Opinión: El videíto, los policías y sus retozos
Cuando uno creía haberlo visto todo, descubre que simplemente ha estado equivocado. Esta vez, el elemento sorpresa llegó en forma de un video amateur grabado con un teléfono y subido a la plataforma WhatsApp. Una fantasía sexy-tecnológica para cualquier teckie no por su contenido, sino por el contexto. Vea el panorama: dos personas se conocen en una red de citas en Internet, inician una relación, tienen sexo; uno de ellos lo graba y lo sube con un móvil inteligente —movida poco inteligente sin duda— a una aplicación de mensajería multiplataforma.
En el video los protagonistas eran dos: una mujer vestida de policía y un hombre, también policía. ¿El escenario? Más inadecuado es casi imposible: una oficina de un edificio adjunto al mismísimo Palacio de Gobierno. Lo que muestra el video no es algo extraño en la vida de miles de parejas. Sin embargo, por alguna razón, ver el video en tales circunstancias ocasionó el equivalente a una carcajada colectiva o una masiva risita nerviosa, una especie de ruborización y bochorno general, como el de aquel que ve sin querer a sus vecinos desnudos. Una reacción, en mi opinión, que esconde altas dosis de hipocresía y que reconfirma grandes rezagos en el acercamiento a la sexualidad como hecho natural. ¿O es que acaso el país descubre el sexo oral gracias al video en cuestión? Seguro que la respuesta a la pregunta es un obvio “no”.
Sin embargo, algo que aún me sigue llamando la atención hoy es el hecho de que la víctima de la ira colectiva, la burla y el bochorno en este caso ha sido solo uno de los dos protagonistas del video. Porque, claro, practicar sexo no es cosa de uno, sino de dos. A pesar de ello, ha sido la agente —la mujer— el motor que ha encendido las burlas, el objeto de la culpa colectiva e incluso de ataques sobre su “ausencia de moral”, y no por practicar sexo con un hombre casado, sino por practicar “ese tipo de sexo”. A pesar de ser un asunto de dos, el hombre sale de la ecuación limpio e incluso inmune a la ristra de chistes e insultos. Para algunos se trata incluso de un machote que se fue de cacería y, luego, exhibió la presa en público en busca de un aplauso general. Y el asunto es que parece haberlo conseguido.
Pero algo que me sorprende aún más ha sido el saber que muchos de los insultos y cuestionamientos a la mujer vienen —mire usted— de boca de otras mujeres, quienes cuestionan la dignidad de la agente. Esta es una confirmación de que para combatir la falta de equidad entre hombres y mujeres, los grupos feministas tienen mucho que hacer no solo para atender los prejuicios de hombres, sino de mujeres.
Así que el videíto, los policías y sus retozos en plena oficina de gobierno han dejado al descubierto un par de asuntos. Y no hablo del obvio mal uso de instalaciones oficiales para satisfaser ardores pasionales. Me refiero a la confirmación de los profundos tabúes que sobre el tema del sexo vive el país y, en segundo término, las muy arraigadas nociones sobre el rol de la mujer en el sexo con respecto a su contraparte masculina, esas que nos dicen que la mujer es posesión y no igual, esas que insisten en que pensemos que deben sentir vergüenza en el disfrute de los placeres del cuerpo y que admiten como bueno que, si el hombre logra intimar, debe exhibir la evidencia como trofeo que refuerce su rol de machote viril.
En esto del sexo, la lucha de roles y el respeto a la dignidad del prójimo todavía hay mucho que aprender, señores, mucho.
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