Opinión: Vanidosas, egoístas y malagradecidas
Un mensaje de texto de uno de mis compañeros de trabajo me alertó de que habían cerrado la clínica donde aquella chica hermosa que no conocí murió. Beverly Ann, de 28 años, falleció en un quirófano que de seguro no tiene un indicio de lo que deberían aprobar las autoridades sanitarias. Era bella, pero quería ser perfecta, y su obsesión la llevó a la tumba.
Lamentablemente, escogió mal y se dejó llevar por ofertas absurdas de la Internet y los cuentos que repetían supuestas amigas. Ahora, que me digan esas amiguitas quién de ellas va a consolar a una madre que perdió a su única hija y a una niña de cuatro años que se quedó sin su mamá. Para colmo de males, es poco probable, por no decir imposible, que la justicia prevalezca en este caso y pueda resarcir el dolor con una demanda en República Dominicana. La familia de Beverly Ann en Barranquitas decidió contarme esa triste historia y tener la certeza de que fuera difundida en Puerto Rico y Estados Unidos, y así lo hice.
Otros colegas también la contaron atraídos por la desgarradora noticia que pareció resurgir a los despiadados médicos Contreras de Santo Domingo. El valor de la noticia cobró relevancia cuando esa divulgación de la historia de Beverly Ann logró que el Ministerio de Salud de República Dominicana tomara medidas contra la Clínica Vista del Jardín, donde el doctor Guillermo Lorenzo Ortiz esculpía cuerpos, entre ellos el de Beverly Ann.
Para un periodista es muy gratificante que su cubierta mueva masas y procure un resultado social. Aunque con la determinación del Ministerio de Salud no se puede regresar a Beverly Ann, sí me complace que sirva la historia para educar a las decenas de mujeres que en estos tiempos en los que se supone puedan acceder a tanta información opten por caer en trampas que le cuestan la vida. En medio de la tragedia la familia de Beverly Ann entiende que está cumpliendo un fin social por alertar sobre lo que ocurre detrás de esas cortinas donde decenas de mujeres ofrecen sus cuerpos en bandeja de plata a clínicas que no están acreditadas. La llamada de la familia de Beverly Ann no falló y la voz de agradecimiento tampoco. Esas voces iluminan nuestro entendimiento periodístico, nos hacen más fuertes, combaten la simpleza de otras noticias sin contenido y, sobre todo, ayudan a recordarnos que uno de nuestros deberes es ayudar a los demás. Tenemos que comprender que todo aquello que afecta al ser humano es noticia y que nosotros podemos impulsar movimientos de concienciación.
Consternada por el fallecimiento de Beverly Ann me llamó otra mujer profesional de 39 años. Desde hace poco menos de seis meses, vive la peor de las pesadillas al enterarse de que su vida pende de un hilo debido a una infección contraída por la bacteria Mycobacterium abscessus. Se operó en otra clínica de la Republica Dominicana y al igual que Beverly Ann confió y no pensó en riesgos. Me reservo su nombre porque ella me lo pidió y hay que ser leal. Ella no puede creer cómo su ignorancia la llevó a esa casa donde operaban sin tomar medidas sanitarias y cómo permitió que la cirujana hiciera con su cuerpo lo que le dio la gana. Esa falta de discernimiento le está costando su vida. Ni siquiera puede pagar los antibióticos que cuestan miles de dólares para poder sanar. De una cuenta de seis mil dólares que pagó por la llamada cirugía plástica ahora tendrá que desembolsar más de 28,000 dólares sin contar con la reconstrucción. El día que la conocí tenía un andar despacito recién le habían succionado varias cavidades en espalda, busto y abdomen que estaban atestadas de secreciones. Su cuerpo que era bello está mutilado. Hasta le desaparecieron las cicatrices que orgullosa tenía en el vientre por las cesáreas de sus hijas. Todos los días la infección le explota en un saco de secreción por alguna parte de su cuerpo. Debido a la gravedad no se le puede administrar anestesia, por lo que esta mujer tolera con lágrimas de sudor y sangre todas las intervenciones quirúrgicas a sangre fría.
A esa mujer de rostro hermoso le pregunté en la soledad de un frío y solitario estudio de televisión: “¿Valió la pena esa obsesión por ser más bonita?”. Me miró fijamente y me dijo: “Esto nos ha pasado por ser vanidosas, egoístas y malagradecidas”.
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