Columna de Lily García: Sal pa’ fuera

Hace poco tuve la oportunidad de visitar por primera vez la bahía bioluminiscente de Fajardo. Había estado varias veces en la de la Parguera y en una ocasión…

Por Lily García

3 ago 2015, 11:00 pm 2 min de lectura

Hace poco tuve la oportunidad de visitar por primera vez la bahía bioluminiscente de Fajardo.  Había estado varias veces en la de la Parguera y en una ocasión en la de Vieques, pero nunca en Fajardo.  Luego de disfrutar del mágico espectáculo de aquella bahía iluminada y de los peces con su espectáculo de fuegos artificiales cada vez que saltaban, me dediqué a observar el cielo.

Me tiré hacia atrás en el kayak y respiré aquella paz. Venus y Júpiter, entre aquel mar de estrellas, estaban lucíos. De repente las grandes y pequeñas preocupaciones que pude haber tenido en el momento desaparecieron.  Y al ver aquello me sentí, por un lado, diminuta, y, por el otro, enorme.

Diminuta en el sentido de que, a pesar de que nos creemos el centro del universo, no somos más que una minúscula partícula dentro de un cosmos infinito.  Enorme porque reconozco que a la misma vez somos parte de ese cosmos, ya que se dice que todos los seres vivos compartimos material genético con las estrellas, porque nacimos todos de la misma fuente.

La sensación de paz y bienestar que sentí en ese momento se quedó conmigo durante varios días.  Y buscando información acerca del efecto que tiene la naturaleza en nuestros estados de ánimo para mi segmento de los martes en el programa Wapa a las cuatro, me encontré con el concepto desorden del déficit de naturaleza. 

Es un concepto que agrupa las posibles consecuencias físicas, emocionales y sociales de estar desconectados de la vida que nos rodea.  Es obvio que tenemos vida y naturaleza en todo nuestro alrededor todo el tiempo, pero eso no quiere decir que estés necesariamente haciendo contacto con ellas. Están ahí, pero en la mayoría de los casos pasan desapercibidas.

A lo que me refiero es al contacto consciente con la naturaleza, a levantarte de ese sofá o silla del escritorio y caminar, observar, respirar y conectarte con la vida que te rodea. Esta semana hablando con mi hermana que vive en Tampa me dice que desde que llegó allá hace dos semanas, luego de unas vacaciones en Puerto Rico, no ha parado de llover. Es común que allá en los veranos llueva y truene por las tardes, pero no todo el día.  “La gente está hasta deprimida,” me dijo. 

Si bien a nosotros acá en la isla nos hace falta esa lluvia, lo cierto es que el clima que tenemos nos permite  estar cerca de la naturaleza todo el año. Aprovéchalo.  Si sientes hoy que la vida te está aplastando y tu respiración se dificulta, conéctate con esa batería natural y reactiva no solo tus endorfinas, sino también la divinidad en ti.