Opinión: Caldero: suerte (pero no es suficiente)

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

7 abr 2014, 11:00 pm 3 min de lectura

Y aquí vamos otra vez. Esta pasada semana dejó un fuerte tufo a déjà vu. Ya hemos visto esta historia en múltiples versiones. Se fue Pedro Toledo y llegó Figueroa Sancha. Salió Figueroa Sancha y más tarde llegó Pesquera. Y luego Tuller. Y ahora Caldero. Podemos utilizar estas líneas para hacer un recuento exhaustivo de sus méritos y defectos. De sus aciertos y sus errores. Pero ese no es el caso. También podría dedicar estas líneas a hablar sobre el designado, los endosos y ataques que ha recibido en las últimas horas. Pero hacerlo no nos lleva a ningún lugar. Claro que la persona que ocupe la máxima posición de liderato de la Policía de Puerto Rico debe tener las virtudes esperadas. Preparación, liderazgo, sentido común y un fino balance entre carácter y la sensibilidad requerida para trabajar con el cumplimiento de las leyes, mientras se observa el esperado respeto a los derechos humanos y civiles. El país y, en último caso, los senadores deberán evaluar al designado en búsqueda de esas virtudes.

Pero cada nueva designación de un jefe de la Policía revive las esperanzas de los ciudadanos de encontrar la llave del éxito. Algo así como una fórmula mágica que devuelva la paz a las calles. Esta ocasión no es la excepción. Todos, ciudadanos y los responsables de crear opinión pública, parecen caer seducidos en el tipo de discusión que limita al súper y su plan anti el éxito o el fracaso de la lucha contra el crimen. Y precisamente ahí es que está el problema. Al mirar nuestra historia reciente, busco el milagro y no lo encuentro. ¿Con cuál de los últimos 10 superintendentes el país ha vivido una reducción consistente en la incidencia criminal? Claro. La respuesta es con ninguno. Y la razón no puede ser que todos los nombrados son funcionarios ineptos o poco preparados para ejercer eficientemente las funciones del cargo. Afirmar tal cosa sería lo mismo que decir que el país no produce funcionarios capacitados. El problema es aún mayor y no parece que seamos capaces de reconocerlo. El problema no son los superintendentes, sino la política pública y su fallido acercamiento al problema del crimen.

A pesar de décadas de tropezar con la misma piedra, en un colectivo ejercicio de masoquismo insistimos en estrategias caducas esperando que la gracia divina consiga traernos los resultados esperados. Estamos equivocados. Muy poco podrá hacer el nuevo jefe de la Policía o el mejor de sus 27 sucesores si no se busca una redefinición de la lucha anticrimen.

En días recientes entrevistaba a la exgobernadora Sila Calderón. Con su administración usted puede estar o no de acuerdo, pero la señora dio en el clavo. La desigualdad es la raíz del crimen. Y eso, señores, es un hecho aquí y en la China.

Un país en el que más del 50 % de la población vive bajo los niveles de pobreza está muy lejos de poder ser eficaz en la lucha contra el crimen.

Un país que no ataca la falta de equidad, que falla en preparar a sus ciudadanos con las herramientas que la calle requiere para ser un ciudadano productivo…, que hace poco por combatir la raíz de la dependencia y no batalla por inyectar al país con una fuerte dosis de autoestima para combatir el discurso derrotista, está destinado a tropezar una y otra vez con la piedra del fracaso.

Y si a eso añadimos que en demasiadas ocasiones la mojigatería se impone a la razón en la discusión de asuntos como la despenalización y alternativas probadas con éxito medible en otras jurisdicciones tenemos la perfecta receta del imbécil que espera cambios, pero se niega a lanzarse a buscarlos. Así que mientras llega un verdadero cambio en política pública, solo nos queda apelar a la buena suerte y rezarle al dios de su predilección. Tal vez el milagro llegue. Entre tanto, un par de deseos: a Caldero, mucha suerte; a los encargados de dirigir nuestra política pública, sabiduría, mucha sabiduría.

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