Opinión: Señora Iglesia: se le va la vida
Resulta inevitable. En esta occasión, como pocas veces antes, la Semana Santa está matizada con un fuerte olor a controversia, sobre todo en el caso de la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Sobre esos últimos cuatro puntos no hay mucho que debatir. Aunque sobre lo primero, aquello de la “santidad”, existe más de una duda. Y razones no han faltado. La principal de ellas, el manejo nebuloso de los casos de alegado abuso sexual por parte de sacerdotes. Ese mal manejo, sin embargo, no es de hechura local. Es solo una extensión de la política de secretividad que ha reinado en el Vaticano históricamente. Para el alto liderato de la Iglesia, la lógica parecía ser dictada por eso de que “en boca cerrada no entran moscas”. Solo que, en este caso, el mundo no parece haber comprado la idea y ha respondido con aquello de que “el que calla otorga”.
Es por ello —y por mucho más— que la Iglesia debe aprovechar como nunca antes esta coyuntura para meditar y actuar sobre su propia realidad. Antes dejo claro que, aunque estas líneas tienen como protagonista al mundo católico, el resto del mundo cristiano tiene su propia lista de asuntos pendientes a los que debe echar mano por razones similares a las que aquí expondré.
Para empezar, el catolicismo debe desprenderse de ese manto de arcaísmo que permea en gran parte de sus procesos. Tal vez el primer paso deba ser que el liderato de la Iglesia continúe el aparente camino de reestructuración de sus procesos internos ejemplificados en el nuevo papa y su persona pública, una ruta en la que la apertura y la transparencia (gradual, claro está) comienza a sustituir la secretividad medieval asociada a las decisiones y acciones de la Iglesia. En el caso particular de las acusaciones de abuso sexual, tal vez ha llegado el momento de dejar que sea la justicia terrenal y no la de la Iglesia (cuyos procesos decisionales son un gran misterio) la que decida cómo y cuándo actuar.
Pero apartándonos por un momento del asunto de las acusaciones de abuso sexual (mal que no es exclusivo del mundo católico), las reformas de la iglesia deben ser más abarcadoras. En ellas sería deseable incluir la eliminación total de limitaciones internas que no tienen base racional o dogmática y que con su existencia solo consiguen que la opinión de muchos les lleve a sentenciar a la Iglesia como anticuada, inamovible y machista.
¿Por qué una mujer no puede ser sacerdote? ¿Es la mujer menos que el hombre en el mundo católico? La prevalencia de la prohibición a las mujeres parecería confirmarlo.
Y ya que estamos en las de reformar, ¿por qué no aprovechar la coyuntura para repensar la práctica del celibato? La razón nos dice que no existe ningún argumento válido —no caprichoso— para insistir en su continuación, sobre todo al reconocer que esa práctica no es un mandato bíblico o dogma del cristianismo, sino una costumbre que no existió durante los primeros mil años de la Iglesia.
En la revaluación de estas prácticas se le va la vida a la Iglesia católica. De esta prueba histórica estoy seguro que dependerá en gran medida su continuidad como ente relevante en el mundo moderno. Los ciudadanos esperan más de su iglesia, pero habrá que ver si su liderato está o no a la altura de esas expectativas.
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