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title: "El caballo de Troya"
description: "Lee aquí la columna del presidente del Senado"
canonical: "https://www.metro.pr/opinion/2026/07/30/el-caballo-de-troya"
section: "Opinión"
author: "Thomas Rivera Schatz"
author_url: "https://www.metro.pr/autor/thomas-rivera-schatz"
published: "2026-07-30T08:00:00.000Z"
updated: "2026-07-30T08:00:03.167Z"
tags: ["Puerto Rico", "Opinion o Columnas"]
publisher: "Metro Puerto Rico"
language: "es"
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# El caballo de Troya

_Lee aquí la columna del presidente del Senado_

Por Thomas Rivera Schatz · Opinión · 2026-07-30T08:00:00.000Z

Hace unos días, escribí sobre la larga y tortuosa travesía de Ulises de regreso a Ítaca y la comparé con la realidad política de Puerto Rico. Planteé entonces que nuestro futuro no puede depender solo de escoger una fórmula de estatus. Depende también de nuestra capacidad para madurar, producir, asumir responsabilidades y dejar de mirar al gobierno como una fuente inagotable de soluciones. Alguien habló sobre “el pasado mío”; eso es atinado y, tal vez, importante. Entonces, antes de regresar a Ítaca, hablemos un poco del pasado inmediato de Puerto Rico. Ese es el verdaderamente importante. Para eso, utilizaré otra lección de la antigua Grecia: el caballo de Troya.

Durante diez años, los griegos intentaron conquistar Troya por la fuerza. No pudieron. Sus murallas resistieron cada ataque. Entonces, cambiaron de estrategia: construyeron un enorme caballo de madera, escondieron soldados en su interior y fingieron retirarse. Los troyanos pensaron que era una ofrenda. Abrieron las puertas y lo llevaron dentro de la ciudad. Aquello que no pudo derrotarlos desde afuera terminó destruyéndolos desde adentro.

Puerto Rico también ha recibido sus caballos. Algunos llegaron envueltos en promesas de progreso. Otros, en discursos sobre justicia social, patria nueva, lo mejor de dos mundos, reconstrucción, cambio, paridad, igualdad, soberanía o independencia. Cada proyecto político ha colocado su propio caballo frente a las murallas del país.

En esos caballos, se han escondido el clientelismo, la dependencia, la improvisación, los contratos para allegados, el uso político de las instituciones y una burocracia que, en ocasiones, parece diseñada para proteger estructuras antes que para servir al ciudadano.

No siempre ha sido un engaño impuesto desde afuera. Muchas veces, se ha participado voluntariamente, recibiendo beneficios inmediatos sin medir su costo futuro. Hemos exigido servicios sin preguntarnos cómo financiarlos. Se ha condenado la corrupción del adversario mientras se justifica las faltas de quienes comparten nuestras ideas políticas. Así también se abren las puertas de una ciudad.

En la historia de Troya, hubo advertencias. Laocoonte desconfió del caballo y pidió que no lo introdujeran. Los troyanos prefirieron creer que era un regalo.

Puerto Rico también ha recibido advertencias. Las hemos visto en auditorías ignoradas, presupuestos insostenibles, agencias incapaces de cumplir su misión, obras abandonadas y profesionales desplazados por criterios absurdos. Las hemos visto en gobiernos que anuncian reformas mientras conservan las prácticas que les impiden ejecutarlas. Sin embargo, ninguna advertencia parece bastar cuando el caballo viene decorado con los colores que preferimos. Por eso, la pregunta no es solo qué partido puede transformar a Puerto Rico. La pregunta es qué partido está dispuesto a transformarse primero. Mi Partido Nuevo Progresista (PNP) tiene una responsabilidad particular. Si aspiramos a que Puerto Rico alcance la igualdad política mediante la estadidad, tenemos que demostrar que podemos administrar con responsabilidad, fortalecer nuestras instituciones y gobernar conforme a los estándares que reclamamos. La estadidad no puede convertirse en una excusa para posponer nuestra transformación interna. Tiene que ser un compromiso con la igualdad, sí, pero también con la disciplina, la transparencia, el trabajo y la responsabilidad. No podemos exigirle al Congreso que reconozca nuestra madurez política si nosotros mismos toleramos prácticas que debilitan la confianza ciudadana.

El Partido Popular Democrático también tiene que examinar su propio caballo. No puede reclamar una nueva relación política mientras sigue refugiándose en una fórmula territorial que ya no responde con claridad a las aspiraciones del país. La ambigüedad pudo servirle como estrategia electoral, pero no constituye una visión de futuro.

El Partido Independentista Puertorriqueño y otros sectores soberanistas tienen la obligación de presentar algo más que una denuncia del colonialismo. Deben demostrar cómo funcionaría su propuesta en la economía real, cómo protegerían a las familias vulnerables y cómo enfrentarían los riesgos de una transición política profunda.

Los partidos emergentes tampoco están exentos. Ser nuevo no significa ser diferente. Cambiar nombres, consignas o colores sirve de poco si se reproducen las mismas luchas personales, las mismas rigideces y la misma incapacidad para construir acuerdos. Ningún partido puede reclamar superioridad moral mientras crea que el caballo de Troya siempre pertenece al adversario.

El partido capaz de transformar a Puerto Rico será aquel que tenga el valor de examinar primero lo que lleva dentro. El que expulse a quienes utilizan el servicio público para beneficiarse. El que premie la capacidad sobre la obediencia. El que se atreva a decir verdades aunque resulten incómodas. El que entienda que gobernar responsablemente exige tomar decisiones que no siempre producen aplausos. Mi meta es que el PNP sea ese partido. No porque esté libre de errores. No porque pueda reclamar perfección. Precisamente porque ha cometido errores, ha enfrentado sus consecuencias, los ha corregido y tiene la obligación de aprender de ellos.

El PNP debe convertirse en el primer partido dispuesto a abrir su propio caballo. Debe identificar las prácticas que no sirven, corregirlas y demostrar que su compromiso con la igualdad política comienza con la manera en que gobierna. Nuestro adversario no es solo otro partido. También lo son la corrupción, la mediocridad, la dependencia, el conformismo y la costumbre de posponer las decisiones difíciles. Troya no cayó porque sus murallas fueran débiles. Cayó porque no supo distinguir entre un regalo y una amenaza. Puerto Rico tampoco necesita murallas más altas. Necesita mejor juicio, instituciones más fuertes y ciudadanos dispuestos a exigir resultados sin importar quién gobierne. La pregunta no es qué partido llegará primero a las puertas de la ciudad. La pregunta es cuál tendrá el valor de abrir su propio caballo antes de pedirle al pueblo que lo deje entrar.

El PNP debe tener ese valor. Debemos demostrarlo gobernando, fiscalizándose a sí mismo cuando amerita y siendo transparente siempre con el pueblo.

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