana.

Y el scroll fue particularmente interesante porque, en cuestión de segundos, mi pantalla me llevó de un Puerto Rico a otro. Miles de personas en el Bithorn. Teléfonos encendidos. Banderas. Bad Bunny. El escenario convertido en una caja luminosa rodeada por una multitud. El alcalde de San Juan disfrutando del concierto. Las fotografías del Municipio celebrando la noche. Y después, apenas un movimiento del dedo sobre la pantalla, otro Puerto Rico: manifestantes frente al Caribe Hilton, banderas, reclamos por el agua y la luz, una mujer sosteniendo un cartel que pedía “Agua, luz y dignidad para mi comunidad” y, frente a ellos, una fuerza de choque cuya desproporción visual resulta difícil ignorar.

Todo ocurría prácticamente a la misma hora.

Hace poco en una presentación utilicé el término nación-neón para intentar explicar lo que Bad Bunny ha construido alrededor de Debí tirar más fotos. No me refiero simplemente al nacionalismo, ni mucho menos a la nación jurídica que nunca hemos terminado de resolver. La nación-neón es otra cosa. Es una nación que se enciende. Aparece mediante la música, el espectáculo, las pantallas, las plataformas, los teléfonos celulares, las banderas, la memoria, el baile y la sincronización momentánea de miles de cuerpos.

No necesita soberanía para aparecer. Quizás precisamente porque no la tiene, necesita aparecer una y otra vez.

Anoche apareció espléndidamente en el Bithorn.

Vista desde arriba, la multitud iluminada por miles de celulares produce una imagen extraordinaria: Puerto Rico convertido literalmente en luz. Cada teléfono es simultáneamente espectador, cámara, archivo y transmisor. Se está allí, pero también se está produciendo la imagen de haber estado allí. La nación-neón necesita cuerpos, pero necesita igualmente que esos cuerpos circulen como imágenes.

Por eso me interesaron tanto las fotografías del Municipio de San Juan. El gobierno municipal entendió perfectamente la lógica del acontecimiento. Había que estar. Había que fotografiarlo. Había que subirlo. Había que participar de aquella gigantesca producción de puertorriqueñidad.

“Debimos tirar más fotos”, decía, apropiándose muy oportunamente del título de Bad Bunny.

Y sí. Debimos.

El problema es cuáles fotos tiramos y cuáles dejamos fuera del encuadre.

Porque mientras una sociedad civil cantaba, bailaba y se reconocía como Puerto Rico en el Bithorn, otra sociedad civil estaba ejerciendo una forma bastante menos fotogénica de ciudadanía frente al Caribe Hilton. Allí no había coreografía, aunque sí había una. No había escenario, aunque también había uno. Y no había un ejército de celulares convertido en constelación, sino un impresionante despliegue policial frente a ciudadanos que protestaban contra las políticas del gobierno de Jenniffer González mientras, dentro del hotel, se celebraba una actividad de recaudación de fondos.

La imagen es brutal precisamente porque no necesita demasiada explicación.

De un lado, ciudadanos.

Del otro, una muralla de policías.

Aquí conviene recordar algo que hemos olvidado con demasiada facilidad. Manifestarse no es una anomalía de la democracia. Es democracia. Molesta, interrumpe, hace ruido, trastoca el tránsito y estropea el paisaje cuidadosamente administrado del poder. Para eso existe. Una protesta que no incomoda termina pareciéndose demasiado a una actividad auspiciada.

Y Puerto Rico conoce muy bien esa otra forma de sociedad civil. Vieques la conoció. El Verano de 2019 la conoció. Durante años he pensado esas movilizaciones como momentos en que la sociedad civil puertorriqueña se mira a sí misma y, aunque sea brevemente, descubre que posee una capacidad de acción que nuestras instituciones coloniales parecen empeñadas en hacernos olvidar.

Bad Bunny entendió muy bien esa energía.

De hecho, una parte importante de su proyecto artístico se alimenta de ella. Cuando denuncia el desplazamiento, la venta del país, la precariedad eléctrica o la posibilidad de un “Puerto Rico sin puertorriqueños”, no inventa una crisis para convertirla en espectáculo. Toma materiales que ya están allí y los introduce en una maquinaria cultural extraordinariamente eficaz. Debí tirar más fotos convierte historia, nostalgia, colonialismo, desplazamiento, música y memoria en un archivo afectivo de Puerto Rico.

Ahí reside su enorme fuerza.

Pero también su contradicción.

Porque la nación-neón ocurre dentro de las mismas estructuras económicas y tecnológicas que critica. Puerto Rico se convierte en memoria, resistencia y pertenencia, pero también en contenido. Circula. Se fotografía. Se comparte. Se monetiza. Se vuelve streaming. La crítica al desplazamiento puede viajar por las mismas plataformas globales que convierten los lugares en destinos, los cuerpos en datos y las identidades en mercados.

No digo esto como denuncia de Bad Bunny. Sería demasiado sencillo. Mucho menos como reproche a quienes fueron anoche al Bithorn. Yo mismo he participado de esa nación-neón y probablemente volveré a hacerlo. Precisamente por eso me interesa.

La contradicción somos nosotros.

Hace años, cuando escribí sobre Un verano sin ti, hablé del ciberhedonismo: esa posibilidad de experimentar la ciudadanía, la indignación y hasta el deseo de transformación política a través de una fiesta mediática. La fiesta puede producir comunidad. Puede producir memoria. Puede producir conciencia. Pero llega un momento incómodo: se encienden las luces.

¿Y entonces qué?

Bad Bunny lo dijo anoche de una manera sorprendentemente precisa: él no puede traer el agua ni puede traer la luz. Puede traer alegría y quizás fuerza para seguir luchando.

Tiene razón.

Resulta curioso que haya que recordarlo porque circuló también un meme donde una mujer increpa al artista: “¡Tú tienes que resolver el agua y la luz!”, mientras el gobierno observa cómodamente desde un podio. Abajo aparece la pregunta: “¿Al artista le exigen y al gobierno no?”

La caricatura es graciosa hasta que hacemos scroll.

Porque en la próxima imagen encontramos precisamente a ciudadanos exigiéndoselo al gobierno.

Y encontramos frente a ellos la fuerza de choque.

Ahí cambia todo.

La sociedad civil del Bithorn y la sociedad civil del Caribe Hilton no son dos Puerto Ricos distintos. Muchísimas de las personas que cantan a Bad Bunny comparten seguramente los reclamos de quienes protestaban. Son dos maneras de hacer visible una misma ansiedad colectiva: la sensación de que el país se nos desvanece en el aire mientras seguimos viviendo dentro de él.

Una lo convierte en afecto, memoria, música y espectáculo.

La otra pone el cuerpo frente al poder.

Ambas importan. Pero no tienen el mismo costo.

En el Bithorn, el teléfono ilumina.

Frente al Caribe Hilton, el teléfono documenta.

En uno, el cuerpo baila dentro del espectáculo; en el otro, el cuerpo puede encontrarse frente al escudo de un policía. Una sociedad civil recibe amplificación, cámaras, publicaciones oficiales y celebración institucional. La otra se encuentra con el aparato coercitivo del Estado.

Quizás ahí esté la imagen más perturbadora de la noche.

La nación-neón nos permite imaginar Puerto Rico con una intensidad que las instituciones políticas hace tiempo parecen incapaces de producir. Durante unas horas, miles de cuerpos pueden sentir que Puerto Rico existe de una manera incontestable. Pero la nación no puede existir solamente cuando se encienden las luces del espectáculo.

Porque hay otro Puerto Rico esperando cuando se apagan.

El del agua.

El de la luz.

El de la vivienda.

El del desplazamiento.

El de quienes protestan.

El de un gobierno que parece encontrar recursos con sorprendente rapidez cuando lo que hay que movilizar no es la solución de una crisis sino una fuerza de choque.

Por eso, después de mi scroll de esta mañana, modificaría ligeramente el imperativo de Bad Bunny.

No es que debimos tirar más fotos.

Debimos mirar todas las fotos.

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