Amarillo LinkedIn: Jenniffer González y Puerto Rico como startup

Lee aquí la columna del académico en Semiótica, Comunicación y Estética, Discurso Publicitario y Estudios Culturales.

Por Eliseo Colón Zayas

23 may, 10:40 am 7 min de lectura
Amarillo LinkedIn: Jenniffer González y Puerto Rico como startup
Eliseo R. Colón Zayas

El segundo mensaje de situación de estado de Jenniffer González más que un discurso gubernamental fue, sobre todo, una operación semiótica de gran escala. Fue un ensamblaje de cifras, afectos, símbolos cromáticos, invocaciones religiosas, promesas de prosperidad y retórica gerencial que intenta producir la sensación de que Puerto Rico finalmente ha entrado en una era de eficacia administrativa, estabilidad fiscal y modernización pragmática. El problema es que, mientras más se escucha el discurso, más evidente se vuelve la grieta central que lo sostiene: la monumental distancia entre la acumulación de deseos prometidos y la ausencia de una explicación coherente sobre el origen material de los recursos que harían posible ese país anunciado.

El discurso entero funciona como una especie de catálogo aspiracional del capitalismo tardío colonial: más carreteras, más hospitales, más policías, más viviendas, más ayudas, más turismo, más manufactura, más energía, más megavatios, más cruceros, más permisos, más tecnología, más salarios, más inversión, más fondos federales, más subsidios, más alivios contributivos, más “ejecución”. El significante maestro del mensaje es precisamente ese: “cumplir”. Repetido obsesivamente. Cumplir contigo. Cumplirle a la gente. Cumplir con Puerto Rico. Como si la palabra misma pudiera sustituir la materialidad histórica de una colonia quebrada.

Lo que produce el discurso no es información: es un régimen de interacción. Sabemos que el poder político contemporáneo ya no opera exclusivamente mediante la persuasión racional, sino mediante la construcción de una sensibilidad compartida. La gobernadora no intenta demostrar; intenta contagiar afectivamente una sensación de avance. Por eso el texto está lleno de frases como “estamos construyendo esperanza”, “esto es obra real”, “Puerto Rico está avanzando”, “esto no son promesas”.

El discurso no se sostiene en causalidades económicas claras sino en una semiótica del movimiento. Todo “avanza”. Todo “comienza”. Todo “se encamina”. Todo “está en proceso”. Puerto Rico aparece como una nación perpetuamente entrando al futuro, aunque nunca termine de llegar. Es el tiempo verbal del colonialismo neoliberal: el gerundio eterno.

Porque el mensaje produce goce. No goce en el sentido banal del placer, sino en el sentido ideológico: la satisfacción obscena de creer en la fantasía aun cuando sabemos que es inconsistente. El sujeto colonial sabe que la matemática no cuadra. Sabe que la Junta de Control Fiscal sigue intacta. Sabe que la emigración continúa. Sabe que el sistema eléctrico sigue colapsando. Sabe que la infraestructura hídrica está deteriorada. Sabe que el país depende estructuralmente de fondos federales y endeudamiento indirecto. Pero el discurso ofrece algo más poderoso que la verdad: ofrece tranquilidad narrativa.

La mentira aquí no funciona ocultando la realidad, sino organizándola emocionalmente. El mensaje recuerda tanto a lo que Umberto Eco describía como el arte contemporáneo de la mentira política: no se trata de falsificar datos necesariamente, sino de producir una coherencia narrativa suficientemente seductora como para neutralizar la pregunta fundamental. Y esa pregunta es simple:

¿De dónde sale el dinero?

Porque el discurso enumera miles de millones como si estuvieran suspendidos en el aire metafísico de la providencia federal. No hay explicación estructural sobre sostenibilidad económica. No hay discusión seria sobre la contradicción entre reducción contributiva y expansión masiva del gasto. No hay reflexión sobre dependencia fiscal. No hay interrogación sobre el modelo económico extractivo del turismo y las exenciones contributivas. Todo aparece como si el dinero fuese una emanación natural del liderazgo eficiente.

Aquí el discurso se vuelve profundamente colonial. Frantz Fanon entendía que el colonialismo no sólo domina territorios, sino que también administra imaginarios. Produce élites locales cuya función principal es traducir la dependencia en ilusión de soberanía. Y eso es precisamente lo que ocurre aquí. El mensaje insiste obsesivamente en la palabra “liderazgo” mientras simultáneamente celebra la certificación de la Junta de Supervisión Fiscal. La paradoja es brutal: se presenta como triunfo político aquello que evidencia la continuidad de la subordinación colonial.

La Junta aparece transformada en una especie de padre severo finalmente satisfecho con la conducta fiscal de la colonia. La gobernadora celebra que “Puerto Rico está más cerca de cumplir con PROMESA”. Es decir: el horizonte emancipador del discurso no es la soberanía económica, sino la aprobación del supervisor colonial. Estamos ante el drama clásico de la burguesía colonial. Jennifer administra la dependencia mientras vende orgullo nacional.

Y entonces aparece el amarillo.

No es un detalle menor que Jenniffer González haya convertido el amarillo en su marca visual, casi en un uniforme político. Igual que Sila Calderón utilizó el amarillo para diferenciarse simbólicamente del rojo institucional del PPD, Jenniffer transforma el color en una tecnología afectiva. El amarillo funciona aquí como luminosidad emocional. Optimismo. Energía. Amanecer. Seguridad televisiva.

Pero también como operación de borradura.

El amarillo cubre la ruina.

Es el equivalente cromático del render arquitectónico: una capa brillante sobre la precariedad material. Mientras Santurce pasa meses sin agua, mientras el sistema eléctrico sigue dependiendo de estados de emergencia federales, mientras se anuncian baterías Tesla como si fueran objetos mesiánicos, la gobernadora aparece vestida como una versión tropical de la administración corporativa del optimismo.

El mensaje de Jenniffer González es uno donde toda solución imaginable debe venir del mercado, la inversión privada, el turismo, los incentivos contributivos, las alianzas público-privadas, los fondos federales y la eficiencia gerencial.

Incluso cuando critica a LUMA Energy, no cuestiona la privatización como paradigma. Sólo cuestiona que el operador privado no haya sido suficientemente eficiente. El horizonte sigue siendo el mismo modelo. Cambia el administrador; no el sistema.

Jenniffer González habla desde un lenguaje colonial naturalizado. No hay conflicto de clases. No hay crítica estructural. No hay historia colonial del saqueo energético. No hay discusión sobre deuda odiosa. No hay interrogación sobre desplazamiento urbano o gentrificación turística. Todo problema se redefine como asunto técnico de gerencia.

Su discurso termina pareciendo una gigantesca presentación de PowerPoint convertida en teología política: métricas, targets, performance, indicadores, eficiencia, agilidad, resultados.

La colonia administrada como dashboard.

En ese sentido, el mensaje se parece menos a un discurso político tradicional y más a la estética de LinkedIn gubernamental. Puerto Rico es presentado como startup. La gobernadora como CEO motivacional. El pueblo como cliente.

Y precisamente ahí emerge la sombra de Bad Bunny que me toca vivir estos días en Barcelona.

Porque el país imaginado por Bad Bunny —con todas sus contradicciones— es radicalmente distinto al país del mensaje de Jenniffer González. En Bad Bunny hay duelo, rabia, memoria, desplazamiento, colonialidad, ansiedad generacional, nostalgia barrial, precariedad afectiva y resistencia cultural.

El país de Jenniffer González, en cambio, parece diseñado para inversionistas, cruceros y PowerPoints federales.

Bad Bunny produce un archivo emocional. Jenniffer González produce un archivo administrativo.

Bad Bunny imagina un Puerto Rico que teme desaparecer bajo Airbnb, especulación y desplazamiento cultural. Jenniffer imagina un Puerto Rico convertido en vitrina competitiva del Caribe neoliberal.

Ambos hablan de futuro, pero desde epistemologías completamente distintas.

El discurso de Jenniffer González incluso revela involuntariamente su propia fragilidad cuando insiste demasiado en negar que son promesas. “Esto no son palabras”. “Esto es obra”. “Menos promesas y más ejecución”. Toda repetición obsesiva revela ansiedad. Y la ansiedad aquí es evidente. El gobierno sabe que la población ya no cree fácilmente.

Por eso necesita producir espectáculo de ejecución.

Pero el espectáculo tiene grietas.

Porque debajo de la acumulación de cifras aparece constantemente el fantasma de la dependencia: FEMA, Medicaid, fondos CDBG, Junta Fiscal, Departamento de Energía federal, Medicare, SNAP, arbitrio del ron, Trump, Washington. El discurso de autonomía termina revelando precisamente lo contrario: la imposibilidad estructural del proyecto colonial de sostenerse por sí mismo.

Y ahí está la ironía mayor.

El mensaje intenta narrar la madurez fiscal de Puerto Rico mientras confirma, página tras página, la radical imposibilidad de la colonia de existir sin transferencia federal permanente.

La quimera no es simplemente prometer demasiado.

La quimera es hacer pasar la dependencia por soberanía administrativa.

Y quizás por eso el discurso termina funcionando como una gran ficción tranquilizadora para tiempos de agotamiento colectivo. Una ficción donde el país no colapsa sino “avanza”. Donde la Junta no domina sino “certifica”. Donde el turismo no desplaza sino “desarrolla”. Donde los megavatios sustituyen la discusión política. Donde la estadidad aparece como redención metafísica futura mientras el presente continúa organizado por las mismas estructuras coloniales de siempre.

Jenniffer González no ofrece un proyecto de transformación histórica. Ofrece algo mucho más contemporáneo e inquietante. Jenniffer González ofrece la administración emocional de la precariedad.

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