Opinión: La diáspora y yo

El 1 de marzo de 1997 me fui de Puerto Rico con rumbo a Miami para fijar mi residencia y mis sueños en la Capital del Sol. Sin amigos, ni trabajo, un nivel de…

Por Danixa López @DanixaLopez

6 nov 2014, 11:00 pm 4 min de lectura

El 1 de marzo de 1997 me fui de Puerto Rico con rumbo a Miami para fijar mi residencia y mis sueños en la Capital del Sol. Sin amigos, ni trabajo, un nivel de inglés intermedio y unos pocos ahorros, la cosa no estaría fácil, pero tampoco imposible, pues con cada paso que daba se abría un mundo de posibilidades a mis pies.

Contrario a muchos de los que emigran actualmente, yo tenía un trabajo estable, un diploma de la Universidad de Puerto Rico, un apartamento que podía pagar, etc.- en fin, una vida con posibilidades de éxito. Sin embargo, quería vivir otras experiencias y conocer otro mundo, así que seguí los pasos de mis padres y muchos de mis familiares cuando se “embarcaron” a finales de los 50 y comienzos de los 60.

Aunque emigré antes de que la “cosa se pusiera color de hormiga brava”, pertenezco a esta última ola de emigrantes que ha sido la más grande desde la gran migración que siguió a la Segunda Guerra Mundial. Antes y ahora llevábamos las mismas intenciones: tener una mejor vida y un mejor futuro para
nuestras familias. Como nueva inmigrante opté por otro lugar que no fuera Nueva York y donde empezar una nueva vida pudiera ser viable y menos dura: el clima, el idioma y la cercanía con PR de una manera u otra influyeron en mi decisión, aunque nunca había estado aquí. Miami es una ciudad muy ecléctica donde el español es prácticamente el primer idioma y en mi experiencia, el único lugar de los Estados Unidos donde haces una pregunta en inglés y te responden en español aunque ambas personas sean completamente bilingües.

Cuando llegué, me quedé unos días en la casa de una amiga, a quien por cierto no veía desde la high y era la única persona que conocía en mi nueva ciudad.

De inmediato, comenzó la búsqueda de todo. Con poco dinero y sin trabajo, opté por alquilar un efficiency, esos apartamentitos que están detrás de las casas y que se alquilan más baratos. Pues bien, llegué a la casa y cuando la dueña abrió la puerta me llevé tremendo susto al encontrarme de frente una Santa Bárbara de mi tamaño mirándome fijamente. Demás está decir que mientras la señora me contaba sobre las similitudes de los puertorriqueños y los cubanos, yo rezaba en mi mente tres Ave Marías y me regañaba por no ir a la iglesia más seguido.

Los primeros meses no fueron fáciles… lloré, pensé en irme a otra ciudad, en regresarme, pero el orgullo fue más fuerte. Sentía que si regresaba, estaría aceptando un fracaso y eso no lo iba a permitir. Así que cuando mi hermano vino a visitarme y me trajo dinero que me enviaron mis padres por si quería regresarme, hicimos una gran compra y me prometí que cuando regresara, sería solo de vacaciones. Al poco tiempo, encontré un trabajo en mi área de especialidad y aquellos pasos que había recorrido en el aeropuerto confirmaron que había tomado el camino correcto.

Y aunque no me ha ido mal, siempre se extraña lo de uno. Después que me mudé ya no tomo jugo de china, no como habichuelas, ni uso mahones, pues aquí esas palabras no existen. Ahora tomo jugo de naranja, como frijoles y uso jeans. También extraño el cantar del gallo en la mañana, las guaguas vendiendo viandas en el campo anunciando sus “amarillo, amarillo, amarillo…”

Pero también hay cosas que no extraño para nada como por ejemplo, que no tengo que pasar todo el día en la oficina de un médico haciendo turno y mucho menos en las oficinas del gobierno, ya que prácticamente todas las diligencias se pueden hacer en línea. ¡Ah, tampoco tengo que comprar sellos de rentas internas ni guiar por carreteras llenas de hoyos!

Cuando me fui hace 17 años, el reggaetón seguía siendo underground, la Feria Bacardí seguía siendo uno de los eventos más concurridos, el flamenco no había llegado al que sería su hogar por cinco años en Camuy, y las redes sociales no habían llegado para alivianarnos la nostalgia.

No me arrepiento del camino que recorrí, y que todos los días cientos de puertorriqueños también lo recorren, ya que quiero para mi hijo una mejor educación y mejores servicios de salud, entre otras cosas. Sí, es cierto que me he perdido muchos nacimientos, bautizos, cumpleaños, bodas, velorios,
entierros, huracanes y hasta temblores, pero hay algo que no he perdido y que hoy día le estoy enseñando a mi hijo: el amor y orgullo por la patria. Que no importa a donde la vida nos lleve y el camino que sigamos la patria siempre va con uno, y que día a día hacemos patria caminando, pues caminar no solo significa andar o irse de viaje, también significa dirigirse a un lugar o meta, avanzar hacia él.