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title: "Columna de Armando Valdés: La barra del americano"
description: "Nota del autor: Esta es la cuarta entrega de una serie sobre mis impresiones de Cuba durante un viaje reciente al hermano país."
canonical: "https://www.metro.pr/opinion/2015/08/06/columna-armando-valdes-barra-americano"
section: "Opinión"
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author: "Armando Valdés @armandovaldes"
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published: "2015-08-06T03:00:00.000Z"
updated: "2022-02-19T14:33:00.102Z"
publisher: "Metro Puerto Rico"
language: "es"
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# Columna de Armando Valdés: La barra del americano

_Nota del autor: Esta es la cuarta entrega de una serie sobre mis impresiones de Cuba durante un viaje reciente al hermano país._

Por Armando Valdés @armandovaldes · Opinión / Blogs · 2015-08-06T03:00:00.000Z

Sorprendentemente, abrir un negocio en Cuba no aparenta ser excesivamente complicado. Obtener un permiso no es difícil, siempre que la actividad comercial implique la elaboración, confección o ensamblaje de un producto, o la provisión de un servicio. El pago de contribuciones es igualmente sencillo: se paga un porciento fijo sobre la base del ingreso bruto. Con este mínimo de regulaciones el sector privado ha crecido a cerca de medio millón de empresarios cubanos.

Para el inversionista extranjero, no será tan fácil, al menos de acuerdo con los procesos oficiales. El Gobierno requiere que las empresas sean socios del propio Estado, como en el caso de la industria hotelera o, extraoficialmente, de un cubano cuentapropista. Muchos negocios, como un establecimiento nocturno conocido popularmente como la Barra del Americano, que ocupa un espacio en la azotea de un edificio frente a la ahora embajada de Estados Unidos, es técnicamente de un propietario cubano. Su apodo, sin embargo, traiciona la verdad, de todos sabida, que el negocio es de capital extranjero.

Estos arreglos jurídicos aparentan beneficiar, por el momento, a los cubanos que se prestan de testaferros disimulando así la realidad económica. Pero, a su vez, dificultan la inversión directa extranjera, necesaria para que despegue la economía cubana, toda vez que no existen formas de invertir y ser propietario directo del activo —fuente de gran incertidumbre para los inversionistas—.

Todo esto apunta a que, aun cuando hay alguna apertura económica, el Gobierno pretende continuar dirigiendo el desarrollo de esta nueva etapa para la revolución. Prohibir que un privado pueda entrar al mercado de reventa, por ejemplo, tiene uno de varios posibles fines. Algunos arguyen que la ampliación de comercios particulares plantea un reto para el Estado. El Gobierno pierde una herramienta de control que tenía cuando todo cubano trabajaba para el Gobierno y dependía de este para su sustento. Dominar el mercado de reventa le permite al oficialismo controlar a casi todos los cuentapropistas de forma indirecta.
 Por otro lado, podría ser que el Gobierno está buscando la manera de desarrollar una clase empresarial nativa antes de abrir la totalidad de la economía a la competencia. El mercado detallista requiere de contactos en el exterior y de un capital que al presente solo tendrían el propio gobierno o empresas extranjeras. En la medida en que primero florezca un sector privado cubano, se abre la posibilidad de que en algunos años estos empresarios puedan tener suficiente capital para competir como detallistas.

Ciertamente, luego de tantos años bajo el yugo comunista, hace falta el desarrollo de una clase empresarial que pueda ocupar ese espacio. De lo contrario, Cuba cedería todo su mercado de consumidores ávidos a intereses extranjeros. Eventualmente estarán ahí, pero por ahora hace falta establecer un balance. En ausencia del apetito y peritaje empresarial que se dejaron languidecer por cerca de seis décadas, un acercamiento lento y deliberado a la liberalización económica puede ser la mejor alternativa para el pueblo cubano.

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