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title: "Jenniffer González y el goce de gobernar la sed"
description: "Lee aquí la columna del académico en Semiótica, Comunicación y Estética, Discurso Publicitario y Estudios Culturales."
canonical: "https://www.metro.pr/opinion/2026/06/06/jenniffer-gonzalez-y-el-goce-de-gobernar-la-sed"
section: "Opinión"
author: "Eliseo Colón Zayas"
author_url: "https://www.metro.pr/autor/eliseo-colon-zayas"
published: "2026-06-06T07:00:00.000Z"
updated: "2026-06-06T07:00:00.720Z"
tags: ["Jenniffer González"]
publisher: "Metro Puerto Rico"
language: "es"
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# Jenniffer González y el goce de gobernar la sed

_Lee aquí la columna del académico en Semiótica, Comunicación y Estética, Discurso Publicitario y Estudios Culturales._

Por Eliseo Colón Zayas · Opinión · 2026-06-06T07:00:00.000Z

Hay acontecimientos cuya importancia excede por completo la materialidad inmediata que los produce. Un apagón nunca es solamente un apagón. Una huelga nunca es solamente una huelga. La ausencia de agua nunca es únicamente la ausencia de agua. Existen momentos en que una sociedad descubre, condensada en un episodio aparentemente trivial, la lógica profunda que organiza su existencia política. La reciente crisis de agua en San Juan constituye uno de esos momentos privilegiados.

Durante meses, miles de ciudadanos hemos quedado atrapados en una experiencia que parecía provenir de otro siglo. El agua desapareció de nuestros hogares, comercios y espacios públicos. Las explicaciones oficiales llegaron fragmentadas, contradictorias o insuficientes. La ciudadanía observa una vez más cómo el lenguaje administrativo intenta domesticar la magnitud de una crisis cuya verdadera dimensión no es hidráulica sino simbólica. Porque lo que se ha agotado durante estas semanas, estos meses no es solamente el agua. Lo que se ha agotado es la mínima reserva de confianza pública que llevaba años erosionándose.

La pregunta relevante no es por qué ocurre la avería. Las averías ocurren. Toda infraestructura es vulnerable. Toda red tecnológica puede colapsar. La pregunta verdaderamente importante es por qué la crisis fue interpretada inmediatamente como evidencia de algo más profundo. ¿Por qué amplios sectores del país reaccionaron como si el episodio confirmara una sospecha previa? ¿Por qué la falta de agua ha sido percibida como una alegoría de la incapacidad gubernamental y no como un simple accidente?

La respuesta exige abandonar el terreno de la administración pública para entrar en el de la teoría política.

Lo que está ocurriendo en Puerto Rico no puede entenderse exclusivamente mediante categorías como corrupción, incompetencia o clientelismo. Todas ellas son insuficientes porque describen síntomas sin alcanzar la estructura que los produce. Nos encontramos ante una transformación más profunda: la mutación de la política en espectáculo permanente y la sustitución progresiva de la legitimidad por la gestión de percepciones.

Durante gran parte del siglo XX, la legitimidad de los gobiernos coloniales descansó sobre una promesa específica. La colonia carecía de soberanía, pero podía exhibir eficacia, como era el caso de Puerto Rico. La subordinación política encontraba su compensación en la administración técnica. La ciudadanía renunciaba a ciertas aspiraciones nacionales a cambio de estabilidad, crecimiento económico y servicios públicos razonablemente funcionales. El pacto colonial no se sostenía únicamente sobre la dependencia; se sostenía sobre la eficiencia.

La crisis contemporánea comienza precisamente cuando esa promesa deja de ser creíble.

La administración de Jenniffer González hereda un país donde el Estado ya no puede presentarse como garante incuestionable de la vida cotidiana. La Junta de Supervisión Fiscal permanece como recordatorio permanente de los límites del autogobierno. El problema fundamental del presente puertorriqueño consiste en que el discurso de la capacidad administrativa ya no encuentra respaldo en la experiencia cotidiana de los ciudadanos.

Sin embargo, en lugar de producir una reflexión crítica sobre la crisis del modelo colonial, esta situación ha dado origen a una forma distinta de ejercicio del poder. Lo único que necesita es dominar el espacio simbólico. La autoridad ya no descansa sobre la capacidad de resolver problemas sino sobre la capacidad de administrar la atención.

La política se convierte en una lucha por controlar el flujo de afectos. El gobierno ya no gobierna principalmente mediante instituciones. Gobierna mediante narrativas. Ya no administra realidades. Administra percepciones. La figura de Donald Trump constituye el ejemplo paradigmático de esta transformación. Su fuerza nunca ha residido en la consistencia de sus propuestas ni en la eficacia de sus políticas. Reside en algo mucho más elemental: la capacidad de convertir cada crisis en un espectáculo y cada espectáculo en una reafirmación de poder. La controversia dejaba de ser una amenaza para convertirse en combustible político.

Lo verdaderamente interesante ocurre cuando esta lógica llega a una colonia.

Porque el trumpismo estadounidense emerge desde el centro imperial. Habla en nombre de un país que todavía se imagina imperio. Su narrativa gira alrededor de la recuperación de un poder supuestamente perdido. El caso puertorriqueño es radicalmente distinto.

La pregunta entonces cambia de forma. ¿Qué ocurre cuando una política basada en la exhibición de fuerza se instala en un territorio cuya característica principal es precisamente la ausencia estructural de poder?

La respuesta es paradójica. Cuanto menos poder real posee el gobierno, más necesita teatralizarlo. Cuanto más limitada es la capacidad efectiva de decisión, más intensa se vuelve la representación simbólica de autoridad. La política se transforma así en una especie de compensación imaginaria frente a la impotencia estructural.

La colonia se convierte en escenario. La gobernanza se convierte en performance. El conflicto se convierte en espectáculo. Y el espectáculo de la casa de los famosos sustituye progresivamente a la política.

Esta lógica permite comprender la sucesión de renuncias, controversias y enfrentamientos internos que han caracterizado los primeros meses de la administración González y que se ha agudizado en estos días. Lo importante no es cada episodio individual. Lo importante es la forma en que todos ellos producen una atmósfera permanente de inestabilidad. Las salidas de funcionarios de alto nivel, las controversias relacionadas con nombramientos, los cuestionamientos sobre la independencia de ciertas agencias y las pugnas visibles entre figuras prominentes del propio PNP no aparecen como accidentes aislados. Forman parte de una misma economía simbólica.

La controversia se vuelve el estado natural del sistema. Y cuando la controversia se normaliza, desaparece la posibilidad misma del escándalo. Cada nueva crisis desplaza a la anterior. Cada conflicto borra el recuerdo del precedente. La atención pública se mueve demasiado rápido para permitir la construcción de responsabilidad política.

La consecuencia de todo esto que vivimos en el Puerto Rico contemporáneo es profundamente corrosiva para la democracia. No porque produzca censura. Produce algo mucho más eficaz. Produce agotamiento.

La ciudadanía termina exhausta. Ya no espera explicaciones convincentes. Ya no espera transparencia. Ya no espera rendición de cuentas. La ciudadanía sabe que nada de eso existe en el gobierno PNP-PPD.

La ciudadanía se limita a sobrevivir dentro del flujo continuo de acontecimientos.

Aquí emerge otro elemento decisivo para comprender el momento actual en que vive Puerto Rico: el goce. No el goce entendido en sentido psicológico o individual, como placer privado de una persona específica, sino como categoría política. Toda forma de poder produce una economía afectiva. Toda estructura de dominación distribuye deseos, frustraciones, resentimientos y satisfacciones. El problema de la política puertorriqueña contemporánea consiste en que ha descubierto la extraordinaria rentabilidad del resentimiento.

Gobernar para los PNP y PPD ya no significa necesariamente producir bienestar. Puede significar producir identificación emocional. Puede significar administrar agravios. Puede significar organizar la indignación colectiva. En este contexto, la política deja de orientarse hacia la construcción de consensos y comienza a organizarse alrededor de antagonismos permanentes. El adversario se vuelve más importante que el proyecto. La confrontación adquiere más valor que la solución. La guerra cultural desplaza a la administración pública.

Por eso resulta tan significativa la creciente tensión entre Jenniffer González y Thomas Rivera Schatz. Muchos observadores interpretan este conflicto como una simple lucha de personalidades. Creo que se equivocan. Lo que aparece aquí es una fractura más profunda dentro de la derecha puertorriqueña.

No estamos observando un enfrentamiento entre derecha e izquierda. Estamos observando un conflicto entre dos derechas. Por un lado, emerge una derecha gerencial de Jenniffer González, estrechamente vinculada a la lógica de consultoría, comunicación estratégica, manejo de imagen y administración tecnocrática. Por otro lado, persiste una derecha institucional, arraigada en las viejas estructuras partidistas y legislativas de Thomas River Schatz que durante décadas organizaron el poder político en Puerto Rico.

Ambas comparten el mismo horizonte ideológico general. Lo que disputan es el control de la maquinaria. La pregunta ya no es quién gobierna. La pregunta es quién administra el acceso al gobierno.

Esta pugna interna resulta especialmente significativa porque ocurre en un momento de creciente crisis de legitimidad institucional. El Departamento de Justicia enfrenta cuestionamientos públicos. Diversos nombramientos generan controversias recurrentes. Las agencias pierden credibilidad. Los mecanismos tradicionales de confianza se erosionan. Poco a poco, Puerto Rico comienza a experimentar una situación extremadamente peligrosa: la separación entre legalidad y legitimidad.

Las instituciones continúan existiendo. Pero dejan de producir confianza. Y cuando las instituciones dejan de producir confianza, la política se transforma en una lucha desnuda por el control de los afectos.

La crisis del agua adquiere entonces un significado inesperado. No porque revele una falla técnica. Revela una verdad política. Muestra la distancia creciente entre las narrativas oficiales y la experiencia cotidiana de la población. Expone la fragilidad de una estructura que continúa presentándose como eficiente mientras los ciudadanos experimentan cada vez más formas de precariedad. Desnuda el agotamiento de una legitimidad que durante décadas dependió de la promesa de administración competente.

Quizás por eso el episodio del agua resulta tan perturbador. Porque obliga a mirar aquello que normalmente permanece oculto. La colonia ya no puede justificar su existencia mediante la eficacia. La estabilidad ya no parece estable. La administración ya no parece administrar.

Las instituciones ya no parecen proteger.

Y cuando todas esas promesas comienzan a desmoronarse simultáneamente, emerge una pregunta que ninguna conferencia de prensa puede responder.

No es quién gobierna Puerto Rico, sino para qué sirve hoy la forma de gobierno que Puerto Rico posee.

La falta de agua en San Juan no responde esa pregunta. Pero la hice visible. Y una vez que ciertas preguntas se vuelven visibles, ya no desaparecen fácilmente. Permanecen circulando bajo la superficie de cada nueva controversia, de cada nueva renuncia, de cada nueva crisis institucional.

Como el agua que deja al descubierto el fondo de un río cuando se retira, la crisis revela algo que estaba allí desde hace mucho tiempo. No es la debilidad de un gobierno particular, sino la fragilidad creciente del relato histórico que durante décadas permitió a la colonia presentarse como solución y no como problema.

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