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title: "Opinión: “Una porquería de País”"
description: "La mitad del país está escandalizado y otro grupo —probablemente la otra mitad— se expresa a favor. Me refiero al caso de la doctora del hospital de Bayamón…"
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section: "Opinión"
subsection: "Blogs"
author: "Rafael Lenín López @LeninPR"
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published: "2014-08-21T04:00:00.000Z"
updated: "2022-02-21T12:31:35.080Z"
publisher: "Metro Puerto Rico"
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# Opinión: “Una porquería de País”

_La mitad del país está escandalizado y otro grupo —probablemente la otra mitad— se expresa a favor. Me refiero al caso de la doctora del hospital de Bayamón…_

Por Rafael Lenín López @LeninPR · Opinión / Blogs · 2014-08-21T04:00:00.000Z

La mitad del país está escandalizado y otro grupo —probablemente la otra mitad— se expresa a favor. Me refiero al caso de la doctora del hospital de Bayamón dejada sin empleo por el Estado tras llamar “ignorante” a la impaciente clientela que, con tarjeta de la reforma de salud en mano, esperaba por atención en una sala de emergencias.

De entrada, la forma en la que se dirigió esta “profesional” a un grupo de ciudadanos que necesitaban de sus servicios merece rechazo, sin que importe si hubo un detonante que no muestra el video, como se ha esbozado para dar el beneficio de la duda. Este no es el caso de la típica servidora pública cuyo comportamiento tiene el único efecto de posponer un trámite ante una agencia, como lo sería pagar una multa de tránsito. Se trata de una funcionaria contratada para curar enfermos, con el poder que le da una formación científica. Se trata de una empleada que, en esas circunstancias, se le confía la vida misma. Y por ser su clientela una que, a mayor o menor grado, no se siente bien de salud o lleva a algún familiar con alguna condición, es que se requiere de una tolerancia extraordinaria al momento de tratarla.

Planteado eso, tengo que señalar que resulta alarmante cómo las clases sociales están —cada vez más— enfrentadas en nuestro país, particularmente la media y la baja. Ver a la mujer de bata blanca haciendo alardes de sus estudios en el Recinto de Ciencias Médicas, del pago de sus contribuciones y de que lee los periódicos mientras los otros escuchan a Daddy Yankee, lo que, a su juicio, es sinónimo de poca cultura e ignorancia mientras, al otro lado, el pobre desenfunda su teléfono celular para reportar el abuso es una escena que no está muy lejos de lo que hoy se vive en Missouri y que observamos desde nuestra imaginaria butaca del primer mundo como una lucha lejana y superada.

Los economistas y sociólogos han dicho que la lucha de clases es producto de la precaria situación económica. Tenemos, por un lado, un sector de la población castigado a vivir en la marginación, al tiempo que recibe a diario inivtaciones a superarse, como si se tratara de un boleto a la felicidad que se vende muy barato y que por capricho no se quiere comprar. De hecho, me parece un cinismo esa manía que tenemos con frecuencia desde los medios y que tienen muchos burócratas de restregarle a ese sector los casos del doctor, del científico o del ingeniero que “logró” salir del caserío y ser hoy quien es.

Por el otro lado, tenemos a la clase media —cada vez más baja que media— que lucha contra todos los obstáculos habidos para mantenerse a flote, sabiendo que es más probable “bajar” de categoría socioeconómica que convertirse en el nuevo millonario del vecindario, a menos que no se pegue en la Loto. Es ese ciudadano, cuya familia tuvo a duras penas los recursos económicos para proveerle de otra experiencia de vida y que hoy —con dos o tres empleos— pretende hacer lo mismo para los suyos. En ese grupo probablemente está la doctora Ortiz, quien canalizó su frustración equivocadamente.

¿Contra quién es la frustración? Me parece que es, de unos y otros, contra el Estado, ese árbitro silente que hace muy poco por los dos. A la clase “baja” no se le ofrecen opciones reales de desarrollo económico ni se supervisan las ayudas que se le brindan. A la clase “media” se le ahoga con impuestos y aumentos de costos en todos los niveles.

Ante ello, la lucha para que la calidad de vida de todos mejore requiere una sola cosa: una gran dosis de solidaridad. Solo así comprenderemos las necesidades y los sacrificios de unos y otros. Por ejemplo, nuestro país no puede tolerar en estos días tener mil maestros menos en sus salones de clases y tampoco niños necesitados de atención especial en sus casas esperando por la sensibilidad de alguna figura en el poder.

Con esa gran dosis de solidaridad pasaremos de los cuestionamientos entre nosotros y pasaremos a la comprensión y, de ahí, a un esfuerzo realmente colectivo para dejar de ser, como muy mal dijo la doctora, una porquería de país.

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