Puerto Rico también debe prepararse para la temporada del fuego

Lee aquí la opinión del consultor en Manejo de Emergencias, Seguridad y Protección contra Incendios. Exjefe del Cuerpo de Bomberos de Puerto Rico y exdirector de la Agencia Estatal para el Manejo de Emergencias y Administración de Desastres.

Por Ángel Crespo

10 jul, 11:50 am 5 min de lectura
Puerto Rico también debe prepararse para la temporada del fuego
Ángel Crespo

Mientras el mundo observa con profunda consternación la tragedia provocada por los incendios forestales que han cobrado numerosas vidas en España, Puerto Rico enfrenta una realidad que no debemos ignorar. Durante los últimos días, prácticamente toda la Isla ha permanecido bajo advertencias de peligro de incendios debido a las altas temperaturas, la escasez de lluvia, la baja humedad relativa y los vientos que favorecen la rápida propagación del fuego.

No escribo estas líneas para comparar nuestra realidad con la de España ni para generar alarma. Las condiciones geográficas, climáticas y forestales son distintas. Sin embargo, ambas comparten una misma advertencia: el cambio climático está alterando el comportamiento de los incendios forestales y aumentando la frecuencia de las condiciones extremas que favorecen su desarrollo. Esa es una conversación que Puerto Rico ya no puede posponer.

Durante décadas, los puertorriqueños hemos aprendido a prepararnos para la temporada de huracanes. Sabemos cuándo comienza, entendemos los riesgos que representa y, año tras año, reforzamos nuestros hogares, abastecemos suministros y revisamos nuestros planes familiares. Esa cultura de preparación ha salvado innumerables vidas.

Sin embargo, existe otra amenaza que está creciendo silenciosamente y que aún no ocupa el lugar que merece dentro de nuestra planificación colectiva: los incendios forestales y las olas de calor.

Después de casi treinta años como bombero, de haber tenido el privilegio de dirigir el Cuerpo de Bomberos de Puerto Rico y posteriormente la Agencia Estatal para el Manejo de Emergencias, he aprendido una lección fundamental: los incendios no comienzan cuando aparece la primera llama. Comienzan mucho antes.

Comienzan cuando se combinan largos períodos de sequía, temperaturas cada vez más elevadas, vegetación seca acumulada, patrones meteorológicos extremos y, en demasiadas ocasiones, una acción humana que pudo haberse evitado.

El fuego no distingue entre bosques, comunidades, infraestructura crítica o terrenos agrícolas. Tampoco reconoce fronteras municipales. Cuando las condiciones son favorables, avanza con rapidez, pone en riesgo vidas humanas, destruye recursos naturales, afecta la salud pública mediante el humo y compromete servicios esenciales.

La evidencia científica es cada vez más consistente. En distintas regiones del planeta observamos temporadas de incendios más largas, eventos de mayor intensidad y condiciones meteorológicas que hace apenas unas décadas eran consideradas excepcionales. Puerto Rico no está aislado de esa realidad. Por el contrario, nuestra condición insular, nuestros ecosistemas y nuestra creciente exposición a períodos prolongados de calor y sequía nos obligan a prepararnos con mayor anticipación.

Prepararnos no significa aceptar el desastre como inevitable.

Significa reconocer que la prevención sigue siendo la herramienta más poderosa para reducir el riesgo.

Hace más de una década tuve la oportunidad de impulsar, junto a numerosos compañeros del servicio público, la iniciativa Puerto Rico Frente al Fuego. Aquella experiencia demostró que la coordinación entre agencias, municipios, comunidades, organizaciones sin fines de lucro, medios de comunicación y ciudadanos puede producir resultados extraordinarios cuando el objetivo común es prevenir antes que responder.

Hoy, esa visión merece ser actualizada.

Puerto Rico necesita comenzar a hablar de una verdadera cultura de resiliencia frente a los incendios forestales.

Eso implica fortalecer la educación pública sobre el uso responsable del fuego; identificar y reducir la acumulación de vegetación combustible en áreas vulnerables; desarrollar programas permanentes de prevención comunitaria; integrar la información meteorológica con los sistemas de alerta temprana; preparar mejor a los municipios y promover que comunidades ubicadas en la interfaz urbano-forestal desarrollen planes específicos de protección.

También significa incorporar al sector privado, a las universidades, al tercer sector y a los medios de comunicación como aliados permanentes de la prevención. La resiliencia nunca ha sido responsabilidad exclusiva del gobierno. Es una responsabilidad compartida.

Quizás ha llegado el momento de que Puerto Rico reconozca formalmente lo que la naturaleza ya nos está mostrando: así como existe una temporada de huracanes, también enfrentamos períodos del año en los que el riesgo de incendios forestales aumenta significativamente y requiere preparación específica, comunicación efectiva y vigilancia constante.

No se trata de copiar modelos extranjeros.

Se trata de aprender de las mejores prácticas internacionales y adaptarlas inteligentemente a nuestra realidad geográfica, ambiental y social.

Los incendios forestales no son únicamente un problema ambiental. Son un asunto de seguridad pública, salud, infraestructura, economía, agricultura y protección de vidas.

Cada incendio que logramos prevenir representa menos familias desplazadas, menos recursos públicos destinados a la respuesta, menos daños ambientales y mayor seguridad para nuestras comunidades.

Los desafíos que trae consigo el cambio climático exigen que ampliemos nuestra visión de la gestión del riesgo. Durante muchos años concentramos nuestros esfuerzos, con razón, en los huracanes. Hoy esa preparación continúa siendo indispensable, pero ya no es suficiente.

La resiliencia del futuro exige prepararnos para múltiples amenazas de manera simultánea.

No podemos controlar el clima.

No podemos evitar que ocurran las olas de calor.

Pero sí podemos reducir nuestra vulnerabilidad.

Podemos educar mejor.

Podemos planificar mejor.

Podemos coordinar mejor.

Y podemos construir comunidades más preparadas para enfrentar una realidad climática que continuará evolucionando durante las próximas décadas.

La tragedia ocurrida en España debe despertar nuestra solidaridad, pero también nuestra reflexión.

Esperar a que ocurra un desastre para actuar siempre será la estrategia más costosa.

La prevención, en cambio, continúa siendo la inversión más inteligente que una sociedad puede hacer.

Quizás ha llegado el momento de comenzar una nueva conversación nacional.

Una conversación que nos permita prepararnos no solo para la próxima temporada de huracanes, sino también para la temporada del fuego.

Porque el mejor incendio seguirá siendo, siempre, el que nunca ocurre.