Opinión: Arango: ¿Sin la soga y sin la cabra?

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

10 mar 2014, 11:00 pm 5 min de lectura

El domingo me pareció por un momento haberme equivocado de fecha. Ver las calles de San Juan llenas de propaganda política no es propio de la Cuaresma. Poco de comunión y reflexión eso de pelearse a estas alturas por el liderato de la Palma en San Juan. Pero no me equivocaba. Estamos, señores, en medio de una pugna real por la dirección de la silla que dejó Jorge Santini. El asunto es que esa pugna se da a tres años de la nueva jornada electoral. Y uno se pregunta por qué.

Cuando uno se pregunta, suele pasar que se le ocurren varias respuestas. ¿Por qué buscan cuatro personas desde ahora ocupar la silla del PNP en la capital? Una de las respuestas alcanza directamente a la alcaldesa Carmen Yulín Cruz, cuya llegada a la principal silla de San Juan fue, cuando menos, sorpresiva. Cruz debe alcanzar el nivel de las expectativas creadas por sí misma sobre un gobierno de unidad, sin colores, de alta sensibilidad y apertura al diálogo. El tiempo y los sanjuaneros decidirán oportunamente si esas metas son alcanzadas o no.

Pero lo que es claro es que el PNP ya ha adjudicado ese análisis, y sus líderes están seguros de que en la capital hay espacio para infiltrarse y derribar a la nueva alcaldesa, que esta no ha cumplido con las expectativas de  los ciudadanos y que, como consecuencia, la capital puede volver a ser azul adoquín si se tiene a la persona correcta.

Y para la vacante de “persona correcta” —como decíamos— ya hay cuatro solicitudes. Leo Díaz, exlegislador por San Juan y expresidente del PNP, fue el primero en lanzarse al ruedo con un equipo que hereda parte de la maquinaria vinculada al exalcalde Jorge Santini. Díaz no es un rostro nuevo en la política nacional y eso podría obrar a su favor. Aunque la jugada podría ser a la inversa si vence la máxima que establece que los “rostros nuevos” siempre son mejores. También está Miguel Romero, exsecretario del Trabajo y secretario de la Gobernacion bajo Luis Fortuño. Un hombre de carácter afable, tono moderado, alejado de las estridencias fanáticas. Un “rostro nuevo” —si se puede—, aunque con el fantasma de la Ley 7, que algunos seguidores del PNP le echaron en cara en una reciente caminata en el residencial Luis Llorens Torres. A la lista se suma también la exsenadora Kimmey Raschkey. Rasckey tiene a su favor y bajo la manga un arraigo ganado en algunas comunidades sanjuaneras por la realización de trabajo comunitario y voluntario por varios años. En su contra —o a su favor, según el lado del cristal con que se mire— tiene su estrecho vínculo con el sector religioso conservador. Tal vez demasiado conservador para una ciudad de tendencia liberal como San Juan.

Y entonces está Roberto Arango. El exsenador que salió de manera abrupta de su escaño tras la publicación de unos selfies demasiado reveladores para el gusto de las masas regresa como precandidato y, de paso, se convierte en el primero abiertamente gay en aspirar a la principal silla de la capital. Y en el mundo de lo utópico tales asuntos no deberían importar. Pero Puerto Rico está lejos de ser la utopía.

De Arango hay mucho que analizar. Está por verse si los electores están preparados o no para elegir como su alcalde a un candidato abiertamente gay, cosa que nos lleva al próximo escenario: ¿está la comunidad gay lista para votar por Arango? A juzgar por las reacciones públicas de algunos de los portavoces de ese sector, la respuesta es, como dice el compañero locutor José Luis Renta, “ya veremos”.
Y veremos porque el pasado de Arango lo persigue hoy más que nunca y lo confronta con su propia realidad. No existe ninguna falta en que el exsenador sea homosexual. Tampoco en que lo admitiera públicamente. Tales asuntos no deberían formar parte del proceso decisional a la hora de escoger a una persona que, en esencia, debe ser evaluada por sus capacidades administrativas.

El problema llega cuando esa persona, que se confiesa a sí misma como homosexual, asumió en el pasado, desde posiciones de liderato legislativo, una postura pública de rechazo, burla y escarnio ante la comunidad a la que, mire usted, casualmente pertenecía.

Parte del futuro de la aspiración de Arango descansa en su capacidad de articular de manera coherente respuestas que justifiquen sus acciones del pasado, como su voto a favor de la controvertible Resolución 99, que negaba derechos a parejas de hecho, incluyendo parejas homosexuales; como su recogido de firmas para la oposición en detrimento de esas mismas parejas, o como haber zarandeado un pato de hule en la campaña del año 2004 para atacar al hoy presidente del Senado, Eduardo Bhatia.

Evidentemente, la evaluación de la candidatura de Arango, como la de cualquier otro aspirante a un cargo en nuestro mundo político, debería ser capaz de superar aquello que ocurre debajo de las sábanas de su alcoba. Pero, ante el hecho de que sus aspiraciones chocarán de frente con los sectores más conservadores del país y que aún le debe cuentas a la comunidad a la que ha admitido pertenecer, el señor Arango se corre el riesgo de quedarse sin la soga y sin la cabra. El tiempo y los electores del PNP ya dirán.

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