De Raymond, caminatas e indiferencia
Lea la columna del periodista Julio Rivera-Saniel.
Este año, como ha sido el caso de todos los años durante más de una década, Raymond Arrieta caminó. Y junto a él decenas, sino cientos de personas que le acompañaron en el camino. Un esfuerzo que, según confesara, se convertiría en más extenuante cada año. Pero esa cruzada tendrá una pausa. De seguro un relevo. Simplemente resulta físicamente imposible y poco responsable con su propia salud seguir realizando ese periplo anual que ha permitido salvar vidas alcanzadas por el cáncer. Y eso -el propósito final del esfuerzo- ha sido probablemente su principal motor. Lo veíamos en cada tramo del camino. Pueblo a pueblo se topaba con los rostros de gratitud de vidas alcanzadas por el resultado directo de esa labor de amor. Adultos –antes niños-. Ahora sanos y agradecidos. Antes enfermos y temerosos; de brazos atados porque la esperanza de estar sanos y vivos dependía de dinero que parecía inalcanzable. De acceso a especialistas cuya puerta sólo se toca con dinero que no tenían disponible. Este año, como de costumbre, el pueblo se conmovió.
Decenas de donativos y más de un millón de dólares han sido el balance que suma a la larga lista de vidas salvadas.
Lo hermoso de esas estampas que han nacido de esa peregrinación anual es incuestionable. De la misma forma que resulta evidente el compromiso de este puertorriqueño con su cruzada auto asumida con el fin de seguir arrancando vidas de las garras del cáncer. Sin embargo, en lo personal todo lo anterior me obliga a una reflexión que siempre termina en la rabia.
La gesta de Raymond deja en evidencia la ineficiencia de nuestro sistema de salud. El nuestro, como el de otros tantos de este lado del mundo que prima el dinero sobre las vidas. Piénselo por un momento. ¿Y si Raymond no hubiese caminado por los pasados 15 años? ¿Y si esos miles de dólares recaudados no se hubieran producido? ¿Y si las vidas impactadas se hubieran quedado sin alternativas? Un sistema de salud que “pesetea” con las vidas y les abandona por no tener recursos a sabiendas que abandonarles terminará casi ineludiblemente en la muerte es, indudablemente, el eco de un sistema poco eficiente. ¿Es realmente necesario que alguien camine y exponga su propia salud para que cientos de personas puedan acceder a tratamientos de calidad que les otorguen una segunda oportunidad de vida? Los testimonios llegan a diario. No solo con los casos de pacientes de cáncer, sino con personas aquejadas por otras condiciones. El sistema no siempre responde. El paciente es sólo un número en una tabla de Excel y su vida es tan valiosa como lo sea en función de una ecuación de ganancias y ahorros. En esa fórmula se pierde. Por ello cientos de ciudadanos tienen que esperar meses para poder acceder a una cita con un especialista y, en muchos casos, cuando finalmente logra una cita resulta ya muy tarde. Por eso a diario pacientes en toda la isla ven como una persona sin conocimiento médico se atreve a retar las determinaciones de tratamiento de los galenos. Ven cómo sus recetas son rechazadas o condicionadas sin razones científicas. La vida de muchos queda atrapada en un mar de documentos y firmas; autorizaciones y trámites burdos, que tienen el único efecto de ganar tiempo para ahorrar dinero y agotar el ánimo –y las vidas- de cientos de pacientes. A Raymond toca agradecerle su estatura moral. Lo que ha hecho por 15 años es indiscutiblemente una labor de amor y desprendimiento como pocas. Pero no es justo ponerle tan pesada carga.
A quienes nos dirigen hay pedirles más. Para empezar, reformas que combatan la indiferencia