Opinión: Lo que me dejó Ana Carmen

Era prima hermana de mi mamá. Se supone que eso la hacía prima segunda mía, pero en realidad la vi siempre como una tía lejana. Falleció la semana pasada a sus…

Por Lily García

20 oct 2014, 11:00 pm 2 min de lectura

Era prima hermana de mi mamá.  Se supone que eso la hacía prima segunda mía, pero en realidad la vi siempre como una tía lejana. Falleció la semana pasada a sus noventa y uno, luego de varios años encamada y unas últimas semanas de intenso dolor físico.  La había visto por última vez hace poco más de un año cuando llevé a mami y a sus dos hermanas a visitarla.  Aun sin poderse levantar, se mostraba feliz y llena de paz.  Fue una conversación animada y alegre, en la que no hubo espacio para la tristeza. 

De pequeña lo que más me llamaba la atención de Ana Carmen eran sus “deditos virados”.  No tenía ni treinta años cuando le diagnosticaron artritis reumatoide, condición que seguramente la llevaría a morir joven.  Eso, por supuesto, nunca ocurrió.  Ella decidió burlarse de los diagnósticos y vivir una vida larga, intensa y feliz.  Pero el diagnóstico de artritis fue solo lo primera de muchas e intensas pérdidas que sufriría mi tía. 

Yo sabía que la vida había sido dura para Ana Carmen, pero no fue hasta escuchar a mi primo Eduardo, su hijo, hablar luego de la misa con la cual fue despedida que descubrí la intensidad con la cual llegaron esos golpes.  En diez años esa mujer perdió lo que a otros les puede tomar una vida entera perder.  

El primero en morir fue su esposo de forma repentina.  A esa muerte le siguió la de su madre. Y antes de que terminara la década, vio morir a tres de sus cuatro hijos.  ¿Cómo es posible perder tanto en tan poco tiempo y encontrar una razón para vivir?  Sé que es posible porque ella lo hizo.  Con  esas manitas frágiles deformadas por la artritis escogió agarrarse de la vida.  Seguramente pensando lo que piensan siempre las personas de fe inquebrantable: “Si Dios quiere que siga aquí a pesar de todo esto, es que me queda algo por hacer”. 

Vivió porque entendió que tenía un propósito más allá del dolor.  Vivió y fue feliz porque escogió repartir entre los que se quedaron el amor que había tenido para los que se fueron. Pudo haberse dejado consumir por la pena, pero escogió ser sobreviviente y enfocarse en lo que todavía tenía en vez de en aquello que había perdido.  Escuchar el recuento de su vida me hizo quererla y respetarla todavía más.

De ahora en adelante, cada vez que me sienta tentada a quejarme por algo que me duela o me pueda estar robando la paz, procuraré visualizar a mi tía Ana Carmen siendo feliz porque sí, porque sencillamente le dio la gana de serlo a pesar de todo.