El niño se ahogó. ¿Y también el sistema?
Lea la columna del periodista Julio Rivera Saniel.
Aún no puedo quitarme de la mente la escena. Ayer en mi programa “Pega’os en la mañana” por Radio Isla 1320 el inspector Ricardo Haddock de la Policía narraba a la audiencia las circunstancias en las que un niño de 4 años murió ahogado en una piscina en una propiedad de alquiler a corto plazo en Patillas. Lo que narraba era desgarrador, desde cualquier ángulo posible. Primero, las circunstancias.
El niño murió ahogado en la piscina de la propiedad. No estaba solo. Según Haddock, murió en presencia de su madre, familiares y allegados que compartían en medio de una fiesta familiar en la piscina. Allí, acompañado por su madre y un grupo de adultos y menores, el menor se habría quitado los flotadores que según la policía utilizaba y, sin que nadie de los que le acompañaban se percatara, se ahogó. Según Haddock, el padre del niño había salido del lugar y al llegar se habría topado con la escena. “La madre no se percata que el niño estaba ahogado en la piscina (…) Estaba con más adultos y mamá. Todos estaban dentro del agua pero no se percataron” explicó. El relato nos hacía concluir que el niño estaba acompañado, pero realmente solo. Pensar que nadie de su entorno se percató de que se ahogaba a pesar de que estaba -según la policía- rodeado de gente, parece insólito. Claro que los accidentes ocurren; seguro que al mejor cazador se le escapa una liebre. Pero ninguno de los cazadores de este cuento, al menos según la investigación de la policía, pudo hacer algo para evitar la tragedia. Ya la Uniformada ha adelantado que el caso está siendo consultado con el Departamento de la Familia ante asomos de negligencia en el contexto de la tragedia. Pero si bien ese ángulo es doloroso, también los son el resto de las circunstancias que han rodeado esta historia. Particularmente la incapacidad del país de proveer espacios de cuidado médico de emergencias para todos, en todas partes de la isla, todo el tiempo.
Según el mismo relato, los familiares cargaron al pequeño, lo subieron a su auto y de inmediato comenzaron una desesperante carrera contra el reloj para conseguir ayuda médica. El primer paso fue el Centro 330 de Patillas. Aunque se supone que su sala de emergencias operara 24 horas, los 7 días de la semana (según el Departamento de Salud) la familia se topó con que el lugar en este caso el más cercano) estaba cerrado. La noticia provocó que la comitiva en busca de ayuda se moviera a Arroyo donde resulta que tampoco había un hospital abierto. El tercer intento les habría llevado a Guayama. Calcule el tiempo. Seguramente la familia del niño y, con ellos, el resto del país, se quedará con la duda de si el niño habría podido ser salvado de haber cerca atención medica de emergencia.
Ya el Departamento de Salud ha adelantado que el hospital de Patillas no tenía permiso para cerrar su sala de emergencias, como lo hizo, a las 11:00 de la noche. La institución habría obtenido un permiso temporero para incumplir con su horario solo hasta el 31 de mayo.
El hecho ha revivido la discusión sobre la ineficiencia de nuestro sistema de salud después de los grandes cambios promovidos por la reforma de salud de la década de 1990. Una reforma herida de muerte desde el saque gracias a la insuficiencia de fondos y que, según la unanimidad de los economistas, ha sido la responsable de dejarnos déficits anuales que rondan los $400 millones desde hace 3 décadas. Pero el problema no se limita a la insuficiencia presupuestaria del modelo salubrista. También, según la posición histórica del Colegio de Médicos, redujo la disponibilidad de CDT en toda la isla, por no hablar de los centros de práctica para futuros médicos.
Tras lo ocurrido bastaba con mirar las redes sociales para constatar denuncias de situaciones similares en el resto del país. La confirmación de que aquello de la salud para todos, todos los días, a toda hora en todo el país es solo una verdad a medias. Lo que lo hace peor es que el escenario de recortes permanentes a nuestro presupuesto no parece dejar a la mano soluciones inmediatas a este problema viejo. ¿Quién fiscaliza la operación de los hospitales? ¿Quién penaliza a una institución que incumple con su horario? ¿Qué consecuencias tiene ese incumplimiento? ¿Nos habríamos enterado (y quienes ya sabían, recordado) de este asunto de no haber sido por esta tragedia familiar? Nuestra memoria colectiva es veces tan corta que solo se reactiva ante la tragedia. Esa es, indudablemente, la tragedia primaria.