Opinión

La ilusión y odisea de mudarse

Lee aquí la columna de la periodista.

columnista
Dennise Y. Pérez

Siempre he pensado que una mudanza es una de las formas más sinceras de enfrentarse a uno mismo. Por ilusión de lo próximo, sí, pero también por la odisea y el revolú que conlleva.

Mudarse comienza a veces con vacilación y preocupación, pero una vez la decisión está tomada, al menos en mi caso, siempre lo asumo con esperanza. Una esperanza casi ingenua. Uno imagina el nuevo lugar como si fuera una versión mejorada de la vida que ya tiene, que si la luz que entra por la ventana será distinta, que si el viento cruzado, que si el espacio en los clósets, que si las mañanas serán más tranquilas, que si la casa estará más ordenada porque seré más organizada, más disciplinada, más minimalista. Como si cambiar de dirección tuviera el poder de corregir pequeños defectos personales de años.

Para mudarse se compran cajas, se hacen listas mentales y uno se convence de que empacar la vida completa es un ejercicio razonable que se puede resolver en un fin de semana. Uno mira los clósets con una mezcla de determinación y entusiasmo, convencido de que esta vez sí, esta vez se hará una limpieza definitiva. Ajá, hasta que empiezas a hacer las cajas. La realidad se encarga de desmentirte de inmediato.

La primera sorpresa de una mudanza es descubrir cuántas cosas acumulamos sin darnos cuenta. Cosas que no recordábamos tener, cosas que en algún momento parecieron imprescindibles, cosas que cogiste en tus manos para evaluar y dijiste, “no, esto se queda”, y después no sabes ni por qué. Cosas que llevan años viviendo escondidas y en silencio en gavetas, esperando por una decisión valiente como la de cualquier relación sentimental, te vas o te quedas.

Ahí empieza la verdadera mudanza, en las gavetas y en los clósets.

Aparecen cables de aparatos que ya no existen, cargadores de teléfonos que pertenecen a otra era tecnológica, controles remotos de televisores que ya no son ni smart. Aparecen también documentos que alguna vez parecieron cruciales y que ahora uno revisa con la sospecha de estar frente a un archivo histórico personal que mezcla nostalgia con basura. Y vuelve uno a meterlo en la caja porque el nivel de desprendimento mudancero es traicionero.

En una mudanza, en la que uno tiene que evaluar cada cosa, cada objeto tiene una historia. Un momento de la vida en el que parecía necesario. En una caja pueden convivir la versión optimista de uno mismo, la versión de que estaba empezando algo nuevo y también la versión que se decidió guardar algo “por si acaso”. Las mudanzas, sin uno proponérselo, obligan a revisar quiénes hemos sido. Dios, y cuánto me ha pasado.

Lo que guardamos habla de nosotros. De nuestras etapas, de nuestras obsesiones momentáneas, de nuestras aspiraciones. En una caja puede aparecer el entusiasmo de una época, el recuerdo de otra y la evidencia silenciosa de proyectos que nunca ocurrieron pero que, por alguna razón, tampoco fuimos capaces de descartar.

Hay momentos en el proceso en que uno se pregunta por qué decidió hacerlo. Cuando la espalda duele y cuando las cajas parecen multiplicarse. En esos momentos la esperanza inicial se convierte en logística. Y la logística, como sabemos, es pocas veces romántica. Es un dolor de cabeza.

Mudarse no es solamente empacar. Es limpiar, clasificar, decidir, cargar, medir, coordinar, desmontar y volver a montar. Es negociar con escaleras imposibles, con cajas que pesan más de lo que uno recordaba haber guardado dentro y con ese cansancio acumulado que aparece justo cuando todavía te falta la mitad.

La mudanza es una especie de maratón emocional, como si hicieras el IronMan- alegría, preparación, entusiasmo, agotamiento, irritación, nostalgia y finalmente resignación. Hay momentos en que uno jura que será la última vez que hace algo así. Momentos en los que uno mira un montón de cajas y piensa que tal vez la vida sería mucho más simple si tuviéramos solo la mitad de las cosas que creemos necesitar.

Pero también hay instantes inesperados y muy emocionales, como cuando aparece una foto olvidada en el fondo de una caja, los bobos de tus sobrinos que en ese momento le estabas escondiendo pero que ahora son un souvenier de emociones. He encontrado cosas y documentos que me han llevado a sentirme orgullosa de mí, y también cosas que descubro en ese momento que ya no tienen ningún poder sobre mí.

Tal vez por eso las mudanzas son tan agotadoras. No solo movemos muebles, mudamos memorias, recuerdos. Cuando finalmente se abre la puerta del nuevo lugar y la primera caja entra, algo cambia otra vez. La esperanza regresa pero también la odisea. Algo no cabe por la puerta, un marco de pared hay que romper, la medida del mueble era incorrecta, no entiendes las llaves del baño, ni las de la casa...

Mudarse es un revolú. Quizás esa es la verdadera promesa de una mudanza. No que la vida será perfecta en el nuevo lugar, ni que todos los problemas se quedarán en la dirección anterior. No cambia con el zipcode. Se trata de la posibilidad de reorganizar la vida, de decidir qué se queda, qué se va y qué todavía tiene sentido cargar con uno.

Mudarse, a pesar del cansancio, de las escaleras infinitas y de las inevitables gavetas llenas de cables misteriosos, siempre tiene una pequeña dosis de esperanza. La esperanza de que, esta vez sí, la vida encuentre un lugar donde acomodarse mejor.

A veces funciona, a veces no.

Tags