Opinión

Un café normal, plis

Lee aquí la columna de la periodista.

columnista
Dennise Y. Pérez

Erase una vez, no tanto atrás, que pedir café era cuestión de dos sílabas. “Ca-fé”. Y lo más complicadito era quizás, ¿negro o con leche? Del azúcar te encargabas tú. Y ya.

Aquello venía en una taza, oscuro como nuestras perspectivas económicas, o con leche, y caliente como el tapón de la Baldorioty a las 5:30 p.m. No había que tomar decisiones. No había que mirarle la cara al cajero con la misma ansiedad con la que uno mira la factura de LUMA.

Pero pedir café en el 2026 es otra cosa. Hoy, ordenar un café es un proceso de admisión universitaria.

Primero te preguntan el tamaño. No es pequeño, mediano o grande. Es tall, grande o venti, que suenan más a modelos de carros europeos que a cantidades de líquido. Luego viene la leche, que si es entera, descremada, sin lactosa, de almendra, de avena, de coco, de macadamia. Básicamente cualquier cosa que usted pueda “ordeñar” sin ir preso.

Después el tipo de grano. Que si arábica, robusta, de tueste medio, oscuro, claro, lavado, honey, natural, fermentado en roble...

¿Caliente o frío? ¿Con espuma? ¿Sin espuma? ¿Doble shot? ¿Triple shot? ¿Orgánico? Y he escuchado a gente decir “sin gluten”. JUM. Y uno allí, en la fila, que lo que quiere es un café negro que le dé una puya en el alma para poder existir. Y esperanzado en que el del frente a uno esté sobreescuchando al del frente suyo para que no tengan que repetirle el menú del café. Pero no. No hay economía de proceso en este caso.

Mientras tanto, el que pidió un “latte de avena con sirop de vainilla sin azúcar, extra caliente pero no tanto, con canela pero sin whip cream”, ya va complicándole la vida a otros. Porque pedir un café negro ahora o cortadito en algunos lados es como pedir un fax. Te miran con pena, como salida de otra galaxia, con nostalgia. Te miran como el que le pides tu email y te da un @hotmail.com.

Que quede claro que yo respeto profundamente al que decide complicarse la vida con dignidad. Al que convierte el café en una experiencia multisensorial, en un ritual, en un acto casi espiritual. Respeto al que estudia la carta como si fuera un tratado filosófico y al que, de paso, trepa la tarjeta con cafecitos de $7.95 más el “upgrade” de leche alternativa y el “add-on” de sirop artesanal. (Que del término “artesanal” hablaremos en la próxima columna.)

Cada cual invierte en lo que le da felicidad. Hay quien compra zapatos, hay quien compra paz mental líquida con espuma artística, pero a mí, por favor, dénme café. Un café que parezca café y que no requiera financiamiento. Como el que me hacía abuela Geña y Titi Carmen, “café nena?” Imagínate yo con tantas especificaciones. A veces he estado en fila y pensando qué diría mi abuela con tanta complicación. Me imagino a abuela pensando en la greca y en la media cuando no había greca.

Los negocios se han reiventado, claro, y la oferta ahora tiene que ser más sofisticada y eso, también es excelente aunque el café tenga arriba un bizcocho de algo impronunciable, que para eso mejor te pides un postre. Para los gustos, los colores. Para mí, un café negro. Y la puya reglamentaria para poder enfrentar el día de un periodista, que la mayoría de la gente no comprendería ni lo duro que es.

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