Opinión

La vivienda en los cascos urbanos cuesta: lo caro es no hacerlo

Lee aquí la columna de la presidenta de la Asociación de Constructores de Puerto Rico.

Columnista
Pinsy Rivera Ortiz

Caminar por cualquier casco urbano en Puerto Rico es enfrentarse a una contradicción evidente: abandono y potencial conviven en el mismo espacio. Edificios vacíos, solares en desuso y estructuras deterioradas se levantan en zonas que, paradójicamente, ya cuentan con infraestructura, servicios, actividad económica y una historia urbana consolidada. Esta realidad no solo evidencia un problema, sino también una oportunidad clara: repoblar nuestros centros urbanos puede ser una de las estrategias más efectivas para impulsar un desarrollo más sostenible, dinámico y humano.

Reactivar estos espacios tiene múltiples beneficios. No se trata únicamente de construir viviendas, sino de devolverle vida al comercio local, aumentar la seguridad mediante mayor presencia de residentes, rescatar el patrimonio arquitectónico y detener la pérdida de valor de propiedades. Más importante aún, implica acercar a las personas a sus lugares de trabajo, servicios esenciales y centros educativos, reduciendo la expansión desmedida hacia la periferia y promoviendo un modelo de ciudad más eficiente.

Sin embargo, la realidad es que desarrollar vivienda en los cascos urbanos hoy día es, en muchos casos, un ejercicio de resistencia. A diferencia de los proyectos en terrenos vírgenes, estos desarrollos enfrentan complejidades significativas: limitaciones de espacio, acceso restringido, horarios de trabajo reducidos, necesidad de demoliciones o refuerzos estructurales, infraestructura antigua y retos de estacionamiento. Todo esto encarece el proceso de manera sustancial, al punto de que puede costar entre tres y cuatro veces más que construir fuera del centro urbano.

A estos desafíos se suman los llamados “impact fees” o cargos por impacto. Aunque es razonable que los desarrollos contribuyan al financiamiento de infraestructura pública, resulta contradictorio aplicar estos costos de forma acumulativa en áreas donde ya existe gran parte de esa infraestructura. Lejos de incentivar la inversión, este enfoque termina desplazándola hacia otras zonas, perpetuando el abandono que precisamente se busca corregir.

Ante este panorama, se hace imprescindible una política pública clara, coherente y prioritaria que apueste decididamente por la densificación y rehabilitación urbana. Esto requiere dos elementos fundamentales: incentivos bien diseñados —con criterios definidos, medibles y fiscalmente responsables— y un sistema de permisos que funcione con agilidad, transparencia y coordinación real entre agencias.

La Ley 182-2024 representa un paso en esa dirección, al proponer incentivos contributivos para fomentar la vivienda en centros urbanos. Sin embargo, su implementación se ha visto detenida por preocupaciones fiscales, particularmente sobre el impacto en los ingresos del gobierno. Este escenario refleja una realidad ineludible: en el contexto actual, toda iniciativa debe equilibrar el desarrollo económico con la responsabilidad fiscal.

Por ello, la única ruta viable es la colaboración público-privada. El gobierno debe establecer prioridades claras, simplificar procesos y diseñar incentivos sostenibles. El sector privado, por su parte, debe comprometerse con la ejecución responsable, la calidad y el cumplimiento. Mientras tanto, municipios y agencias deben alinear sus requisitos y cobros con el objetivo común de revitalizar los centros urbanos.

La alternativa —la inacción— no es opción. Cada año que pasa, el deterioro avanza, los costos aumentan y el impacto social se profundiza. Repoblar nuestros cascos urbanos no es solo una aspiración de planificación; es una oportunidad para el futuro del país.

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