Columna de Lily García: Dejando ser...

Conversaba el otro día con una amiga acerca de cómo llega un momento en la vida en el cual casi nos convertimos en padres de nuestros padres. Que si citas…

Por Lily García

20 jul 2015, 11:00 pm 2 min de lectura

Conversaba el otro día con una amiga acerca de cómo llega un momento en la vida en el cual casi nos convertimos en padres de nuestros padres. Que si citas médicas, que si medicamentos, que si “cuidado cuando salgas sola,” que si “me llamas cuando llegues.”

Pero un área donde tal vez no pensamos que los roles se pueden revertir es en el área romántica. Sí, los viejos, o “adultos mayores,” que viene siendo el término correcto, se pueden enamorar.  Y recientemente he conocido dos casos bien interesantes que han provocado reacciones totalmente diferentes entre los hijos.

Uno es el de una mujer de setenta y tantos, guapa, independiente y saludable, quien luego de enviudar comenzó una relación de pareja con otro viudo más o menos de su edad. A pesar de que sus hijas viven fuera de Puerto Rico,  y quisieran que su madre se mudara para allá, la mujer insiste en quedarse en la Isla ya que tiene amistades, familia y una vida social muy activa.  Y ahora con el novio nuevo, menos todavía quiere irse.   Su único dolor es que una de sus hijas no acepta esta nueva relación.  La mujer no sabe si la resistencia tiene que ver con el hecho de que la muchacha piense que él es lo que la ata a la Isla, o si más bien le molesta que otro hombre haya ocupado el rol de su papá. 

Lo cierto es que la madre hasta se lo escondió durante  mucho tiempo por miedo a su reacción.  Ahora que salió del “closet” con la relación, la hija se niega a aceptarla, algo que es muy doloroso para su madre.

En el otro casito los protagonistas de la novela son un poco mayores.  Ella tiene ochenta y cuatro y él ochenta y siete.  Se conocieron en la égida donde viven ambos, también viudos.  Ella había pasado por una situación emocional difícil que conllevó decenas de consultas con psicólogos, siquiatras y hasta hospitalizaciones. La mujer había perdido su alegría de vivir, había dejado de guiar y todo le daba miedo. Hasta que llegó él. 

“Ahora mami no para la pata,” me contó una de las hijas.  “Él todavía guía y hasta se van de fin de semana a quedarse en hoteles y paradores”.  Aunque las hijas no dejan de estar pendientes de “mami”, se sienten felices de que esta nueva ilusión le haya devuelto lo que ninguna pastilla le pudo devolver.

Es nuestro deber velar por aquellos que una vez nos cuidaron a nosotros. Pero jamás pretendamos que vivan bajo nuestras reglas.  Ellos se han ganado el derecho de que los dejemos “ser.”  Después de todo, fueron hombres y mujeres antes de ser padres y abuelos.