Opinión: ¡El diablo se fue y nos dejó la deuda!
“A nadie le amarga un dulce”, dice un viejo dicho popular. Eso, como norma general, es cierto. El problema surge cuando el dulce se ha comprado bajo engaños, promesas demagógicas y trae como resultado un alto costo.
De esos dulces conocemos muchos. Y probablemente usted que lee los ha comprado con su voto. Se trata de las compensaciones históricamente prometidas por los aspirantes a cargos públicos, exigidas por los sindicatos y concedidas en muchos de los casos de manera irresponsable por nuestros gobernantes. El caso mas notorio ha sido el de los bonos, esos que comenzaron siendo solo de Navidad y que terminaron bonificando a toda criatura y evento bajo el sol. El espíritu navideño y la buena voluntad del Estado como patrono altruista justificaba la otorgación de un bono de Navidad, concesión que, en honor a la verdad, no es la norma, sino la excepción en el resto del mundo laboral, particularmente en el mundo privado. Pero la necesidad de conseguir votos llevó a los aspirantes a dirigir los destinos del país a prometer. Y, como la norma en el mundillo político ha sido dirigida por aquello de que “la última la paga el diablo”, todos prometieron. Nuestra clase política parecía apostar a la creación de un esquema de compensación que se anclaba en las estaciones del año. Una lógica aplastante lo justificaba. Es decir, si se daba una bonificación en la Navidad, ¿por qué no bonificar también en el verano? Y ya que estábamos en ello, ¿qué tal si bonificamos por el Día de la Madre o incluso bonificar a los trabajadores que trabajan? Tal vez —parecían pensar— premiamos la falta de productividad de gerenciales que mantienen en la quilla las agencias y corporaciones públicas con bonos de productividad. Y si nos ponemos creativos, ¿qué tal si bonificamos en la primavera y el otoño? Lógico, ¿verdad? Sobre todo porque, para quien legisló, el asunto era un win win situation en el que ganaba votos y con ello un cargo público pagado con fondos públicos. Sus finanzas no se afectarían con las promesas. Lo harían las finanzas del país.
El elector se sumó al jueguito demagógico votando siempre por el que más prometía. Ninguna promesa era lo suficientemente descabellada si suponía más dinero para el bolsillo. En el juego que todos jugamos no importaban las finanzas del Estado o la insuficiencia de fondos. Tampoco importaba pagar con dinero no recurrente gastos a todas luces recurrentes. Después de todo, si faltaba dinero, ¿para qué están los préstamos y las emisiones de bonos? ¿O es que acaso no se supone que la última la paga el diablo?
¡Sorpresa! El diablo huyó a la hora de pagar el resultado de nuestra conducta irresponsable. Y, en definitiva, nos quedamos solos en un juego que habíamos creído ganar, con una deuda que habíamos creído seríamos capaces de pagar, ahora a un precio demasiado alto.
Por eso, aun cuando duela, aun cuando los sindicatos reclamen que se trata de derechos adquiridos, aun cuando los gerenciales nombrados por las administraciones de turno reclamen bonos de productividad mientras sus agencias y corporaciones se caen en pedazos por la improductividad, aun con todo lo anterior, el país debe declarar inmunidad al discurso demagógico y descubrir de una vez y por todas que hemos estado jugando al primer mundo cuando somos un nación tercermundista en toda regla.
La fórmula para reparar el daño que se ha hecho a nuestras finanzas seguramente será compleja. Lo que es sencillo es admitir que hemos estado viviendo por encima de nuestra realidad fiscal. Y duélale a quien le duela, es momento de eliminar o revisar estas y otras concesiones. Es sencillo: no podemos gastar el dinero que no tenemos. Y punto.
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