Opinión: Cuando el violador viste sotana
Los casos de pederastia —o pedofilia— son un asco. Cualquier caso que involucre el abuso del poder —de cualquier naturaleza-— sobre un menor de edad, es abominable, asqueroso y condenable. Pero no solamente es pecado. Es un crimen. Por tanto, es delito. Y me atrevo a decir que, en el caso de los sacerdotes pederastas, es doble delito.
En toda esta discusión suscitada ante el resurgir de las denuncias de que la Iglesia católica institucionalmente ha negociado y encubierto casos de abuso sexual contra menores, tengo sentimientos encontrados. Como ciudadana de ley y orden, exijo que se procesen los casos con todo el rigor de la justicia y, como bautizada católica y practicante, también.
La Iglesia católica no es perfecta. Ninguna institución lo es, porque su composición es humana. Pero el supuesto derecho canónico no puede ser utilizado como subterfugio para no llevar al pecador y delincuente hasta las últimas consecuencias de la ley civil. La justicia divina es importante, pero la justicia terrenal también lo es.
No he podido comprender aún cómo es que sancionar al sacerdote con expulsión de la Iglesia o con una reubicación de parroquia es suficiente castigo. Esa es la sanción más tonta y más humillante que puede haber contra el agredido, pero también contra la sociedad en general. Es un insulto grave. Si fue tan delincuente como para llegar a ese punto, no puede salir de la Iglesia caminando, sí, con la cabeza baja, pero libre, sin escarnio público ni celdas que completen su círculo criminal.
En el caso de un pederasta cualquiera, el escarnio y la prisión representan su mayor posibilidad de arrepentimiento y enmienda. En el caso de un sacerdote pederasta, que solo sienta pena y cargo de conciencia no es suficiente.
Piense en la autoridad y en el manto especial que da una sotana. Es casi como ver a un juez vistiendo la toga o a un policía en uniforme. En los tres casos hay un aura de respetabilidad impresionante. Y tanto el que deshonra la toga como el que deshonra la sotana debe ser sancionado por el delito y por violar la confianza. En estos casos, el hábito sí hace al monje.
Estamos viviendo momentos duros como sociedad. Estamos viviendo una crisis de fe importante. Y no me meto en los valores porque cada cual tiene los propios. Nuestra iglesia está llamada a reforzar esa fe, no a acabar de matarla. Es injustificable que pretenda que le apliquen una regla diferente cuando el violador viste sotana.
Fui criada dentro de la Iglesia católica. Tengo conocidos y grandes amigos religiosos. Tengo varios amigos sacerdotes también, a quienes amo y respeto. Sobre todo en estos días rezo por ellos. Para que no tengan que sufrir el escarnio ni la culpa que no les corresponde. Porque por culpa del encubrimiento y del tajureo con los casos de abuso contra menores, admítalo, usted ve un cura con cuello eclesiástico o con sotana y se impresiona.
Y la culpa es del encubrimiento. Por eso insisto en que el interés fundamental de que los casos salgan a la luz pública debe ser de la Iglesia católica como institución. Porque hay varias cosas que me quedan claras en toda esta controversia: uno, que abusar de un menor es asqueroso; dos, que abusar en sotana es doblemente asqueroso, y tres y no menos importante, que dos o tres pederastas no representan mi iglesia, por lo que es brutalmente injusto que todo el que camine con sotana cargue con el estigma, el carimbo, y la duda.
Ese silencio en protección de algunos no es justo para los más, que son verdaderos pastores sacrificados.
De este tipo de situaciones se valen también personas que de todos modos van a atacar a la Iglesia. Esos no me interesan tanto porque la van a atacar con razón o sin ella. Y cuando el ataque parte del odio, la falta de misericordia es clara. Nos pasamos toda la vida culpando a la Iglesia porque es más fácil que culparnos a nosotros mismos.
Pero, de nuevo, ocultar y encubrir estos casos solo ayuda al delincuente y afecta irreparablemente a la víctima, a la sociedad y a la Iglesia. Como periodista y como consultora de prensa, siempre he dicho que el mejor antiséptico es la verdad. Como católica y como creyente, siempre me inculcaron algo que para la Iglesia debería regir hoy más que nunca. Bien lo dice el Evangelio según San Juan: “La verdad os hará libres”.
¡Hablen!
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