Opinión: Vago #1 y Vago #2
A veces me pregunto qué hacen los vagos mientras uno trabaja. Fantaseo todo el tiempo en que me meto en la cabeza de uno de ellos a observar qué le pasa por la mente, en qué piensa, cuáles son sus preocupaciones o si tienen algunas.
Y la respuesta no es tan fácil.
De camino al trabajo tengo que pasar todos los días por una casita en la que siempre hay un hombre sin camisa sentado en el balcón. Todos los días de Dios, incluyendo sábados y domingos. Desconozco la razón por la que siempre está ahí sentado. A veces lo veo parado, pero debajo del mismo marco de la estructura. Es un hombre de algunos 50 años, no más de eso. No parece enfermo, al menos a simple vista. Sabe Dios si tiene la gran razón de salud para nunca hacer nada. Puede ser. Es más, quiero pensar que siempre está ahí porque está incapacitado. Prefiero pensar eso a pensar que está ahí por vago.
En momentos de tanta dificultad económica es cierto que mucha gente ha sido empujada a formar parte de las estadísticas del desempleo. Pero una cosa es estar desempleado, y otra muy distinta es ser vago.
Para ser vago hay que cumplir con varios requisitos. Primero que nada, hay que contar con la capacidad física de poder trabajar. Es decir, un vago es un ser humano generalmente saludable al que básicamente no le da la gana de dar un tajo ni en defensa propia. Puede, pero no quiere.
Algunos dicen que la vagancia es una enfermedad. Yo me inclino a pensar que es un delito. Y también pecado.
Porque hay que ser bien bandido para ver con tranquilidad cómo se nos va transformando la Isla de un lugar paradisiaco a un lugar sin esperanzas y no estar dispuesto a doblar el lomo.
Y como la falta de caridad es pecado, pues el vago es pecador dos veces. Hay que ser bien falto de valores para ver cómo el resto de la gente a tu lado se faja por hacer de la Isla un lugar mejor para todos. Y ese “todos”, ojo, incluye al vago. Porque el trabajador, además de doblar el lomo, pasa tiempo pensando en el sentido de “comunidad”. Es decir, pasa trabajo hasta pensando cómo puede hacerle la vida mejor al vago.
El vago no. El vago espera que le den y lo único que da a cambio es quitarte oxígeno… y energías.
Ser vago es, además, una gran falta de respeto y una gran desconsideración. Porque mientras el vago se rasca el ombligo hay miles de personas siendo útiles, sirviendo pa algo y sacrificando tiempo.
A todos nos gusta de vez en cuando tener tiempo para rascarnos el ombligo. A todos nos gusta de vez en cuando sentarnos frente al televisor a ver ñoñerías de esas apaga-cerebros. A todos nos gusta de vez en cuando mirar pa’l techo. Pero es de vez en cuando, my friend, no la vida entera. Es más. Cuando uno no es vago, ve esos momentos de “de vez en cuando” hasta con cierta culpa. Porque el sentido de responsabilidad que a uno le inculcan desde chiquito es como una conciencia endemoniada a las tres de la madrugada. Te ataca sin piedad.
Pero el vago, además de no tener consideración, tampoco siente culpa. Así que todo bien con ser parásito. Su única tarea es chupar y chupar.
Y ojo. Ser vago no es igual a recibir beneficios gubernamentales. Porque hay quienes por ser vagos le han dado una mala reputación a esos beneficios, que existen para atender necesidades específicas. No todo el que recibe PAN es vago, por ejemplo. Pero de seguro todos los vagos reciben PAN. Y ahí nace el estigma.
Si hay una clase de persona que no va a lograr consideración alguna de mi parte es un vago. Créanme que los huelo a una milla de distancia. Y no les río las gracias. Porque a mí, que me tengo que fastidiar, nadie me las ríe. La gente trabajadora, la gente que aporta, no puede darse el lujo de ir por la vida haciendo de parásito ni de andar con llantos ni quejaderas.
Cada vez que veo a alguien quejarse de lo mucho que trabaja me da urticaria.
Y acabo de descubrir que ya en el balcón del hombre que les conté hay un descamisado más. Este descamisado es bastante más joven. Y me pregunto si vago #2 fue criado por vago #1. Si es así, pronto habrá un vago #3 y un vago #4.
Se multiplicarán como gremlins. Y nos llevó quien nos trajo.
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