Columna de Rafael Lenín López: El plan de Bhatia
“El progreso no se mide cuando los hijos del más pobre puedan ir a la escuela de los más ricos. Progreso es cuando el hijo del más rico prefiera ir a la…
“El progreso no se mide cuando los hijos del más pobre puedan ir a la escuela de los más ricos. Progreso es cuando el hijo del más rico prefiera ir a la escuela pública, a la escuela donde va el hijo del más humilde.”
Esto lo dijo Eduardo Bhatia el 14 de enero de 2013 al jurar como presidente del Senado. En aquel entonces declaró que sería una prioridad para él reorganizar el Departamento de Educación (DE). Y aunque se tardó dos años y medio para atender esa prioridad, está cumpliendo lo que prometió. Sin embargo, creo que las ideas contenidas en la nueva reforma educativa que se propone se quedan cortas y todo termina siendo otra propuesta cosmética que no parece atender los problemas profundos que enfrenta nuestro sistema público de enseñanza.
Coincido con Bhatia y con tantos otros en que el tema de la educación debe ser y ha debido ser primordial en nuestra agenda pública, incluso como eje central de nuestro desarrollo económico. Lamentablemente, no lo ha sido y hoy tenemos ante nosotros un sistema que no parece responder a los tiempos que vivimos. La sensación en la calle es que las escuelas públicas, con casos aislados de algunas con modelos extraordinarios que terminan sirviendo igualmente a élites con palas no son forjadoras de los futuros profesionales y líderes del país. Así que urge hacer algo, y algo grande.
El Proyecto del Senado 1456 contiene datos alarmantes basados en un estudio del Boston Consulting Group. Señala la medida que solo el 42 % de los fondos que se destinan al Departamento de Educación llegan para “gastos de enseñanza” y que la agencia ha recibido en los pasados cinco años $17,700 millones, gastando lo mismo con menos estudiantes en las escuelas.
La propuesta sugiere que las acciones del Estado comiencen a tener consecuencias. Recomienda una reestructuración en la organización administrativa del DE a todos los niveles y abre la puerta para que algunas escuelas se conviertan en “líderes” siendo operadas por entes privados sin fines de lucro.
No es nuevo que empresas privadas asuman la responsabilidad del Gobierno en lo que tiene que ver con la educación. No hablo de las escuelas privadas. Me refiero a modelos exitosos como los de Nuestra Escuela en Caguas con el liderato de Justo Méndez o al recién inaugurado Centro Tau de Ricky Martin en Loíza. También podríamos hablar de los Centros Sor Isolina Ferré, que atienden a desertores escolares. Todos cuentan con la colaboración del Estado en muchos aspectos, incluyendo el monetario.
Así que, por ese lado, desgarrarse las vestiduras porque se hable de alianzas es una reacción exagerada. Ciertamente, la privatización del sistema no es una opción para atender la problemática, de la misma forma en que no ha resuelto las dificultades de otras dependencias que han sido entregadas total o parcialmente al capital.
Me parece también una exageración la oposición a que exista un método uniforme de medición de aprendizaje de nuestros estudiantes y que ello a su vez sea un barómetro para evaluar el desempeño de los maestros.
Las reformas que nada reforman en el Departamento de Educación han ocurrido recurrentemente en nuestra historia. Todos los secretarios vienen con su librito de cómo hacer más eficiente la agencia y de vez en cuando algún gobernador o legislador propone cambios “revolucionarios”, sin que entre cuatrienios haya continuidad en los planes.
No soy pedagogo o producto de la escuela pública, pero soy ciudadano de este país y, afortunadamente, mi trabajo consiste en observarlo diariamente como el científico que mira detenidamente las reacciones del animal que es sometido a medicamentos que pretenden ser cura permanente de las enfermedades humanas.
Creo que este antídoto que propone Bhatia para el letargo que sufre Educación es un buen comienzo. De igual forma lo fue el diálogo sobre un plan decenal. Sin embargo, el problema requiere una cirugía mayor.
El DE necesita una reaparición esperanzadora ante el país como el instrumento para generar una masa de personas pensantes, críticas, cultas y creativas ante los retos colectivos.
El país no solo necesita atender la mediocridad y los problemas de supervisión que impera entre los empleados de esa agencia, sino que se tienen que discutir los currículos, lo que están aprendiendo o dejando de aprender a diario nuestros niños y jóvenes en los salones. ¿Debate el país qué están aprendiendo en ciencias los niños de cuarto grado? No, nos quedamos en la discusión sobre algunos problemas superficiales.
Además, tenemos que cuestionar y reclamar responsabilidad a las universidades que producen maestros y desenmascarar a aquellas fábricas de diplomas que envían a los salones de clases a personas que no saben tan siquiera escribir o hablar correctamente. Las universidades, más allá de oponerse o favorecer el proyecto, tienen que aceptar sus errores y proponer cambios. Es inaceptable decir que la UPR no ha sido exitosa con su escuela laboratorio (la UHS), pero la ha mantenido para un círculo cerrado de la población sin poner el modelo al servicio del país.
Los cambios en el Departamento de Educación no solo deben ser operacionales, sino también filosóficos. Y en ese tono, los sindicatos tienen que dejar los discursos trasnochados de la guerra fría y ser parte de la discusión.
Lamentablemente, la coyuntura en la que surge esta discusión no es la más propensa para que ocurran estos cambios necesarios. Esta administración carece de orden en su agenda de trabajo y de sintonía entre sus más importantes componentes.
El plan de Bhatia propone acentuar las escuelas públicas. Me parece que el acento que propone el Senado solo es el ortográfico, el que se escribe. Necesitamos también el fonético, el que se pronuncia, para que sea un cambio completo. Y sobre todo, poner los acentos donde van y evitar errores pasados imperdonables. Todo depende de la voluntad para ponerlos.

